jueves, 10 de septiembre de 2020

NOVIAZGO (“Tinder” 1920)

 NOVIAZGO  (“TINDER” 1920)

Mientras en América las flappers bailaban charlestón aquí las mozuelas paseaban calle Larios enhebradas en batería, custodiadas por carabinas expertas en distinguir moscones de los que traían los dichos bajo el brazo.

Cuando un hombre se prendaba de una gachí la seguía con discreción hasta su casa. Luego inquiría solaponamente sobre ella entre la vecindad.

Era buena referencia que dijeran “que nunca había tenío novio” o en su defecto que la ruptura no hubiera puesto en entredicho su virtud.

Los informantes largaban de enseguía a la interesada que “le paseaban la calle”. Acto seguido se organizaba zafarrancho familiar para averiguar sus intenciones.

La mamá se dejaba ver en el balcón haciendo que expurgaba los geranios mientras que la requerida, junto a hermanas o amigas, acechaban tras blincarosas y claveles.

Cuando el futurible aparecía se activaba el sanedrín para hacerle el traje. 

La Mamá, haciéndose la longui, y acabando de mutilar la pobre planta oía a las niñas cuchichear:

—¡Por Dio zi parece una espanúa…!

—Pos va mu bien vestío…

—¡Ay, mira que sa levantao er sombrero pa saludarla, Madre, ¡y está carvo…!

—¡En siendo formá y güeno…!

Mamá contestaba al saludo ladeando la cabeza mientras daba un puntapié a la más cercana diciendo bajini:

—Formaliá, niñas, que esto no é cosa guasa.

En cuanto el paseante doblaba la esquina se levantaban enmorecías, frotándose las piernas para recuperar la circulación.

—¿Qué ta pareció er pretendiente?.

—No sé  -balbuceaba la chiquilla arrebolá-

Al día siguiente aterrizaba una nota del aspirante, presentándose y solicitando permiso para “acompañar las señoras al paseo”. 

Si superaba los controles de calidad ganaba el derecho de dar palique a su adorada.

Ya podía subir a la casa por las tardes hasta que exagerados bostezos de los suegros dieran fin a la velada.

Si era cabal, al despedirse, dejaba en el contador de luz unas perras por el extra gastado. Esto distinguía al espléndido del encogío malaje.

Era tiempo de cambiar la seriedad del “usté” por el íntimo “tú”. Cosquilleaba el nuevo pronombre en los labios como un beso.

En Málaga, cuando una pareja ennoviaba se decía que “se hablaban”. Después de las bendiciones se enmudecían. 

El goloso que intentaba robar jazmines de la tentadora cabellera era expulsado del Paraíso. El Adán de mano larga perdía a Eva quedándose hecho un ídem. 

Encendidas palabras se desgranaban en las lindas orejitas. Y hasta ahí se podía catar.

Antes del casorio las manos se entretenían bordando el ajuar, enlazando iniciales dentro del bastidor, ribeteando con suspiros el paso del tiempo. 

D. W 

 

 


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