miércoles, 30 de septiembre de 2020

VOLANDO

 VOLANDO 

Quien me conoce sabe de mi agnosticismo aunque me educaron en un colegio de monjas o precisamente por eso. Aún así la Biblia es una de mis lecturas recurrentes, en ella encuentro historias que reflejan todas las pasiones y vicios humanos. Hoy me viene a los dedos esta frase puesta en boca del mismo Jesús: “¿quien de vosotros, por muy malvado que sea, daría una piedra a su hijo si le pide pan?”.

Quien trae una vida al mundo se liga perennemente a ella, no cuenta si el vástago enraíza en otra parte, a la mínima que sepamos que una sola de sus hojas amarillea no hay nave espacial lo bastante rápida como para acudir a su lado. Daríamos nuestra sabia para fortalecerlo, lo que no tengamos para sanarlo.                      

El egoísta se asombra de que duele más el padecimiento del hijo que el propio pero así es, salvo para algunos desgraciados que son la excepción que confirman la regla.

Volando, volando vamos al encuentro del pichón herido porque nos salen alas; aunque no podamos abrazarlo solo el sabernos cerca nos da consuelo. No hay madre que no quiera volverlo otra vez niño chico y mecerlo en el regazo hasta dejarlo dormido, libre de fiebre.

Esa es la verdadera maldición de Eva y Adán, no el haber perdido el paraíso sino el sufrimiento por los descendientes. En un mundo irascible como este los antinatalistas probablemente lleven razón pero no saben lo que se pierden.

El exquisito sinvivir, el amor loco por alguien que te hace rezar por él aunque no creas.

D. W

*Pintura al óleo “El niño enfermo” 1660.




LA VISITA

 LA VISITA 

Después de subir las escaleras las piernas quedaban con ese dolor fantasma del que hablan los amputados. Solo eran cuatro pisos más dos tramos de buhardilla pero con peldaños tan empinados que se antojaba más cómodo escalar el Monte Coronáo con viento en contra.

Una vez recuperado el resuello se daba una voz, “¡Mamá Petra!” porque golpear aunque fuese con los nudillos los mal ensamblados tablones de la puerta la hubiese desarmado.

Había que esperar unos minutos mientras se oía un arrastrar de pies y un “¡ya voy!” alegre. Le encantaba recibir visitas ya que no eran muy frecuentes. Al abrir aparecía un rostro de luna tersa cuya juventud aparente desmentían el pelo blanco y la figura de alcayata. 

—¡Ay, que alegría, hijas, y que altísima está la niña!, -decía invariablemente.

Hablaba un castellano puro, con eses cristalinas. Alguna expresión andaluza coloreaba su conversación pero los cincuenta años vividos en Málaga no trastocaron su acento abulense.

—Teresita, ¿sabes que yo llevé a tu madre a cristianar?

La nena sí lo sabía, siempre se lo preguntaba pero recordaba lo contenta que se ponía contándolo y respondió que no.

—¡Uy, pues era más chiquita...! mi marido, que en gloria esté, fue el padrino y cuando salimos de los Mártires nos estaba esperando toda la chiquillería del barrio cantando: “¡Padrino lagarto, eche usted los cuartos!”, ja ja ja... él había cambiado un sin fin de perrillas chicas y alguna gorda y las tiraba al aire... los niños acudían como gorriones al pan... ¿te acuerdas?, ¡ay que tonta!, si no habías nacido como te vas a acordar...

—Por la vece que me lo ha contáo, madrina.

—Es que soy una vieja pesada, hija.

Mientras hablaban una caterva de gatos salía de debajo de sus faldas. Uno chiquito, rabicortúo, trepó hasta su regazo buscando una de sus manos y chupándola, amasando como si mamara. 

—Para estos también soy la madrina, -dijo-

La extraña escena, vista al contraluz de la única ventana, parecía irreal, creíble únicamente por el olor a orines y puchero rancio  que impregnaba el pobre cuarto.

—Nena, toma de la cómoda lo que más te guste, 

—Mamá Petra, no, que son su recuerdoh ...

—Esos los llevó aquí, -y se señalaba la sien-, y aquí, - indicaba el corazón.

Teresita se subió a un taburete para escoger entre los mil cachivaches cubiertos de polvo. Eligió un joyero cuya tapa era un busto de mujer, tallado en cristal; al abrirlo vieron en su interior multitud de cuentas blancas.

—¿Son de un collar roto? - preguntaron.

Mamá Petra reía mostrando una encía despoblada y blancuzca.

—No, hijas, son mis dientes. Según se caían los iba guardando por si alguna vez alguien pudiera volver a pegármelos.

El gato mamón dio un último chupetazo, levantó la cabeza mostrando los ojos adormilados y saltó al suelo arañando al desperezarse la pata del taburete, Niña Teresa dio un repullo y los dientes cayeron al suelo, desperdigándose. Los mininos jugaron con ellos, desplazándonoslos de aquí para allá.

—A estos sinvergüencillas les convengo desdentada, así yo me bebo el caldo y ellos se comen la carne. 

Esa fue la última vez que la vieron viva, poco después la encontraron sentadita en su butaca con el gatillo esmirriado comiéndole los dedos. Los demás se habían ido por los tejados.

Cuando se enteró Teresa corrió a mirar el joyero.

Dentro, la sonrisa de Petra esperaba inútilmente al dentista.

D. W 



sábado, 26 de septiembre de 2020

GOURMETS

 GOURMETS

A la señora se le había antojado salmorejo aunque ya pasaba el mediodía y no daría tiempo a enfriarlo, pero quien paga manda y allá que se puso a aviarlo. Además quería almorzar a la una, como siempre.

Desrabó los tomates después de lavarlos y los corto a cuartos poniéndolos en un bol, luego desmenuzó dos bollos de pan, masa madre, ya duros. 

Fue a la despensa por una botella de aceite (los señores dicen AOVE), un Picual de Jaén de precio desorbitado. De un cofre de madera extrajo con mucho cuidado un elegante frasquito de vinagre de Módena, a mil euros el cuartillo. 

Añadió dos ajos de Pedroñeras, convenientemente descorazonados para quitarles bravura y sal rosa del Himalaya.

Mezcló bien con las manos (¡ay si la vieran!), para empapuzar el pan con los sabores y encontrando muy espesa la preparación le añadió un chorro de agua embotellada, muy fría.

La batidora americana modelo vintage renqueó hasta volver sabrosa mixtura los ingredientes pero tardando más de lo acostumbrado y sonando como un motocarro fundío. “Mientras más bulla tiene una... “ rezongaba la cocinera.

Al probarlo lo notó riquísimo pero rasposo al paladar, “que raro” se dijo, triturando otra vez para suavizarlo pero sin variar el resultado.

El reloj corría y bonita era la señora para contrariarla. Al guardar los carísimos ingredientes no encontró el tapón de la botella de agua así que la vertió en la jarra de murano donde viajaría hasta el mantel.

Volcó en una antigua fuente granaína el contundente mejunje  metiéndolo en la nevera y rezando para que el frío mejorara la textura.

A la una en punto estaban los señores sentados a la mesa, salpicando los cuencos de salmorejo con jamón “Joselito” y huevo de codorniz. Los vio revolver delicadamente con la cuchara, llevársela a la boca y tragar.

—Hoy te ha salido rotundo, como con más cuerpo...

—Gracias, señora,—contestó aliviada mientras servía un Verdejo de Cáceres a su justa temperatura.

Enjuagaba los platos para meterlos en el lavavajillas cuando notó algo raro entre las cuchillas de la batidora. Cuidadosamente hurgó con los dedos sacando, aterrada, medio tapón de plástico.

La otra mitad, con certeza, transitaba ya por los glamurosos intestinos de los señores Gourmets.

D. W 



jueves, 24 de septiembre de 2020

LA RIÁ (1907)

 LA RIÁ   (1907)

Ese lunes, víspera de La Merced, se presentó barruntando lluvia aunque pasó sin mojarse. Málaga se acostó dejando la ropa en los cordeles.

Hacia medianoche la Catedral tocando a rebato y las carreras de los serenos la sacó del sueño.

Los paisanos se asomaron, con la oscuridad por venda, a ventanas y balcones. Vacilantes quinqués descubrieron el desastre.

El Guadalmedina, henchido por una tormenta descargada en su parte alta, marchaba furioso desbordándose y derribando sus paredones, arrastrando vegetación, arrancando puentes.

 Antoñica despertó alertada por su madre.

—¡Niña, que hay riá!.

Los vecinos del patio habían subido aterrorizados, los fangos se habían tragado ya las escaleras.  

—¡Que noh ajogamo, rompamo er techo pa subí ar tejao!

Pusieron silla sobre mesa para salvar la altura y con navajas y uñas arrancaron las tablas hasta llegar a las tejas.

—¡Enga, darme lah mano!.

 

 Antoñica envolvió con un pañuelo a la Rubilla, guardándola en el bolsillo de su delantal, echado sobre el camisón. Cruzó las puntas por su espalda anudándolas por delante, asegurándose de que la gatilla no se saliera.

Su padre la apremiaba, el agua a media pierna.

—¡ Zube ya!.

—¿Y ostede?...¡ Zola no voy!.

La mocita temía que ninguno de los dos lograra izarse y desobedecía por el miedo a perderlos. Su padre había perdido un brazo allá en tierras Navarras, durante la última guerra carlista, a cambio de una medalla y paga escueta. Su madre padecía de epilepsia y rogaba a todo los santos para que el mal trago no le produjera un ataque.

Alguien la ciñó por detrás alzándola hasta el tejado, quedando sin alma hasta que vio a sus padres aparecer por la tronera, abrazándolos con la alegría de los náufragos al reencontrarse. 

Dentro de la oscuridad solo las voces daban norte de la tragedia, gritos espeluznantes salían de las casas más hondas. 

Antoñica se tapaba los oídos, tiritando de miedo. Entre los tejados se cruzaban angustias

—¡Fulanita , Zutanito!, ¿ahonde estaí?

—¡Aquí, aquí, gastá cuidáo!.

Sobre el cielo rabioso, tintado de claridad rojiza, se recortaban las siluetas humanas a horcajadas sobre los caballetes, asidos unos a otros, rezando y blasfemando.

Las primeras luces alumbraron el horror. La calle era un canal de agua fangosa preñado de enseres, ramas y animales hinchados, desorbitados los ojos ya sin azogue.  

Hasta el día de su muerte, ochenta años después, Antonia dejó cada noche su ropa dispuesta para vestirse a tientas. 

Atravesaba las tormentas invocando a Santa Bárbara, dibujando cruces de sal tras la puerta, desplegando la de Caravaca, perenne inquilina del gavetín de su cómoda.

Amaneció ese 24 de septiembre a merced de la desgracia. Para los vivos se abría el panorama de verse en la miseria...una vez más.. 

Días después brotaba cebada de las entrañas del barro. Volvía la vida, con impía voluntad, a abrirse paso.

D. W 


lunes, 21 de septiembre de 2020

DESAHOGO

  DESAHOGO 

Su madre la llamaba “Mimí Por qué” pues no paraba de hacer preguntas, que suerte tener una hija que a los dos años cuestionaba la vida.

Veraneaban en el cortijo de los abuelos donde al mediodía cantaban chicharras y por la noche grillos. Con su nana se dormía la preciosa Mimí Por qué.

Aunque tenía un defectillo, no había manera de que dejara su chupete ya en estado más que lamentable.

Los mayores temían que se deformara los dientes pero cada vez que se lo quitaban le daba una llantera que les encogía el corazón.

La guardesa pensaba que no era para tanto, tras parir trece hijos los dramas infantiles no le impresionaban. 

Jugaba doña Mimí Por qué con los críos de los encargados delatando ser muñequita de ciudad al sorprenderse con la presencia de gallinas y cabras. Mientras ella calzaba sandalias plateadas y vestidos de popelín los demás llevaban cangrejeras y prendas remendadas pero en eso no se fijan los chiquillos. 

O quizás sí.

Un día el llanto de Mimí soliviantó a la familia. Decía entre sollozos: “¡Encanni má quitao el pete!”, la aludida era también  acusada por sus propios hermanillos.

—Encanni, guapa, ¿donde has puesto el chupete?.

Callaba ante las promesas del trueque por caramelos, no habló ni tras los bofetones de su madre.

Voló el papá al pueblo a comprarle a Mimí Por qué un surtido chupetero pero los escupía. Quería únicamente el suyo.

Se organizaron batidas con acicate de recompensa ofrecida por abuelo chocho de nieta única pero no se encontró.

Mimí lloró tres días y dos noches y a la tercera se conformó.

A la Encanni su padre le calentó el culo con la alpargata, “no é normá que una niña grande le quite cosah a otra máh chica y menos siendo la señorita”. Los abuelos de Mimi Por qué eran generosos, les daban ropa que ya no les servía y una propinilla a los chaveas por traerles sarmientos para el brasero. “¡Que mala eres Encanni!”, concluyó su madre.

La pequeña verduga no derramó ni una lágrima. 

Pasado unos días se coló furtivamente en el corral, allí, debajo de los gallinazos y la paja sucia estaba el chupete.

Lo apretó con rabia. Corrió campo a través hasta llegar a los depósitos de agua, ayudándose con las uñas para subir la pendiente.

Estuvo largo rato sentada hasta recuperar el resuello. Luego se asomó a la inmensa cuba y lo arrojó dentro con todas sus fuerzas. 

Quedó flotando en el agua negra de sombras. 

D. W 

*Este relato fue publicado por la revista “El Observador” el viernes 18 de septiembre de 2020



domingo, 20 de septiembre de 2020

¡A GALOPE, A GALOPE!

 ¡A GALOPE, A GALOPE!

Iba para la feria agarradita de la mano de su padre; su hermano aupado en brazos pues era un cachorrón rubio que a los dos años aún no andaba ni apenas sabía hablar .

La primera palabra que dijo fue “puta”, causando gran risotada a sus mayores, “¿donde lo habrá aprendido?” decían, viviendo en un corralón.

El niño tomó por costumbre entonar cantinelas encadenando palabrotas “putacoño  putacooooñooo”... Causando embeleso a los compadres, “que grasia tiene el machote”, jaleaban.

A la niña la amenazaban con pimiento chile si las decía. “Es que tú eres grande, él es chico y no entiende”. 

La que no entendía era ella.

Ya en el Real le faltó tiempo al hombre para comprar algodón dulce y helados de máquina, de esos que la crema sale rizada. También se regalaron con bocadillos de pinchitos y media tableta de turrón.

La niña le recordó la advertencia materna de no comer chucherias porque el delfín andaba flojo de muelle pero no le echó cuentas.

— Mamá está shalá, lo que se come con gana no daña.

Ella probó sólo un poquito por sí acaso.

Llegaron al tiovivo y el mamoncillo brincaba, señalando la atracción con el dedo y chamullando “puuutaaacooñooo”, que era su manera de pedir montarse.

La chiquilla llevaba un rato oliendo a descompuesto y lo avisó.

—Papá, mira a vé si el niño se ha ensuciáo.

—Eso ya lo hará mamá cuando lleguemo a la casa, - él no pensaba hurgar tan hondo ni borracho, que eso es cosa de mujeres. 

Tomando al rorro por los sobacos lo sentó de golpe sobre el caballito. Al impacto explotó la plasta de mierda, rebosando sin mesura del pañal, escapando por los perniles del pantaloncillo y cubriendo la pulida grupa de madera con hediondo revuelto.

—¡Te lo dije, papá!, - lloriqueó la niña-.

El dueño del tiovivo se puso hecho una fiera, por más que le daba al chicate con un trapo más lo restregaba.

El caradura del padre aún tuvo la desfachatez de decir: 

—¿Que curpa tengo yo, maestro, si er caballo sa cagáo?.

D. W

*Este relato fue publicado por la revista “El Observador” el viernes 18 de septiembre de 2020



sábado, 19 de septiembre de 2020

MALA LECHE

 MALA LECHE

Había una vez un pueblo que odiaba a los gatos. Quizá esto sea exagerar, empiezo: Había una vez un pueblo cuyo Ayuntamiento odiaba a los gatos. Los calificaba de animales sucios, de transmitir enfermedades, de ser, en fin, engendros malignos surgidos del infierno para extinguir la raza humana. 

Ordenó al pregonero difundir: “los días tales se pasará por las calles “retirando” a todo felino sin dueño”. Se puede imaginar el destino de los presos, metidos en sacos serían golpeados hasta morir y después tirados al río, costumbre propia de la Edad Media.

Por vergüenza esto acaece hoy día en un pueblo de Cordoba la sultana, olvidando que cuando era mora los gatos se veneraban por ser animal predilecto del Profeta. 

El sitio se llama San Sebastián de los Ballesteros y parece querer remedar la crueldad de los que asaetearon al Santo.

Escudándose en que son un foco de infección y molestias han organizado para los días comprendidos entre el 21 y el 25 de septiembre una matanza gatuna, un exterminio, un holocausto, ¿como sí no se llama al asesinato en masa de un colectivo?. 

Su único crimen es no tener hogar ni empadronamiento, ser pobres de necesidad. Durante esos días de persecución la Muerte se paseará ufana por las calles del pueblo vestida de obrero diligente con logo municipal pegado en la espalda.

Les supongo durmiendo tranquilos pues los que carecen de conciencia no tienen problemas para conciliar el sueño. Son la gente de bien la que no pega ojo pensando en la masacre.

Al Ayuntamiento, me consta, han llegado miles de protestas y parece que está reculando aunque sea por “el que dirán en Europa”. Y la gente buena de allí, que la hay, la que ha mamado buena leche y bondad en su casa también se ha puesto en pie.

Veremos como acaba esto. Si persisten en su empeño habrán conseguido hacer este país mucho más inhóspito.

D. W

 


miércoles, 16 de septiembre de 2020

COSQUILLITAS

 COSQUILLITAS

Recibía voluptuosamente el beso del aire que entraba por la barandilla, jugueteaba entre sus muslos y refrescaba su vientre, agitando el tenue camisón de algodón que parecía seda después de tantos lavados.

Una jardinera alta impedía la visión al ocasional paseante nocturno por lo que su juego era inocente a pesar de ir sin bragas.

A ese placer añadía el del gato restregándose contra sus piernas; el cosquilleo subía por el empeine hasta la rodilla y bajaba por las corvas dejando en la piel una deliciosa  caricia como de masaje en cuero cabelludo. 

Somnolienta cerró los ojos. Parpadeó un instante y en la parda oscuridad entrevió a su único gato durmiendo profundamente a cinco metros de allí.

Sobre su empeine nacarado una cucaracha tan blanca como ella la calibraba taxativamente con sus largas antenas. 

D. W




 

 

RUTINA PERO MENOS

 RUTINA PERO MENOS

Esta mañana he oído en escala Doppler unos ruiditos que tenía ya olvidados: el arrastre de los trolleys escolares.

No han sido tantos como otros años de lo que deduzco que alguno se habrá quedado en casa pese a las amenazas de acusar a los padres de absentismo escolar. Ya iré sabiendo, por los arrastres, si se suman estos días a los valientes que han optado por lo único posible, seguir palante como los de Alicante.

Hablando de carritos también he visto el del barrendero. Meses que no pasaba por mi barrio. Si no llegó a cortar los matojos crecidos en la acera tendría ahora una selva frente a mi casa.

A este no lo conocía, es un hombre joven que maneja la escoba con desgana y malaje. Cuando me mudé aquí este cometido lo hacía un gitano con mucho arte que además canturreaba bajito, se alargaba con la escoba palmeada hasta debajo de los coches y sabía meter en el recogedor toda la porquería haciendo un quiebro de cintura y juego de muñecas que daban ganas de aplaudirle.

Vuelven también a abrir los museos para alegrarnos las pajarillas aunque con mascarilla y distancia de seguridad. Me quedo de piedra al ver en las noticias que en el Orsay no dejaron entrar a una mozuela por llevar escote. Tuvo que cubrirse el canalillo con una chaqueta prestada para acceder a las salas y eso después de haber pagado su entrada. Al parecer a la portera no le pareció bien que entrara en un templo del arte yendo tan descocada.

“Donde se exhibe orgulloso el pubis más velludo y negro del mundo junto a desnudos en toda postura no debe entrar nada que les haga competencia”, debió pensar la funcionaria.

Pero las redes son chivatas y pronto se supo la anécdota, el museo tuvo que disculparse y de paso, digo yo, poner a la censora en una máquina del tiempo programada para cuatro siglos atrás, donde entre tocas y gorgueras se encontrará más a gusto.

Hay quien retoma la vida siendo un poco más idiota.

D. W

 


sábado, 12 de septiembre de 2020

LA CULPA ES DEL BOOGIE

 LA CULPA ES DEL BOOGIE 

Terminó la estrafalaria desescalada y desde entonces todo son trifulcas. La población mundial está dividida entre los que niegan el virus como Judas y consideran que estamos siendo manipulados y los que acatan sin chistar todo lo que mandan los que mandan. 

“Que si tú eres una oveja, pues tú un incívico...” y amistades de años a tomar por saco.

Asisto perpleja al espectáculo. Me da taquicardia salir y encontrarme en un mundo distópico pero décadas llevamos diciendo que nos extinguirá un virus y ahora parece sorprendernos. 

Noto una agresividad en las redes como nunca, cada vez interactúo menos, se ve que quitarle al público el café y la copa en el chiringuito cabrea. 

Salgo de mi casa pocas veces, estiro la compra con cocina de sobras y cuando voy al súper cargo lo más grande para retrasar la vuelta. No por miedo al contagio sino por fobia a situaciones de conflicto. Mis guerras son otras, las energías las necesito para lo importante no para despilfarrarla con altaneros maleducados.

No daré la razón ni a  negacionistas ni a cumplidores, probablemente ambos la tengan en porcentajes ignotos. Yo me cubro por respeto al prójimo y me sulfura ver narices fuera de la mascarilla que muchos llaman bozal. Como insulta el que puede y no quien quiere no me doy por aludida que los muertos no han sido de atrezzo.

Cuando salga la vacuna también habrá discordia. Recuerdo decir a mi abuela “dos españoles, tres opiniones” y llevaba razón. 

Encuentro un anuncio cincuentero que dice que el coñac es mano de santo contra la gripe. El alcohol quizá no mate al putovirus pero nos relajará que falta hace.

Lástima ser abstemia. 

D. W     ( 13/9/20)




ER MOSQUITO

          ER MOSQUITO    (1945)

En pasando mayo apretaba la caló y en el corralón no existía otro explaye que sacar la silla de anea a la calle, al menos veían pasar al transeúnte y se compartía información sabrosa.

Las barrigas daban pa abundante palique. El talle de las mocitas estaba más vigilado que un polvorín y si ensanchaba...no era debido desde luego a la pitanza que era poca. Las conjeturas  sobre la preñez entretenían la lengua un rato.

A eso de la medianoche la vecindad se recogía arrastrando las sillas hasta el portal para no atarragar con ellas escaleras arriba. 

La llave casa, que pesaba medio kilo y era larga como un día sin pan, solo la tenía la confidente del casero. La puerta permanecía abierta de día pero a horas decentes se cerraba. El trasnochador debía llamar haciendo sonar el aldabón con el toque que cada familia tenía asignado, así no se abría a ningún extraño. Todos conocían la contraseña de los demás. 

Todos... menos er Mosquito, borrachuzo impenitente, zapatero remendón y por más señas casáo medianamente con la Patro y sin hijos afortunadamente, como ella decía “noh hubieran salío uva en vé de chavea”. 

La mujer tenía que estar al liquindoi para abrirle cuando llegaba tajáo ya de madrugá, prometiendo que seria la última y que se iba a poner a arreglar los zapatos. La pobre tenía que disuadirlo de no pegar martillazos a la tres de la mañana. Aparte que nadie le llevaba ya ni una alpargata pues la entregaba nunca y malamente.

Si no fuera porque la Patro servía en buena casa... aún más enjutos andarían los dos.

—Una noche, -le decía al Mosquito-, se te va a presentá mi padre que en pá descanse y te va a pregoná por como me tiene.

—Como un angelito te tengo...

—Si, como un angé, descarcita y encuero que si no fuera por mi señora...

Er Mosquito caía en la cama-catre y al despertar ya había olvidado sus promesas de redención.

Una noche la Patro no lo esperó ni acudió a sus voces. Sin acordarse de su seña fue a picar la aldaba sin compasión encontrándose que la puerta cedía. Trastabilló con algo entrando a trompicones.

El obstáculo era un bulto largo tapado con una sábana, tal que un “cuerpo presente”

Palideció cuando la figura se incorporó erigiéndose ante él.

—Pedro (así le pusieron al Mosquito en la pila), Periquillo, soy tu suegro y te vengo a castigá por la mala vía que le dá a mi iha.

Ar Mosquito se le quedaron pegadas las alas del susto y más cuando de los rincones salieron otros dos fantasmas que le dieron escobazos hasta dejarlo bardáo.

—Ahora estas muerto y te llevamos al infierno, - le dijeron colocándole una mortaja tapándole la cara.

Él desgraciado se desmayó de la impresión.

Despertó en su cama y después de reconocerse vivo se calentó el recuelo que le guardaba la Patro y se puso a adecentar su taller.

Tiesa se quedo la Mersede cuando le llevó las botitas de su niña primorosamente arregladas pero no se las pagó porque después de año y medio le quedaban chicas aunque le dio otro par para arreglar.

Dicen que no volvió a probar el vino ni en misa.

La Patro convío a los vecinos con rosquillas para celebrar la reconversión de su marío y añadió, de extranjis, tres escobas nuevecitas. 

Por desgaste del material disuasorio.

D. W.

 


jueves, 10 de septiembre de 2020

NOVIAZGO (“Tinder” 1920)

 NOVIAZGO  (“TINDER” 1920)

Mientras en América las flappers bailaban charlestón aquí las mozuelas paseaban calle Larios enhebradas en batería, custodiadas por carabinas expertas en distinguir moscones de los que traían los dichos bajo el brazo.

Cuando un hombre se prendaba de una gachí la seguía con discreción hasta su casa. Luego inquiría solaponamente sobre ella entre la vecindad.

Era buena referencia que dijeran “que nunca había tenío novio” o en su defecto que la ruptura no hubiera puesto en entredicho su virtud.

Los informantes largaban de enseguía a la interesada que “le paseaban la calle”. Acto seguido se organizaba zafarrancho familiar para averiguar sus intenciones.

La mamá se dejaba ver en el balcón haciendo que expurgaba los geranios mientras que la requerida, junto a hermanas o amigas, acechaban tras blincarosas y claveles.

Cuando el futurible aparecía se activaba el sanedrín para hacerle el traje. 

La Mamá, haciéndose la longui, y acabando de mutilar la pobre planta oía a las niñas cuchichear:

—¡Por Dio zi parece una espanúa…!

—Pos va mu bien vestío…

—¡Ay, mira que sa levantao er sombrero pa saludarla, Madre, ¡y está carvo…!

—¡En siendo formá y güeno…!

Mamá contestaba al saludo ladeando la cabeza mientras daba un puntapié a la más cercana diciendo bajini:

—Formaliá, niñas, que esto no é cosa guasa.

En cuanto el paseante doblaba la esquina se levantaban enmorecías, frotándose las piernas para recuperar la circulación.

—¿Qué ta pareció er pretendiente?.

—No sé  -balbuceaba la chiquilla arrebolá-

Al día siguiente aterrizaba una nota del aspirante, presentándose y solicitando permiso para “acompañar las señoras al paseo”. 

Si superaba los controles de calidad ganaba el derecho de dar palique a su adorada.

Ya podía subir a la casa por las tardes hasta que exagerados bostezos de los suegros dieran fin a la velada.

Si era cabal, al despedirse, dejaba en el contador de luz unas perras por el extra gastado. Esto distinguía al espléndido del encogío malaje.

Era tiempo de cambiar la seriedad del “usté” por el íntimo “tú”. Cosquilleaba el nuevo pronombre en los labios como un beso.

En Málaga, cuando una pareja ennoviaba se decía que “se hablaban”. Después de las bendiciones se enmudecían. 

El goloso que intentaba robar jazmines de la tentadora cabellera era expulsado del Paraíso. El Adán de mano larga perdía a Eva quedándose hecho un ídem. 

Encendidas palabras se desgranaban en las lindas orejitas. Y hasta ahí se podía catar.

Antes del casorio las manos se entretenían bordando el ajuar, enlazando iniciales dentro del bastidor, ribeteando con suspiros el paso del tiempo. 

D. W 

 

 


domingo, 6 de septiembre de 2020

DIGAMOS TREINTA Y TRES

 DIGAMOS TREINTA Y TRES 

Cada vez que una efemérides da su vuelta al sol se encuentra con los astros en la misma posición que cuando sucedió. Puede que eso sea lo único que confluya. No todos los aniversarios son felices ni rebosan salud o simplemente ya no existe la razón por la que ocurrieron.

Este seis de septiembre daremos el trigésimo tercer paseo estelar desde que nos disfrazamos convencionalmente para prometer sostenernos mutuamente en la penuria y compartir en la abundancia. 

Y aquí estamos, hoy sin disfraz pero con mascarilla, que hasta pandemia nos ha dado la vida. 

Sigo yendo de paquete en tu cuarta o quinta moto, Pepe Ortiz, aunque me cuesta más encaramarme en ella con mi sexto u octavo cuerpo.

Anoche hubo luna llena y roja y hoy vuelve a ser domingo como en 1987. La fortuna ha querido que coincida con el pequeño parto de mis letras, recibido con tanta alegría que no puedo dormir.

Mañana será otro día. No soy de celebrar ni mi cumpleaños ya sabes que me enrabia la cursilada de tartas y cánticos. 

En este año raro, malo, desgraciado y feo como pegarle a un niño cumplimos tres colchones, tres sofas  cuatro mudanzas, cuatro cocinas y una chimenea. Lo esencial para más de media vida.

A ver que nos depara la otra media.

D. W

 

 


sábado, 5 de septiembre de 2020

PÍLDORAS CIRCASIANAS

 PÍLDORAS CIRCASIANAS  (1880/1920)

Los anuncios lo dejaban bien clarito. Bastaba ingerir una al día durante dos meses para ver cómo florecía la balconada. 

Eran las circasianas mujeres míticas, de extraordinaria belleza y  sensualidad, con los senos más perfectos que jamás han existido.

El secreto de su turgencia radicaba en un remedio que tomaban desde el albor de los siglos, por suerte descifrado y disponible en farmacias. 

Las dos hermanas cuchicheaban a espaldas de la mamá. Ni en sueños iba a darles las ocho pesetas que costaba un frasco.

Le habían preguntado a la mujer del boticario (a él no se atrevieron) que si su figura de palomo buchón se debía a las píldoras y esta, muy acalorada, las había mandado a freír  espárragos.

Una vecindona les contó que lo mejor para inflar la pechera era comer mucha miga de pan. Y a ello se pusieron.

Pan migao en café, pan con sopa, pan con pan. 

La mamá notaba que la hogaza cundía cada vez menos. Las niñas empezaron a coger pellizcos a escondidas. 

_”Cusha Paco, ¿no habrá ratone?” le decía a su marido.

_”Pos vamo a tené que rebajale la rasión de morralla ar Caifás”

Al oír mentar su nombre, los ocho kilos de gato se pusieron en tensión.

_”Pero que chalaura disen mih amo, aquí no entra ningún bisho ende que estoy yo”. 

Ofendido, se levantó yéndose a la cocina, balanceando sus negras y peludas carnes. 

Esa noche espolvorearon el suelo con harina, treta harto antigua y eficaz para descubrir ladronzuelos de alacena.

Por la mañana aparecieron huellas de piececitos humanos. Y el edredón de seda burdeos más nevado que un nacimiento.

Tuvieron que confesar el pecado de vanidad. Mamá les regañó pero, mujer al fin, comprendió el motivo.

_”Ezo zon engañaboba…, ademá, una mosita no tiene que tené tanto de tó… ya o jartarei de teta cuando o cazei y estei criando”

Se miraron las culpables contentas de haber salido bien paradas del caso. Azoradas reconocieron los efectos secundarios. 

_ “Mamá, y lo péo, zabe usté, e que estamo má gorda de cintura…  el corselillo nos aprieta”

_”Y de cara también, que paresei dó pepona” río la madre. 

D. W.  

 


miércoles, 2 de septiembre de 2020

EL TESÓN DEL CÓNSUL

 EL TESÓN DEL CÓNSUL 

El escueto séquito enlutado ascendía tras el féretro por la ladera del cementerio inglés aquel infausto viernes veintiuno de julio de 1899. La familia Welton, de paso por Málaga, había sufrido la pérdida de su hijo primogénito, Harry, de forma fortuita. Circunstancias tristísimas se aliaron para que el muchacho reposara eternamente aquí. 

“Lástima de mozuelo” pensaba Alcaide, el sepulturero, “er consuelo pa suh padreh é que tendrá güena sepoltura”.

Y es que, cuando en 1824 William Mark fue nombrado cónsul inglés en Málaga a los extranjeros “se les enterraba a medianoche en la playa y de pie, para que las olas los arrastraran o los perros despedazaran el cadáver; un hereje no podía ser enterrado en sagrado”. Horrorizado por esta práctica, emprendió una lucha titánica contra la burocracia, llamando a todas las puertas hasta lograr en 1831 su piadoso fin.

Eligió para la necrópolis una parcela “a los pies de Gibralfaro por la carretera de Almería, con toda la inmensidad del mar por delante y el lujo de ver la Alcazaba y la airosa torre de la Catedral envanecida sobre los tejados”.

Según los registros, el primer inquilino fue un marino ahogado en el Puerto. Ese mismo año se valló el que sería cementerio primigenio siendo enterrado intramuros Robert Boyd, el irlandés fusilado por defender la libertad junto al general Torrijos. 

Casi doscientos años de historia se ofrecen a quienes deambulen entre las tumbas.

Hasta bien mediado el siglo XX la Parca se regocijaba tronchando tallos tiernos. Una verja de hierro delimita la parcelita donde tres hermanas descansan bajo edredones de conchas. Aún hoy alguien les deja juguetes y la colonia de gatos spanglishs duerme sobre ellas ronroneando.

El enterramiento más diminuto solivianta el corazón. Una cajita marmórea resguarda a Violett del sol y la lluvia. Solo un mes tenía cuando murió, “vivió lo que viven las violetas”. Ni el escudo amarillo que adorna el túmulo de los náufragos de Gneisenau, ni el dulcísimo ángel emblema del cementerio le ganan en desgarro.

Victoria Atencia, poetisa malagueña, dedicó a los infantes truncados una nana de sal con versos de espuma. La placa se halla en lo más elevado del antiguo cementerio, sobre un banco donado por dolientes que suplica en la inscripción una oración por las almas. 

El lugar, decadente y romántico, ha perdido por falta de ingresos el esplendor, que no la dignidad, que le proporcionara el tesón amoroso del cónsul.

Desde luego no es el jardín que describe Hans Cristian Andersen con “pimenteros, geranios y mirtos suficientes para tejer infinitas coronas de novia”. Los muertos se liberan de toda necesidad pero con la paradoja de requerir que se cuiden sus tumbas.

Allí descansan próceres ilustres como el doctor Noble, donante a la ciudad el Hospital homónimo y George Langworthy, el generoso “inglés de la peseta” que dada una de estas monedas de plata a los pescadores cuando el viento les impedía faenar.

Se prodigan los escritores en el camposanto, Jorge Guillén, el finlandés Haapakoski, Gerald Brenan y su esposa Gamel Woolsey, poetisa y amiga íntima de Marjorie Grice-Hutchinson.

Esta última dama, economista, escritora y mecenas fue una figura importantísima en Málaga a la que contribuyó a engrandecer. Dedicó uno de sus libros, preciso y precioso, al Cementerio Inglés. Recomendaría comprarlo a todo aquel enamorado de la historia de la ciudad.

Algo más de mil personas de veintidós nacionalidades y, al menos, cinco creencias religiosas descansan en él impasibles a riadas y prejuicios.

En 2012 fue nombrado Bien Cultural por la Junta de Andalucía dado su valor artístico, literario, histórico y botánico.

Hoy día es propiedad de una Fundación sin ánimo de lucro que la sostiene en vilo celebrando eventos, recitales (por cierto deliciosos) y visitas guiadas a cambio de una modesta contribución. 

Quien guste puede pedir que sus cenizas descansen allí. 

No es mal lugar el escogido por el cónsul, solo tienen que ir a verlo y comprobarlo.

D. W 



martes, 1 de septiembre de 2020

SEPTIEMBRE

 SEPTIEMBRE 

El verano se desliza sin freno ni marcha atrás hacia el equinoccio; los primeros días septembrinos son una tarde de domingo impotente ante la monotonía.

Incluso en este año atípico volverá la playa a quedar solo para lugareños y la cala escondida que todo dios encuentra recuperará su intimidad. 

No dejemos escapar los últimos rayos del estío, dulces como uvas pasas. Hay que devorarlos a puñados a la manera del animal salvaje, enterrando las sobras para consuelo en los días amargos.

Julio y agosto han hecho del agua un azogue templado por la unión de sus fuegos, en la justa temperatura para el baño delicioso.

La muchacha de arena entra en la pira líquida, emergiendo prieta de sal y luz adheridas. Afrodita mortal sin prejuicios.  

Que convulsione el sátiro y se ofusque la matrona envidiosa.

Solo para ella misma se viste y se desnuda.

Digan lo que digan los que dicen. 

D. W   



LES ESCUECE

  LES ESCUECE El reloj me dice que son las cuatro y veinte de la madrugada. Llovizna con timidez  en Madrid, oigo las gotas quebrase contra ...