sábado, 2 de abril de 2022

ECONOMÍA FAMILIAR

 ECONOMÍA FAMILIAR 

 

“Será inútil preguntar quién se olvidó de atar el trapo rojo, ¿verdad?”

Los hijos se encogen de hombros. 

“¡Dios bendito, nunca conseguiré que asumáis vuestras responsabilidades! -la mujer del pantalón corto mira con reproche a su marido- ¿y tú?”. Él jura que sí lo amarró, además con un nudo aprendido de cuándo hacía escalada.

Dentro del coche hace calor, aun así, la abuela lleva puestos unos guantes que fueron exquisitos y hoy se muestran despellejados. Cubren unas manos que no reconoce, salpicadas de manchas pardas. Solo se los quita cuando las lava. Entonces cierra los ojos apretándolos para no verlas. De fuera le llegan las voces de cuatro extraños plantados en la estrechez de la cuneta.

“Sin el trapo rojo nos arriesgamos a que nos multen” -deja caer la mujer con inquina, los ojos llorosos, heridos por el sol-

La mandíbula del hombre se endurece “te he dicho, jurado incluso, que lo amarré”. Ella, con los brazos cruzados bajo los descarados pechos, ametralla: “conozco tus juramentos y tus chapuzas”.

La acritud que envuelve el diálogo se mastica como en una ensalada pasada de vinagre. 

  —¡Suéltalo, anda! que estás deseando restregarme que no soy como el perfecto marido de tu amiga Patricia.

  —Puyas no, y menos delante de los niños.

  —Criticándome siempre, el mal ejemplo viene de ti, que eres la que empieza.

El hombre vuelve la cara y escupe un salivazo espeso. Carraspea y siente un pinchazo en la espalda. Da un alarido de dolor, se lleva una mano a los riñones y con la otra se apoya en el capó, retirándola de inmediato porque quema “¡joder! -y torna a escupir otra flema polvorienta- ¡maldita sea, y encima me he fastidiado el lomo al subirlo a la baca!”

Los muchachos le preguntan si está bien, “¿pues no veis que no, tontainas?”. Callan y miran al suelo, triturando la gravilla que paga el pato gimiendo bajo las deportivas. No es cierto que el padre hiciera el esfuerzo solo, subieron el féretro entre los tres, a pesar de darles repelús tocarlo, pero saben por experiencia que no es buena idea meterse en las disputas de esos dos, llenas del rencor acumulado desde antes de que ellos nacieran. A veces se preguntan si no fueron engendrados en una reconciliación, frutos del odio aplacado con sexo. No lo han hablado entre ellos, pero ambos tienen el mismo resquemor y procuran quitarse ese pensamiento de la cabeza como el que sacude briznas de hierba enganchadas en el pelo. Están deseando cumplir los dieciocho para irse de una casa que exuda reproches y donde la única persona normal es la abuela, a la que un tumor ha puesto cercana fecha de vencimiento. Acordándose de su Nana les ataca la ternura y el más alto se asoma por la ventanilla, preguntándole solícito si quiere tomar un poco de agua y estirar las piernas.

Ella niega con la cabeza dos veces. No quiere empolvarse los zapatos, aunque le agrada la galantería de ese mozo que tanto se parece a su novio.

El chico y su hermano se alejan un poco, hasta donde el esqueleto de un árbol les ofrece su pobre sombra. Allí se quedan muy quietos, bebiendo alternativamente de una lata de refresco. Les avergüenza la mezquindad de sus padres que han recorrido cien kilómetros para comprar el ataúd de la Nana estando viva aún. Se habían enterado por la revista “Compra y Vende” de la liquidación, a menos del coste, de una partida defectuosa, veinte centímetros más cortos que los standards, con lo que quedaban demasiado largos para niños y escasos para adultos, pero perfectos siendo las usuarias ancianas dobladas por la artrosis. El detalle de no incluir el porte no les echó para atrás.

 

Nana se hunde en sus ensoñaciones. Hoy está tranquila, amodorrada por el ambiente ardoroso. Se frota las muñecas para estirarse los guantes y ahoga un gritito. Su pulsera de pedida ha desaparecido. Está segura de habérsela puesto esta mañana, nunca se separa de ella. Quizá se le cayese en el colmado donde tomaron esos bocadillos de tortilla tan ricos, bajados con Mirinda de naranja mientras escuchaban en la sinfonola “Las flechas del amor”. Decidida, se descalza y abre la portezuela con cuidado. Cargando con su bolso repleto de tesoros, toma la carretera hacia abajo.

Nadie se percata. Los chicos se han sumergido en sus móviles y los adultos en decibelios de agresividad:

  —¡Nos vemos así por tu tacañería! 

  —Al revés que Patricia, con marido propietario de panteón familiar y placa de “señalización de carga”, ¿no?

 —¡Vete a la mierda!

 

Insensible al ardiente alquitranado que enrojece sus pies, Nana se concentra en orientarse, cosa fácil porque no hay bifurcaciones. Sería una vergüenza no poder lucir la pulsera en la boda con las fatigas que ha pasado su prometido para comprársela.

Coqueta, rebusca en el bolso y saca su adquisición más reciente, un trozo de tela rojo y alargado con el que se cubre la cabeza, anudándoselo bajo la barbilla. Así protege su peinado pues toda novia debe estar perfecta en su gran día. 

 

El conductor del coche salido tras la curva consigue esquivar de un volantazo a la estrambótica Caperucita gracias al destello del guiñapo colorado que la nimba, pero no puede evitar el choque con el vehículo parado en el arcén.

La única víctima, un féretro, queda hecho un costillar destazado sobre la barbacoa de asfalto.

D. W

 



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