jueves, 28 de abril de 2022

DOMINGOS -CUENTO FINALISTA DEL CONCURSO DE ACREM-

 DOMINGOS 

Cuando llueve observas que las tejas palidecen, pasando de cobre a plata. Tal vez seas la única que sepas que los tejados son camaleónicos.

Te da igual que el fin de semana haga malo, nunca salís. Desde que tu madre dejó morir a las plantas y desconcharse las paredes todo es distinto. “Tu padre no es malo, solo callejero” dice tu abuela, pero te avergüenzas cuando levanta el teléfono para preguntar por él en el bar.

 

Has aprendido qué a los hombres, los domingos, les nace en la oreja un transistor como un lobanillo locuaz que habla solo de fútbol. Y sus bocas adquieren cualidad de puerta giratoria donde entran la resabiada paella y el quinto de cerveza y salen las volutas de humo acolchando la palabra “gol”. Sabes que si tu padre acierta muchos de ellos os harán ricos y podréis vestir con ropa que no haya que apartar en la mercería de enfrente. Y hasta comprar una tele en color.

Si llueve, vienen sus amigos a ver el partido. Tú acampas bajo la mesa mientras las hormigas corretean tras la pantalla abombada, persiguiendo un balón. La voz hiperactiva del locutor te da dolor de estómago porque anticipa la angustia del lunes, la vuelta al pellizco de las monjas, al tedio de las clases imposibles de seguir debido a tu carácter fantasioso.

La alegría perversa que te esponja cuando tu padre no está contrasta con los sentimientos de tu madre, Penélope de barrio con el rostro color visillo. Pero tú lo prefieres así, la casa silenciosa, el salón para las tres solas guardadas de todo mal en la atalaya del cierro; reina en tu país de cuentos descuadernados.

 

El olor obtuso a sopa de sobre y fiambres clausura el domingo. Tu padre se toma a cucharadas la desilusión de no sumar los catorce milagros que os hubieran redimido. Es la misma que sientes cada mañana de reyes, al no recibir lo deseado.

 

Preparas la maleta escolar de skay rojo. La redacción sobre “Disfruto en familia los días de fiesta” chorrea mentiras necesarias para no descubrir que en la caja de lápices Alpinos guardas el arcoíris.

D. W

 

*”Domingos” fue finalista del VII Certamen de relatos cortos “Palabras Mayores”, convocado por la Asociación Cultural y Recreativa ACREM Embrujo Malagueño y cuyos diplomas se entregaron el sábado 23 de Abril, día del libro, en el centro cultural de la Diputación de Málaga “La Térmica”.

Este proyecto está subvencionado por el Área de Igualdad del Ayuntamiento de Málaga.

ACREM es una asociación feminista: “nos interesa sumar, no restar, multiplicar y nunca dividir en todo lo que afecte a las mujeres. Trabajamos el feminismo en positivo” reza en su página de fb y así lo dijo también en su parlamento de bienvenida su presidenta, Francisca Cruzado.

Málaga, abril de 2022



 

 

“EL ALMANAQUE DE LAS MUJERES”

 “EL ALMANAQUE DE LAS MUJERES”

Djuna Barnes, una Safo de entreguerras, champán y sándwiches de pepino

 

“Abril tiene treinta días” dice uno de los capítulos de este Ladies’s Almanack y cuando fue escrito por Djuna en 1928 aún uno de ellos, el veintiséis concretamente, no se dedicaba a conmemorar la Jornada Internacional de la Visibilidad Lésbica. 

Barnes, nacida en Nueva York en junio de 1892 fallecía noventa años después y en la misma fecha por esas jugarretas que se gasta el destino. 

Era una mujer muy bella que atraía tanto a hombres como a mujeres, es por esto que llegaron a llamarla “la Garbo de la literatura”. 

Pasó las décadas de los veinte y treinta en Paris, ciudad de la que decía “que era mujer”. Fue este un periodo fabuloso para la historia de las artes, como jamás había sido, pues recogió las inquietudes de una pléyade de féminas extraordinarias que brillaron como luciérnagas: pintoras, poetas, escritoras, periodistas, libreras y toda clase de creadoras se juntaron en la orilla izquierda del Sena. Muchas de estas mujeres fueron pioneras del outing lésbico. Una de ellas, Natalie Clifford Barney, fundó la Academia de las Féminas. En sus salones ofrecía cada viernes picantes representaciones de obras suyas, incluso llegó a contratar a Mata Hari para disfrutar de sus embriagadores bailes y que se paseara desnuda por el jardín, montada en un caballo blanco enjaezado con un arnés tachonado de esmalte color turquesa. Todo este espectáculo iba acompañado por el mejor champán y delicatessens. Los sándwiches de pepino que preparaba su cocinera y asistente personal Berthe Cleyrenrgue, son míticos. Su receta incluye “la versión inglesa de esta hortaliza larga y delgada, aceite de oliva, nata y mostaza de Dijon”.

El salón se mantuvo abierto durante sesenta años y fue el único sitio en Europa donde podían asistir las mujeres para hablar de creación, hacer debates, gozar de los placeres de la vida social e incluso ligar entre ellas sin miedo a un rechazo social. Las calabazas se aceptaban sin escándalo. Puede considerarse una crítica contundente a la Académie Française, que no admitió a ninguna mujer hasta 1974

De este engranaje loco y lunar sacó Djuna Barnes la idea para su Almanaque de las mujeres. La primera tirada fuero 1050 ejemplares ilustrados con veintidós dibujos a pluma de la propia autora, cincuenta de ellos coloreados por sus manos. Se cuenta que, acompañada por sus acólitas, fueron a venderlos una noche a los transeúntes que encontraron por las orillas del Sena.

Almanaque se trata de un texto “en clave”, escrito en lenguaje isabelino, tan críptico que la propia Djuna, en una entrevista que le hizo Michele Causse en 1981, admitió: “No entiendo nada. Nada de nada. No sé en absoluto lo que quería decir. Lo he olvidado. Ni Dios mismo se orientaría”. Se dice que este libro no llegó a ser famoso porque la propia autora le quitó importancia. También se ha dicho que el tono de la narración pudiera ser “un manto protector de lo que, de otro modo, podría ser censurable”. Y es que Djuna ni era modestani sufría trastornos de memoria ni mucho menos, era tonta.

En cualquier caso, es uno de los pocos textos que cuestionan las teorías del momento que relacionaban la homosexualidad con el narcisismo y consideraba a la lesbiana “una invertida” cuyo único afán era simplemente adoptar el rol masculino.

Cuentan las traductoras que volcar en otra lengua las palabras de Djuna ha sido arduo y no lo pongo en duda. 

Acabo aquí, dejando entreabiertas las puertas de la curiosidad para aquellas (y algunos valientes aquellos) que quieran entrar en el mundo de Djuna, que no fue muy prolífica, pero sí eficaz. Los últimos cuarenta años de su vida los pasó encerrada en un apartamento neoyorquino, sin aceptar visitas ni siquiera la de la cuentista Carson McCullers o la escritora Anáis Nin. La actriz Bartha Harris le dejaba rosas en el buzón y nunca recibió respuesta. Susan Sontag, tras leer su libro “El bosque de la noche” se desviaba de su itinerario solo para intentar verla, pero jamas salió. Murió allí pocos días después de cumplir noventa años, al parecer de inanición. Genialidad y locura van a menudo de la mano.

Solo añadir que el Almanaque de las mujeres lleva este subtítulo:

                                           de sus signos y sus mareas

                                          de sus Lunas y Mutaciones; 

                                            de sus Estaciones, Eclipses 

                                                 y Equinoccios; y

                                   el Relato Completo de sus Trastornos.  

                                                diurnos y nocturnos 

                                                  Escrito e ilustrado 

                                         POR UNA DAMA A LA MODA

 

Y empieza así:

Esta es la Historia de la Moza más hermosa y delicada que jamás humedeció una cama.

 

*”El Almanaque de las Mujeres” Djuna Barnes (1928)

Editorial EGALES S. L. 2008 / Colección OTRAS VOCES

Prólogo de Isabel Franc 

Por mi parte, un pequeño homenaje en el Día de la Visibilidad Lésbica.

D. W

          


viernes, 22 de abril de 2022

BAJO LA CAMA

 BAJO LA CAMA

Lo primero que ve son dos burbujas de luz bailando en el techo. Deslumbrada, se lleva la mano a los ojos y desaparecen, efímero encuentro del último sol con su pulsera. 

Un rato antes se había tumbado en la cama presidida por un mural de girasoles, con la intención de descansar la vista, pero acabó durmiéndose. “Toda la tarde desperdiciada -lamenta y rectifica- ¡que más dará!”.

Desperezándose, arroja a una silla el vestido arrugado y la ropa interior. Tras media hora sale del baño ligera, el chorro de agua le ha arrancado quince años.

Sentada al borde de la cama abre las piernas y dobla la cintura. El cabello cae ante ella como un manojo de algas que va desenredando con los dedos. La postura le descubre pelusas bajo la cama y no le importa, cuando hasta ayer mismo hubiera armado un escándalo.

Ya casi acaba, le duele un poco el cuello y va a erguirse cuando lo ve. Al principio guiña los ojos, forzándolos para distinguir si es lo que parece. Después se arrodilla, mete la mano y tantea. En efecto, hay un libro bajo una pata del somier. Una chapuza para solventar algún extravagante accidente mobiliario.

Haciendo fuerza con el hombro y tirando a la vez con la mano contraria lo rescata. Ahora el colchón se ha vuelto oscilante.

Inspecciona el libro, “Moll Flanders” se lee en letras dorado óxido. “¡Pobre!” -le duele casi igual que si fuera un cachorro abandonado- “debería poder denunciarse el maltrato literario, los libros no sientenpero hacen sentir” -filosofa mientras lo abre- Moll le cuenta su historia tricentenaria, que puede estar pasando ahora mismo, en un lenguaje arcaico que sabe a vino añejo.

 

El hambre llega sin avisar; saca un vestido de una de las maletas y baja a recepción donde hay una máquina expendedora de bazofia para nómadas, pero las tripas del artefacto están más vacías que las suyas y pregunta el por qué al recepcionista.

 “Lo siento, Madam, se ha averiado, pero si gusta disponemos de servicio de habitaciones” -y expresándose en un inglés perfecto le tiende el menú-.

  —Tomaré un sándwich vegetal y speculaas -saliva recordando el sabor de las galletas.

  —Tenemos carta de vinos -apunta él-. Ella alza las cejas “¿cual elegiría usted?” -se arrepiente de su audacia, quizás crea que está coqueteando-. El hombre estira los labios, curvando el recortado bigote pelirrojo y le recomienda un tinto de Maastrich “excelente”. Ella, atreviéndose a sostener la mirada, acepta “confiaré en su criterio”. El hombre ultima el pedido con la fórmula de rigor:

  —¿El número de su habitación, por favor?

  —Tres, cinco, tres -pronuncia ella como cantando.

Va a subir cuando él añade: “Madam, no ha precisado usted si quiere las speculaas especiadas o especiales” -hace hincapié en la última palabra, achinando los ojos que parecen negros en contraste con las desteñidas pestañas. Ella lo piensa un segundo e indica, formando una tímida V con dos dedos, que las segundas.

 

La canela, la nuez moscada y el vino son tornados agitándose en su boca, multiplicando por un millón las diez mil papilas gustativas. Moll le dice que la suerte favorece a los intrépidos y la cama la mece sacándole risas, como a una niña en un balancín.

D. W

 

 


 

 

 

 

 

 

miércoles, 13 de abril de 2022

(EL HORROR NO CABE EN NINGÚN TÍTULO)

 (EL HORROR NO CABE EN NINGÚN TÍTULO) 

 

Ya mi cuerpo no es un cuerpo 

es un campo de batalla.

Mi lecho, mi pozo, mi huerto amado

están rotos,

y mi fuente 

donde el agua manaba clara, 

henchida va ahora

de sangre y babas. 

 

Yo mujer, yo madre, yo esposa, yo hija,

tengo el rostro del enemigo, 

una escaramuza ganada,

un vientre que apuñalar con el color que ha vencido 

al resto del Pantone 

 

Miserable eres, soldado que juraste

defender tu patria con el honor que se te supone

y lo ensucias 

humillando a quien es capaz de dar vida 

y alimentarla.

 

Por los siglos de los siglos,

maldigo la guerra;

al tirano que la invoca, al interés que la demanda, 

y a los tibios que consienten que se profane la tierra 

a cambio de unas migajas.

 

*El terror que rezuman las noticias se me clava en el pecho, no soy poeta, pero el malestar que siento al ver que la especie humana sigue igual de cruel que cuando se cobijaba en cavernas, me hace escupir flema en estos versos torpes y amargos. 

Para nosotras, siempre es más elevado el precio por la paz. 

D. W



sábado, 9 de abril de 2022

GATO O CRUZ

     GATO O CRUZ   

Doña Dolores y Mariloli eran tía y sobrina separadas por cincuenta años y cincuenta kilos y unidas por los dos extremos del mismo nombre. La primera era una solemne matrona de luto perpetuo, diabética y con un amor desmedido por la paella y la horchata, aficiones contagiadas por su difunto que era valenciano.

Mariloli no llegaba a las cuatro arrobas ni a los dieciocho años, rociada de salero malagueño, bonita y delicada como muñeca de biscuit. Debido a esto y a la buena posición de su familia solía rondarle una cohorte de satélites que al ser hija única los suyos cribaban con esmero. Por otra parte, la niña estaba más por la labor de coleccionar fotos de Antonio Machín, merendar manteca flande para echar caderas y oír seriales radiofónicos que de echarse novio. Todo esto cambió al aparecer, tras unas palmeras un domingo que paseaba con la indispensable carabina por el Parque, un muchacho calcado a Jorge Negrete, que trastocó su corazoncito. El chavó era fetén, pero tenía una gran falta: su origen cunero. Se había criado en la inclusa bajo el nombre que le dieron las sores: “Julio de la Cruz”.

Tal como se estilaba, mandaron a pedir informes del inclusero. Fuera aparte de la fantasía que lo mentaba como hijo ilegítimo de una marquesa y un pintor mujeriego, lo demás de su escasa biografía se limitaba a describirlo como un “hombre cabal, con la milicia cumplida, de profesión dependiente en una droguería y al que le gusta pintar (con pincel fino) demostrando talento para rellenar lienzos. No se le conoce vicio ninguno, no gusta de beber ni de camorras. Solo tiene la varonil costumbre de fumar, siendo muy piadoso y guardando las vigilias como buen cristiano criado por las monjas”.

Al papá de Mariloli le pareció muy bien… pero no para yerno. “Un hombre que ignora de dónde viene tendrá dificultad en saber a dónde va” afirmaba tajante, así que puso distancia mandando a la muchacha una larga temporada a Denia, lo que en aquel entonces era como decir al fin del mundo, con su hermana mayor, viuda y sabedora de cómo actuar en estas delicadas circunstancias. 

Aunque las primeras semanas Mariloli anduvo llorosa, la treta surtió efecto; allí los muchachos eran muy finos, le decían señorita y la trataban de usted. Como novedad y andaluza cayó en gracia y pronto tuvo su pandilla de amigas, nietas de las ídem de doña Dolores.

Tía y sobrina vivían en una casona grande, con tres magníficas ventanas a dos calles principales. 

Doña Dolores despidió a la sirvienta y ocupó a su sobrina con los fregoteos que entonces se hacían de rodillas. “Es por su bien -decía- así sabrá, cuando tome estado, mandar como hacerlo” dando por hecho casar a la niña con uno de posibles, viniéndole a las mientes un solterón de oro al que se le caía la baba con Mariloli. Un hombre hecho (derecho no, que cargaba de un hombro) y con patrimonio que aseguraba una vida más que muelle; el amor es un cuento que termina mal cuando no hay pringá después del pan con cebolla.

Mariloli entraba a todo, de alguna manera tenía que pagarle a la doña sus desvelos y aceptaba, pavona, las galanterías del viejo galán. Gracias a su influencia la habían elegido Dama de Honor de las fallas del barrio, recorriendo las calles tras la Fallera Mayor y poniéndose púa de aceitunas y dulces en cada “Casal”, luciendo un vestido de seda, alquilado por la premura, pero que era un ensueño. Nunca había vivido nada tan excitante. Para no olvidarlo enroscó la banda terminada en escarapela rojigualda en el crucifijo que presidía su cama. Del otro de la Cruz, ni se acordaba.

 

Cada mañana, puestas al sol que se entremetía por la ventana esquinera, se marcaban con bigudíes las ondas del pelo la una a la otra. Desde allí divisaban la azotea de la casa parroquial en la que vivía el sacerdote, que a la sazón hospedaba a un fraile recién ordenado preparándose para ir a misiones, con el salacot siempre puesto para no extrañar el peso y rondado por un curioso gato claro, muy delgado, con orejas y patas oscuras, sin rabo. La gente decía que se lo habían traído de las lejanas tierras de Siam, allá pegando con el Japón de la China lo menos.

La chiquilla cayó enamorada ipso facto del hermoso ejemplar… felino. Buscó su atención llamándolo: miniminimini y este, con la agilidad propia de su especie, saltaba hasta su alféizar dejándose coscar por unas manos infinitamente más dulces que la de su rígido amo. Mariloli le guardaba leche de su desayuno, la arenca desmenuzada del almuerzo, el arroz sempiterno de la cena. Él lo tomaba de sus dedos, altivo como un dios egipcio, pero ronroneando de placer.

Ella jamás había visto un animal tan exótico, con zafiros estrábicos por ojos. Gato y niña vivieron ese verano de mil novecientos cincuenta una singular historia de amor.

 

Cuando Mariloli supo que el seminarista partía a tierras salvajes llevándose a su enamorado quiso morirse. Lo imaginó en una olla, comido por sopa por aquellos energúmenos que iban casi en cueros.

Suplicó a su tía, fiel feligresa, que convenciera al fraile para cederle el gato e incluso quiso escribir a su padre para que le mandara dinero y comprárselo. 

Doña Dolores, desconocedora de la relación interespecie, puso el grito en el cielo, “¡a los curas no se les pide ni se les compra, se les DA!”. Mariloli fue entonces a por todas raptando a Romeo, que así lo bautizó, aunque su collar decía “Sirio” (cirio en valenciano creía ella, y un gato tan requeteprecioso no merecía tener nombre de chupa-velas). Cuatro días tuvo al felino escondido en el cuartillo de los trabones, privándose de comer para alimentarlo, pero el animal terminó siendo descubierto por la tita cuando el fraile hasta había ofrecido recompensa, así que la obligó a devolverlo. “¡No, tita, a este no me lo quite usté, por el tito quenpádescanse se lo pido!”. La mujerona, impertérrita, encerró al animalito, que se había curvado como una herradura y era todo uñas, en la canasta de mimbre de hacer la compra. Arreando a la niña cruzaron la calle hasta la casa del cura: “don Borja, abra vostè”. 

Recibiéronlas los dos soldados de Cristo con gran alegría mientras doña Dolores, bordando el papel, explicaba: “…apareció en nuestro patio... ¿donde habrá estado el pobre meu estos días?, ¿verdad, chiqueta?”. Los ojos de Mariloli refulgían de rabia al ver al misionero estrujar al gato.

El animal se despidió de ella con un maullido que rajó sus carnes.

Doña Dolores rechazó la recompensa, “déjela usted para esos paganos salvajes, don Borja, que la iglesia es pobre”.

Para que Mariloli se repusiera de la pérdida decidió hacer el camino inverso, pues quedose tan apática que creyó que iba a entregar el petate y volvieron a Málaga. El pretendiente cuarentón, ajeno al sainete, le hizo prometer que le escribiría a diario y ella le dejó un pañuelito perfumado con Eau de Paquin sisado a su tía, sin la mínima intención de corresponderle, solo por dar achares a la doña y hacerla quedar mal. 

Tras dos días de purgatorio metidas en el tren y sin pronunciar palabra, llegaron por fin al final del trayecto.Sus padres se asustaron al verla tan mustia pensando que el de la Cruz aún era Gólgota en aquella alma, pero la tita les sacó del error.

—Qué va, hijos, es por culpa de un bigotudo bizco, canijo, rabón y encima... ¡chino! 

Para más desconcierto de los padres, Mariloli arañó el bolso acharolado e hizo fú.

D. W 




sábado, 2 de abril de 2022

ECONOMÍA FAMILIAR

 ECONOMÍA FAMILIAR 

 

“Será inútil preguntar quién se olvidó de atar el trapo rojo, ¿verdad?”

Los hijos se encogen de hombros. 

“¡Dios bendito, nunca conseguiré que asumáis vuestras responsabilidades! -la mujer del pantalón corto mira con reproche a su marido- ¿y tú?”. Él jura que sí lo amarró, además con un nudo aprendido de cuándo hacía escalada.

Dentro del coche hace calor, aun así, la abuela lleva puestos unos guantes que fueron exquisitos y hoy se muestran despellejados. Cubren unas manos que no reconoce, salpicadas de manchas pardas. Solo se los quita cuando las lava. Entonces cierra los ojos apretándolos para no verlas. De fuera le llegan las voces de cuatro extraños plantados en la estrechez de la cuneta.

“Sin el trapo rojo nos arriesgamos a que nos multen” -deja caer la mujer con inquina, los ojos llorosos, heridos por el sol-

La mandíbula del hombre se endurece “te he dicho, jurado incluso, que lo amarré”. Ella, con los brazos cruzados bajo los descarados pechos, ametralla: “conozco tus juramentos y tus chapuzas”.

La acritud que envuelve el diálogo se mastica como en una ensalada pasada de vinagre. 

  —¡Suéltalo, anda! que estás deseando restregarme que no soy como el perfecto marido de tu amiga Patricia.

  —Puyas no, y menos delante de los niños.

  —Criticándome siempre, el mal ejemplo viene de ti, que eres la que empieza.

El hombre vuelve la cara y escupe un salivazo espeso. Carraspea y siente un pinchazo en la espalda. Da un alarido de dolor, se lleva una mano a los riñones y con la otra se apoya en el capó, retirándola de inmediato porque quema “¡joder! -y torna a escupir otra flema polvorienta- ¡maldita sea, y encima me he fastidiado el lomo al subirlo a la baca!”

Los muchachos le preguntan si está bien, “¿pues no veis que no, tontainas?”. Callan y miran al suelo, triturando la gravilla que paga el pato gimiendo bajo las deportivas. No es cierto que el padre hiciera el esfuerzo solo, subieron el féretro entre los tres, a pesar de darles repelús tocarlo, pero saben por experiencia que no es buena idea meterse en las disputas de esos dos, llenas del rencor acumulado desde antes de que ellos nacieran. A veces se preguntan si no fueron engendrados en una reconciliación, frutos del odio aplacado con sexo. No lo han hablado entre ellos, pero ambos tienen el mismo resquemor y procuran quitarse ese pensamiento de la cabeza como el que sacude briznas de hierba enganchadas en el pelo. Están deseando cumplir los dieciocho para irse de una casa que exuda reproches y donde la única persona normal es la abuela, a la que un tumor ha puesto cercana fecha de vencimiento. Acordándose de su Nana les ataca la ternura y el más alto se asoma por la ventanilla, preguntándole solícito si quiere tomar un poco de agua y estirar las piernas.

Ella niega con la cabeza dos veces. No quiere empolvarse los zapatos, aunque le agrada la galantería de ese mozo que tanto se parece a su novio.

El chico y su hermano se alejan un poco, hasta donde el esqueleto de un árbol les ofrece su pobre sombra. Allí se quedan muy quietos, bebiendo alternativamente de una lata de refresco. Les avergüenza la mezquindad de sus padres que han recorrido cien kilómetros para comprar el ataúd de la Nana estando viva aún. Se habían enterado por la revista “Compra y Vende” de la liquidación, a menos del coste, de una partida defectuosa, veinte centímetros más cortos que los standards, con lo que quedaban demasiado largos para niños y escasos para adultos, pero perfectos siendo las usuarias ancianas dobladas por la artrosis. El detalle de no incluir el porte no les echó para atrás.

 

Nana se hunde en sus ensoñaciones. Hoy está tranquila, amodorrada por el ambiente ardoroso. Se frota las muñecas para estirarse los guantes y ahoga un gritito. Su pulsera de pedida ha desaparecido. Está segura de habérsela puesto esta mañana, nunca se separa de ella. Quizá se le cayese en el colmado donde tomaron esos bocadillos de tortilla tan ricos, bajados con Mirinda de naranja mientras escuchaban en la sinfonola “Las flechas del amor”. Decidida, se descalza y abre la portezuela con cuidado. Cargando con su bolso repleto de tesoros, toma la carretera hacia abajo.

Nadie se percata. Los chicos se han sumergido en sus móviles y los adultos en decibelios de agresividad:

  —¡Nos vemos así por tu tacañería! 

  —Al revés que Patricia, con marido propietario de panteón familiar y placa de “señalización de carga”, ¿no?

 —¡Vete a la mierda!

 

Insensible al ardiente alquitranado que enrojece sus pies, Nana se concentra en orientarse, cosa fácil porque no hay bifurcaciones. Sería una vergüenza no poder lucir la pulsera en la boda con las fatigas que ha pasado su prometido para comprársela.

Coqueta, rebusca en el bolso y saca su adquisición más reciente, un trozo de tela rojo y alargado con el que se cubre la cabeza, anudándoselo bajo la barbilla. Así protege su peinado pues toda novia debe estar perfecta en su gran día. 

 

El conductor del coche salido tras la curva consigue esquivar de un volantazo a la estrambótica Caperucita gracias al destello del guiñapo colorado que la nimba, pero no puede evitar el choque con el vehículo parado en el arcén.

La única víctima, un féretro, queda hecho un costillar destazado sobre la barbacoa de asfalto.

D. W

 



LES ESCUECE

  LES ESCUECE El reloj me dice que son las cuatro y veinte de la madrugada. Llovizna con timidez  en Madrid, oigo las gotas quebrase contra ...