sábado, 9 de abril de 2022

GATO O CRUZ

     GATO O CRUZ   

Doña Dolores y Mariloli eran tía y sobrina separadas por cincuenta años y cincuenta kilos y unidas por los dos extremos del mismo nombre. La primera era una solemne matrona de luto perpetuo, diabética y con un amor desmedido por la paella y la horchata, aficiones contagiadas por su difunto que era valenciano.

Mariloli no llegaba a las cuatro arrobas ni a los dieciocho años, rociada de salero malagueño, bonita y delicada como muñeca de biscuit. Debido a esto y a la buena posición de su familia solía rondarle una cohorte de satélites que al ser hija única los suyos cribaban con esmero. Por otra parte, la niña estaba más por la labor de coleccionar fotos de Antonio Machín, merendar manteca flande para echar caderas y oír seriales radiofónicos que de echarse novio. Todo esto cambió al aparecer, tras unas palmeras un domingo que paseaba con la indispensable carabina por el Parque, un muchacho calcado a Jorge Negrete, que trastocó su corazoncito. El chavó era fetén, pero tenía una gran falta: su origen cunero. Se había criado en la inclusa bajo el nombre que le dieron las sores: “Julio de la Cruz”.

Tal como se estilaba, mandaron a pedir informes del inclusero. Fuera aparte de la fantasía que lo mentaba como hijo ilegítimo de una marquesa y un pintor mujeriego, lo demás de su escasa biografía se limitaba a describirlo como un “hombre cabal, con la milicia cumplida, de profesión dependiente en una droguería y al que le gusta pintar (con pincel fino) demostrando talento para rellenar lienzos. No se le conoce vicio ninguno, no gusta de beber ni de camorras. Solo tiene la varonil costumbre de fumar, siendo muy piadoso y guardando las vigilias como buen cristiano criado por las monjas”.

Al papá de Mariloli le pareció muy bien… pero no para yerno. “Un hombre que ignora de dónde viene tendrá dificultad en saber a dónde va” afirmaba tajante, así que puso distancia mandando a la muchacha una larga temporada a Denia, lo que en aquel entonces era como decir al fin del mundo, con su hermana mayor, viuda y sabedora de cómo actuar en estas delicadas circunstancias. 

Aunque las primeras semanas Mariloli anduvo llorosa, la treta surtió efecto; allí los muchachos eran muy finos, le decían señorita y la trataban de usted. Como novedad y andaluza cayó en gracia y pronto tuvo su pandilla de amigas, nietas de las ídem de doña Dolores.

Tía y sobrina vivían en una casona grande, con tres magníficas ventanas a dos calles principales. 

Doña Dolores despidió a la sirvienta y ocupó a su sobrina con los fregoteos que entonces se hacían de rodillas. “Es por su bien -decía- así sabrá, cuando tome estado, mandar como hacerlo” dando por hecho casar a la niña con uno de posibles, viniéndole a las mientes un solterón de oro al que se le caía la baba con Mariloli. Un hombre hecho (derecho no, que cargaba de un hombro) y con patrimonio que aseguraba una vida más que muelle; el amor es un cuento que termina mal cuando no hay pringá después del pan con cebolla.

Mariloli entraba a todo, de alguna manera tenía que pagarle a la doña sus desvelos y aceptaba, pavona, las galanterías del viejo galán. Gracias a su influencia la habían elegido Dama de Honor de las fallas del barrio, recorriendo las calles tras la Fallera Mayor y poniéndose púa de aceitunas y dulces en cada “Casal”, luciendo un vestido de seda, alquilado por la premura, pero que era un ensueño. Nunca había vivido nada tan excitante. Para no olvidarlo enroscó la banda terminada en escarapela rojigualda en el crucifijo que presidía su cama. Del otro de la Cruz, ni se acordaba.

 

Cada mañana, puestas al sol que se entremetía por la ventana esquinera, se marcaban con bigudíes las ondas del pelo la una a la otra. Desde allí divisaban la azotea de la casa parroquial en la que vivía el sacerdote, que a la sazón hospedaba a un fraile recién ordenado preparándose para ir a misiones, con el salacot siempre puesto para no extrañar el peso y rondado por un curioso gato claro, muy delgado, con orejas y patas oscuras, sin rabo. La gente decía que se lo habían traído de las lejanas tierras de Siam, allá pegando con el Japón de la China lo menos.

La chiquilla cayó enamorada ipso facto del hermoso ejemplar… felino. Buscó su atención llamándolo: miniminimini y este, con la agilidad propia de su especie, saltaba hasta su alféizar dejándose coscar por unas manos infinitamente más dulces que la de su rígido amo. Mariloli le guardaba leche de su desayuno, la arenca desmenuzada del almuerzo, el arroz sempiterno de la cena. Él lo tomaba de sus dedos, altivo como un dios egipcio, pero ronroneando de placer.

Ella jamás había visto un animal tan exótico, con zafiros estrábicos por ojos. Gato y niña vivieron ese verano de mil novecientos cincuenta una singular historia de amor.

 

Cuando Mariloli supo que el seminarista partía a tierras salvajes llevándose a su enamorado quiso morirse. Lo imaginó en una olla, comido por sopa por aquellos energúmenos que iban casi en cueros.

Suplicó a su tía, fiel feligresa, que convenciera al fraile para cederle el gato e incluso quiso escribir a su padre para que le mandara dinero y comprárselo. 

Doña Dolores, desconocedora de la relación interespecie, puso el grito en el cielo, “¡a los curas no se les pide ni se les compra, se les DA!”. Mariloli fue entonces a por todas raptando a Romeo, que así lo bautizó, aunque su collar decía “Sirio” (cirio en valenciano creía ella, y un gato tan requeteprecioso no merecía tener nombre de chupa-velas). Cuatro días tuvo al felino escondido en el cuartillo de los trabones, privándose de comer para alimentarlo, pero el animal terminó siendo descubierto por la tita cuando el fraile hasta había ofrecido recompensa, así que la obligó a devolverlo. “¡No, tita, a este no me lo quite usté, por el tito quenpádescanse se lo pido!”. La mujerona, impertérrita, encerró al animalito, que se había curvado como una herradura y era todo uñas, en la canasta de mimbre de hacer la compra. Arreando a la niña cruzaron la calle hasta la casa del cura: “don Borja, abra vostè”. 

Recibiéronlas los dos soldados de Cristo con gran alegría mientras doña Dolores, bordando el papel, explicaba: “…apareció en nuestro patio... ¿donde habrá estado el pobre meu estos días?, ¿verdad, chiqueta?”. Los ojos de Mariloli refulgían de rabia al ver al misionero estrujar al gato.

El animal se despidió de ella con un maullido que rajó sus carnes.

Doña Dolores rechazó la recompensa, “déjela usted para esos paganos salvajes, don Borja, que la iglesia es pobre”.

Para que Mariloli se repusiera de la pérdida decidió hacer el camino inverso, pues quedose tan apática que creyó que iba a entregar el petate y volvieron a Málaga. El pretendiente cuarentón, ajeno al sainete, le hizo prometer que le escribiría a diario y ella le dejó un pañuelito perfumado con Eau de Paquin sisado a su tía, sin la mínima intención de corresponderle, solo por dar achares a la doña y hacerla quedar mal. 

Tras dos días de purgatorio metidas en el tren y sin pronunciar palabra, llegaron por fin al final del trayecto.Sus padres se asustaron al verla tan mustia pensando que el de la Cruz aún era Gólgota en aquella alma, pero la tita les sacó del error.

—Qué va, hijos, es por culpa de un bigotudo bizco, canijo, rabón y encima... ¡chino! 

Para más desconcierto de los padres, Mariloli arañó el bolso acharolado e hizo fú.

D. W 




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