domingo, 27 de marzo de 2022

BRISA

 BRISA

Brisa López fue, a los doce años, actriz revelación en una serie fungible para adolescentes ansiosos de modelos que imitar. Llegando a sus veintisiete la productora, dándose cuenta de lo imposible de alargar la pubertad en tíos con pelo en pecho y niñas que roneaban con futbolistas, decidió matarlos a todos en el regreso del viaje fin de curso con un accidente aéreo como chimpúm. Si encartaba alguna vez hacer segunda parte, usarían el recurso de que todo fue una pesadilla del jefe de estudios

Para aprovechar los coletazos de fama y mientras la colocaba en otro serial, la representante de Brisa (representanta pues era mujer) le aconsejó escribir un libro.

   —A ver Fanny, que no soy escritora.

   —Eso no importa, querida, ningún famoso que publica lo es. Mira, una especie de Guía de la autofelicidad tendría salida, imagina -y levantando los brazos con las manos muy abiertas, hacía como que proyectaba la ebullición desbordante de su oxigenada cabecita (a trescientos euros la sesión de peluquería) sobre las cortinas de Zara-Home: “Aprende a conocerte a través de tus zapatos” ¿no te parece un título genial?”.

Con el poder que tiene el incentivo de trincar un buen porcentaje de las ventas lo organizó tan bien que a los tres meses el libro no sólo atestaba las baldas de los centros comerciales sino de las librerías “serias” y además era un bestseller.

Brisa, que se llamaba así porque sus padres eran hippies en la época en que ella nació, se dejó llevar. Entre el negro (negra porque era mujer) y los editores, aliñaron unas páginas con imágenes oníricas y fotografías de sus pies cubiertos de espuma asomando por una bañera old fashion o pisando uvas tintas en un barreño.

La actriz quedó encantada al ojear el primer ejemplar. La portada saludaba con un binomio disparejo de chinela y stileto de suela roja. En la faja fucsia que ceñía la rotundidad del tomo se destacaba el número de unidades vendidas (con siete cifras) y frases (compradas) a gurús de la moda y a escribas amamantados porla misma editorial:

 

Cuando vuelvas la última hoja del libro no serás la misma persona. Habrás aprendido que caminar por la vida es más fructífero si preparas cada noche los zapatos que lucirás al día siguiente” -Con esta metáfora existencial Brisa López nos devuelve a la lucidez y la calma- 

“Vanitas News”

  

“Este libro te tomará de las entrañas y te volverá del revés”

Perengana, autora de “La estentórea pulcritud de las cucarachas huérfanas”

 

Brisa acabó harta de firmar libros en supermercados y centros del extrarradio, rodeada de guardaespaldas que la defendían de una hueste granujienta y taquicárdica. Cuando le preguntaban qué quería decir con esta o aquella sentencia se limitaba a responder: “buena pregunta, esa es mi favorita” y sonreía, mirando arrobada el calzado que llevase, siempre de autor caro y fuera del alcance de sus fans, haciendo que el entrevistador olvidase lo preguntado. Nunca necesitó tanto tirar de su oficio de comediante.

 

Pasado el fervor literaturesco intentó empezar una carrera sólida, pero para una actriz acostumbrada a ir en limusina el mundo es aún más complicado que para los mortales de a pie. No solo debe ser bella sino parecerlo a todas horas y bajo cualquier circunstancia. Y tener talento. Claro que este no se ve si no se demuestra y los roles que le ofrecían no se prestaban al lucimiento intelectual. Ya no la llamaban “joven promesa” pero tampoco “gran intérprete o fiera escénica”. Entraba en una edad en la que era vieja para hacer de joven y demasiado joven para interpretar a mujeres maduras.

Fanny, la representanta, ideó sacar un nuevo libro que la devolviera al “candelabro”. Esta vez sobrio, pero tifo de carnaza, con una portada en la que una antigua tira de “Fotomatón” mostrara siluetas confusas.

   —El libro se titulará: “Manual de los Excepcionales” -ordenó- y va a ser autobiográfico. La vida, para los seres especialmente sensibles como tú, es difícil, así que darás pautas para que la mediocridad y la envidia de los otros no ciegue ese brillo interior que solo poseéis los elegidos.

Brisa la miraba atónita, pero no supo negarse.

   

El libro salió, aunque no con fortuna. La vida de Brisa, expuesta desde bebé con una foto donde su madre la sostenía en brazos mientras fumaba un porro, pasando por instantáneas robadas en topless, ya no interesaba a sus seguidores que se habían desprendido de sus granos y ahora se afanaban, al igual que ella, en ganarse un jornal. De ahí que la imagen de la pseudoautora en la contraportada luciendo un solitario comprado en Tiffany’s les pareciera urticante. Sus padres, a los que perdió a los ocho años por un error matemático de gramo de más, hubieran muerto de nuevo al ver a su retoña exhibir semejante desvergüenza capitalista. 

Debajo de la foto, en letras blancas sobre fondo oscuro, rezaba su supuesto mantra:

Yo lo valgo, yo lo merezco. Cree en ti y lograras lo que emprendas”.

Viendo a su representada baja de ánimo, Fanny le aconsejó que leyese “su” primer libro. “Aplícate tu cuento, nena, que mejor nos irá”. Definitivamente no tenía vergüenza.

 

Cuando le consiguió entrar en el reality show de “La Visa de los famosos” Brisa dijo basta. Vendió el diamante, lo que la mantuvo un año y dio el paso de despedir a Fanny. Aparte de ahorrarse su desmesurado sueldo comprobó que sin ella conseguía trabajos, aunque de los que esta despreciaba: “teatruchos de provincias, alojándote en pensiones de ajo y chinches. Te morirás de asco”. 

Brisa le sacó la lengua, apartándola de su vida con un soplo que la hizo rodar hasta desaparecer allende el horizonte, igual que los fantasmagóricos arbustos de un spaghetti western.

D. W

 



 

 

 

sábado, 19 de marzo de 2022

PADRES DE ESPUMA Y LUZ

 PADRES DE ESPUMA Y LUZ

 

Tu padre se afeitaba cada sábado, en el patio y antes del desayuno para evitar cortes de digestión, cuando aún la luz no se emberrechinaba coloreando de amarillo las plantas. El resquebrajado espejo colgado de la rama del chilindro guiaba la navaja por la orografía de su rostro. 

Sentada en el banquito que te hizo con una caja de naranjas, gustabas de observar cada uno de sus gestos. 

Primero roneaba a mamá con voz zalamera: “Nena, caliéntame un poco de agua”. Ella encendía los quemadores que tanto esfuerzo costaba mantener dorados a base de asperón y matagallo, pariendo llamas azuladas. Cuando el agua hervía la llevaba con mucho cuidado hasta dónde estabais, volcándola en una palangana casi de juguete, blanca, algo desportillada por los bordes fileteados de azul. No dejaba que hicieras está tarea por miedo a que te quemaras.

Tu padre mojaba un paño blanco y lo extendía de oreja a oreja, dejando libres boca y nariz “mira, nena, me van a sacar una muela” bromeaba siempre dejando ver una sonrisa sin huecos, de hombre joven y sano. No te sorprendía que os llamara “nena” a ti y a mamá porque erais un triángulo perfecto, una santísima Trinidad equilátera.

Cuando el paño empezaba a enfriarse era seña de que la barba, que nunca llegó a serlo en propiedad más que en incipiencia, se había ablandado. Entonces introducía en la jofainilla la barra de jabón, frotándola con una brocha corta y gruesa, de pelos tan apretados como tu trenza y tan suave como el cabo de esta. “Cuando se quede pelona la brocha, me afeitaré con tu pelo” amenazaba risueño, y reías embadurnándote la trenza en la espuma arrancada a base de cosquillas, pasándola por tus mofletes para ser como papá. 

“Las niñas no se afeitan, bueno, algunas mujeres si deberían” -bajaba la voz para añadir- como la tita Antolina, que tiene bigote- y ante tus carcajadas suplicaba con voz envuelta en gabardina de agente secreto “pero no se lo digas ni a ella ni a mamá”.

Enjabonado parecía el rey Melchor, tu favorito, solo qué en camiseta de tirantes, aunque revestido por la toalla que reposaba en su hombro, receptora de la navaja pringosa de espuma y pelillos, dejándola brillante tras cada frote, lista para repetir la operación.  

A veces, uno o dos vecinos coincidían en el patio para lo mismo y charlaban mientras el espejo unigénito quedaba libre. Así aprendiste que los hombres hablan distinto si están entre ellos o hay una mujer presente. En corrillo, las mamás también se pronunciaban de forma extraña. Todo era misterioso en el mundo de los adultos, pero lo que más, el que las conversaciones masculinas y femeninas fueran como agua y aceite, condenadas a no mezclarse. De haber chiquillos presentes la cosa se oscurecía más aún, pues o se expresaban como si fueseis tontos o con frases estúpidas “hay ropa tendida, fulanita está pá mojar pan”.

Ya bien rasurado, te mandaba a por el tónico. Ibas corriendo, traspasabas casi sin pisar las baldosas del patio, salvando el escalón que lo separaba de la sala de una zancada, según tu madre, impropia de una muchachita bien criada. Llegando a la alcoba te ayudabas para tu fin empinándote en el faldón de la coqueta de tres lunas hasta llegar al tarro de colonia con ínfulas de coñac, de olor muy distinto al de limón y jazmín que usabais vosotras. 

Para la vuelta no corrías, haciendo acopio de toda tu paciencia, como cuando te tocaba llevar las vinajeras de misa, bizqueando por tener un ojo en ellas y otro en el suelo para evitar derramarlas.

Entonces venía lo más divertido. Papá destapaba el frasco con ceremonia, devolviéndolo a tus manos que lo cerraban de inmediato temerosas de que escapara su poder calmante. Él pasaba el tónico del hueco de una palma a la otra, golpeando sus mejillas enrojecidas, dando más saltos que un canguro, exagerando la sensación de escozor para disfrutar de nuevo de tu risa y soltando la cantinela que sabías de memoria “¡mecagoendiezcomopica!” 

Aupándote en brazos, después de lanzar la toalla al suelo, pedía que comprobaras el resultado pasando el dedo índice por el contorno de su cara “ya no me parezco a tita Antolina” y añadíais los dos al unísono entre carcajadas “pero no se lo digas ni a ella ni a mamá”.

Recogíais los bártulos, tirando al sumidero el agua. La espuma se estancaba en el arabesco de hierro como el vestigio de una nevada, encaminándoos felices a la umbrosa vivienda mientras otro vecino reconquistaba el espejo.

 

Tu madre siempre dejaba caer la misma queja: “la estas criando como a un marimacho”. Tu padre, sin desairarla, afirmaba: “mi niña será médico o practicanta, lo menos”. Ella os miraba con desaprobación “eso, tú métele pájaros en la cabeza”. Ahora sabes que se lamentaba de que hubieras nacido hembra, culpándose de ser incapaz de darle hijos varones para que en ellos viera cumplidos su sueño de ser Alguien. Creía que por falta de otras perspectivas te trataba con esa impropia camaradería entre sexos, educándote como un chicazo. Y tenía tanto miedo de que salieras hombruna como de su futura desilusión al ver que te fueras inclinando por las funciones propias de tu género.

Sí te dabas cuenta de que no era como los demás hombres, que se iban a la partida de dominó en vez de ayudar en las labores de la casa. Tu madre penaba, porque esta faceta suscitaba chismes de poca virilidad sobre todo por no tener más hijos, aunque ella procuraba hacer hincapié en que “el defecto” era suyo, para salvaguardar la reputación de su esposo.

 

Tu padre, después de afeitarse, se acercaba a tu madre haciendo carantoñas. “Hoy estoy suavito, nena” y ella sonreía. “¡Qué chaladuras hacen los mayores!” te decías. Los observabas besarse usando el truco de arrinconar las pupilas en el rabillo del ojo, aunque pronto te ensimismabas en el libro de Naturaleza que te compró papá en un puestecillo de lance y seguías leyendo sobre el comportamiento del pingüino emperador,único animal macho que incuba en solitario el huevo para que su pingüina descanse del esfuerzo de la puesta.

D. W




domingo, 13 de marzo de 2022

LA MENGUAsIÓN

 LA MENGUAsIÓN

Vistas a través de la ventana parecen dos amigas hablando de sus cosas a pesar de que el entorno es de hotel lujoso pasado por asepsia; el cuarto dispone de una cama hospitalaria (en la acepción clínica del término), una estilosa chaise longue, plantas y algún cuadro en clave pastel.

Hasta para un daltónico es evidente la bata blanca de la una y el quirúrgico camisón celeste de la otra. 

  —¿Edad?

  —Treinta y nueve.

  —En su informe médico de hace tres años reza la misma.

  — Ah, pues debe ser un error. Yo sé muy bien cuando nací.

La de la bata, inmutable, sigue con la entrevista. ¿Fuma, bebe, toma drogas?

  —¡Por supuesto que no!

Esta vez la inquisidora no aparta los ojos de la del camisón hasta que esta baja los suyos y reconoce “un pitillo, alguna copa, somníferos… pues como todo el mundo”.

  —Haga el favor de firmar aquí.

Agarrando con la mano derecha el camisón para no dejar el trasero expuesto garabatea con la izquierda, pues es zurda, donde la uña pulidísima de la enfermera le indica, enrojeciendo al percatarse de que deja el bolígrafo húmedo de sudor inquieto.

A la enfermera le parece que no es grasa lo que le sobra a ese cuerpo magro sino un marido deseoso de un eterno tacto adolescente y un público que la cree inmune a la celulitis. La lipoescultura irá desde la cintura hasta los tobillos, tensando la piel vaciada hasta dejarla como un pandero. Los pellejos sobrantes se recortarán, yendo a la incineradora. Los crematorios de las clínicas estéticas huelen a Chanel. 

 

Permítame decirle que estuvo espléndida en “Cuerpo del delito”. 

—Claro -dice ella sin modestia- esa película la rodé justo después de mi primer retoque.

El anestesista sabe que debe inyectarle doble ración de sedantes porque es puro nervio. La última vez casi se vio obligado a cantarle una nana para dormirla. Cuente hacia atrás empezando por diez.

La actriz zurda pronunciará “nueve, ocho…” antes de hacer mutis y quedarse en el foro.

 

Han pasado dos semanas y vuelve a que le quiten los puntos. Es un trabajo minucioso pues son casi imperceptibles. El cirujano aprendió a zurcir de su abuela, una costurera ducha en hacer dobladillos con puntada invisible, secreto que ignoran sus colegas y que él nunca revelará.

La enfermera sigue con su impoluta bata blanca, se le suponen, igual que al soldado el valor, la posesión de varias mudas. La paciente luce un vestido boho, ideal para estas coyunturas, que se levanta hasta los sobacos yermos por el láser.

  —Y dígame, ¿sabe usted sí la señora X ha pasado por aquí?

  —No puedo contestarle a eso por la ley de protección de datos.

  —Mujer, yo creía que entre nosotras había confianza. Es que, mire qué estupenda luce en bikini ¡siendo MUCHO MAYOR que yo!

La de blanco mira el móvil que le tiende y sentencia “eso es photoshop”.

Enverdece la cara de la actriz y da un respingo al sentir un pellizco de las pinzas. Su marido, que la acompaña en el trance, pide ver las fotos exclamando con golosinería infantil: 

“¡Vaya curvas para estrellarse!”

El exabrupto de su esposo le dan ganas de abofetearlo. El que la soba mostrándole de broma las mollas que la deforman aquí y aquí. El yonqui que pesa sesenta kilos porque se alimenta de pirulas y whisky, pero que a ella le raciona la comida desde que se hiciera su agente, se ha descubierto en traición. 

Ella jura encaramarse al taburete del primer bar que vea en cuanto salga y pedir una pirámide de croquetas. Hace años que no las come, quitando alguna que roba de los buffets y traga sin masticar para que él no la pille en falta. Hay noches que las sueña dispuestas en fila. Tienen piernas y brazos con los que se enlazan como chicas de revista desfilando por una pasarela que termina siendo un trampolín. Desde allí se van tirando con la gracia de Esther Williams en “Escuela de sirenas” a una piscina llena de aceite dorado y chisporreante. Emergen lacadas en oro, seductoras. Las imagina crujiendo entre sus dientes, derritiéndose en su boca. A esas alturas suele despertarse con las mejillas y la almohada empapadas.

Tras el festín buscará al abogado más fiero para que inicie los trámites de divorcio. No debe olvidar tampoco dar la contraorden a la sastra para que no achique los trajes.

¡Pobre mujer, siendo zurda le ha tocado un maromo sin mano izquierda! chamulla para sí la enfermera, pero las miradas femeninas se entrecruzan y sabe, por cómo chispean los ojos que acaban de abrirse, que no pisará más la clínica.

D. W



domingo, 6 de marzo de 2022

AQUÍ NO HAY ESTRELLAS

 AQUÍ NO HAY ESTRELLAS 

                                                                      (I)

Él ocupa el asiento más cercano al conducto renovador de aire. Ella se acurruca al otro extremo del sofá, casi sobre el brazo. Solo la luz del plasma ilumina los rostros. El hombre zapea, maldiciendo porque las antenas todavía son incapaces de captar los programas de su gusto. Claudica con un documental sobre naturaleza. Las imágenes, gracias a la avanzada tecnología de cuarta dimensión, son tan vívidas que impregnan el ambiente del añorado aroma a lluvia, transmitiendo la humedad ardorosa de la extinta selva. Ella se levanta y frota sus pantorrillas, al echar el paso se le nota la cojera. 

  —Tráeme agua -dice brusco, y añade en tono amable- por favor.

El color azulado del líquido indica su óptimo grado de potabilidad. Llena el vaso y lo sirve en bandeja para que no estropee la mesa, único recuerdo que conserva de su hogar terrestre. A pesar de la pequeñez del habitáculo tarda demasiado en la maniobra, y eso que su pierna lastra menos gracias a la gravedad más liviana que le permite prescindir de la muleta.

Él bebe y desliza el vaso sobre la superficie taraceada, mojándola. Se oye cómo la madera oscurece. La mujer traga un suspiro y retira ambas cosas, pasando la manga con disimulo para enjugar el cerco. El hombre pone los pies, calzados aún con los coturnos emplomados, encima del tablero, arrancándole crujidos de huesos rotos.

 

                                                                       (II)

De entre todos los cachorros de la camada el muchacho elige al nacido con dos patas. ¡Qué buen corazón! le alaba su madre. Pero es porque sabe que ese animal incompleto preferirá tenderse a sus pies antes que escaparse tras las hembras. 

De mayor sueña con poseer la belleza imperfecta, aquella que no sea apetecible para otros. Para conseguirlo solo debe quebrarla después de ganar su amor creándole la ilusión de vivir en eterna primavera. Cuando aperciba que el invierno está dentro de él, será tarde. Luego no costará convencerla de qué los dos forman un universo perfecto donde nadie más tiene cabida.

El día más luminoso, de sol unigénito, es el escogido para la transformación. Dispone la escena con el mismo temple con que aquella tarde cegó al canario para que la tristeza acrecentara los matices de su canto. Ella, indefensa por la confianza, sólo ve por sus ojos. Él no duda en encarnar el papel de amante ofendido y reprocharle la falta inventada bien envuelta en celofán:

   —¿Que le miras a ese?

  —¿A ese quién?

  —¡No me tomes por tonto!

Desde el suelo, a contraluz, ella nota la sombra masculina colonizando su cuerpo, como un ácido derramado que corroe sus alas de mariposa sorprendida. Las manos del hombre anidan en sus axilas, tirando de ella para comprobar el éxito de su anhelo. Ahora lo amará tanto como lo quiso su primer perro.

  —Esos tacones desorbitados tienen la culpa, sabes que yo jamás te haría daño - El tono es igual que si regañara a una niña. Lo suaviza para consolarla: no te preocupes, yo siempre cuidaré de ti.

Antes de perder el sentido se ve a sí misma traspasada por alfileres, sujeta a un tablero tapizado de fieltro, tras un cristal.

 

 

                                                                        (III)

El plasma sigue emitiendo mientras él ronca. Ahora reponen por milésima vez el documental de la llegada de los primeros habitantes a este maldito secarral. Sabe de memoria el minutaje, el segundo exacto en que los enfocan. Todos los colonos están de espaldas e indistinguibles dentro de los trajes para actividades extravehiculares, pero ella se reconoce por su vaivén asincrónico. Los micrófonos no recogieron lo que el hombre deslizó en su oído a través del intercomunicador: aquí seremos felices, sin nadie que nos distraiga al uno del otro.

Descorre las cortinas y eleva las persianas. Los ventanáculos son estancos, la ventilación la proporciona la bomba de electrólisis. El hidrógeno se arroja al espacio quedando el oxígeno, un oxígeno que huele a mohopero lo bastante respirable. Este a su vez también se recicla, el agua que beben no es más su aliento descondensado. A veces se escapan gotas que crecen y rebotan contra el techo, recordando a las canicas. Si tuvieran un gato jugaría con ellas, pero no hay espacio para mascotas en este remedo de vida espacial.

Los tres soles nunca se apagan, rojizo, ambarino y glauco. Son astros inamovibles situados en vertical, como un semáforo. Vivir en perpetua claridad es todo un ahorro energético. Aunque no se vean jamás las estrellas. Aun cuando para dormir necesite somníferos y escudarse tras la cubierta de cristal nanotécnico, que a ella le parece un sudario, una paletada más de tierra cada día sobre su féretro.

Rendida por un peso para el que no fue hecha, la mesa también ha empezado a renquear. En esta colonia inhóspita no hay carpinteros. No hay casi nadie.

Nuevo planeta, nueva vida, había dicho él. 

En su boca, la palabra vida huele a burla.

D. W



LES ESCUECE

  LES ESCUECE El reloj me dice que son las cuatro y veinte de la madrugada. Llovizna con timidez  en Madrid, oigo las gotas quebrase contra ...