sábado, 19 de marzo de 2022

PADRES DE ESPUMA Y LUZ

 PADRES DE ESPUMA Y LUZ

 

Tu padre se afeitaba cada sábado, en el patio y antes del desayuno para evitar cortes de digestión, cuando aún la luz no se emberrechinaba coloreando de amarillo las plantas. El resquebrajado espejo colgado de la rama del chilindro guiaba la navaja por la orografía de su rostro. 

Sentada en el banquito que te hizo con una caja de naranjas, gustabas de observar cada uno de sus gestos. 

Primero roneaba a mamá con voz zalamera: “Nena, caliéntame un poco de agua”. Ella encendía los quemadores que tanto esfuerzo costaba mantener dorados a base de asperón y matagallo, pariendo llamas azuladas. Cuando el agua hervía la llevaba con mucho cuidado hasta dónde estabais, volcándola en una palangana casi de juguete, blanca, algo desportillada por los bordes fileteados de azul. No dejaba que hicieras está tarea por miedo a que te quemaras.

Tu padre mojaba un paño blanco y lo extendía de oreja a oreja, dejando libres boca y nariz “mira, nena, me van a sacar una muela” bromeaba siempre dejando ver una sonrisa sin huecos, de hombre joven y sano. No te sorprendía que os llamara “nena” a ti y a mamá porque erais un triángulo perfecto, una santísima Trinidad equilátera.

Cuando el paño empezaba a enfriarse era seña de que la barba, que nunca llegó a serlo en propiedad más que en incipiencia, se había ablandado. Entonces introducía en la jofainilla la barra de jabón, frotándola con una brocha corta y gruesa, de pelos tan apretados como tu trenza y tan suave como el cabo de esta. “Cuando se quede pelona la brocha, me afeitaré con tu pelo” amenazaba risueño, y reías embadurnándote la trenza en la espuma arrancada a base de cosquillas, pasándola por tus mofletes para ser como papá. 

“Las niñas no se afeitan, bueno, algunas mujeres si deberían” -bajaba la voz para añadir- como la tita Antolina, que tiene bigote- y ante tus carcajadas suplicaba con voz envuelta en gabardina de agente secreto “pero no se lo digas ni a ella ni a mamá”.

Enjabonado parecía el rey Melchor, tu favorito, solo qué en camiseta de tirantes, aunque revestido por la toalla que reposaba en su hombro, receptora de la navaja pringosa de espuma y pelillos, dejándola brillante tras cada frote, lista para repetir la operación.  

A veces, uno o dos vecinos coincidían en el patio para lo mismo y charlaban mientras el espejo unigénito quedaba libre. Así aprendiste que los hombres hablan distinto si están entre ellos o hay una mujer presente. En corrillo, las mamás también se pronunciaban de forma extraña. Todo era misterioso en el mundo de los adultos, pero lo que más, el que las conversaciones masculinas y femeninas fueran como agua y aceite, condenadas a no mezclarse. De haber chiquillos presentes la cosa se oscurecía más aún, pues o se expresaban como si fueseis tontos o con frases estúpidas “hay ropa tendida, fulanita está pá mojar pan”.

Ya bien rasurado, te mandaba a por el tónico. Ibas corriendo, traspasabas casi sin pisar las baldosas del patio, salvando el escalón que lo separaba de la sala de una zancada, según tu madre, impropia de una muchachita bien criada. Llegando a la alcoba te ayudabas para tu fin empinándote en el faldón de la coqueta de tres lunas hasta llegar al tarro de colonia con ínfulas de coñac, de olor muy distinto al de limón y jazmín que usabais vosotras. 

Para la vuelta no corrías, haciendo acopio de toda tu paciencia, como cuando te tocaba llevar las vinajeras de misa, bizqueando por tener un ojo en ellas y otro en el suelo para evitar derramarlas.

Entonces venía lo más divertido. Papá destapaba el frasco con ceremonia, devolviéndolo a tus manos que lo cerraban de inmediato temerosas de que escapara su poder calmante. Él pasaba el tónico del hueco de una palma a la otra, golpeando sus mejillas enrojecidas, dando más saltos que un canguro, exagerando la sensación de escozor para disfrutar de nuevo de tu risa y soltando la cantinela que sabías de memoria “¡mecagoendiezcomopica!” 

Aupándote en brazos, después de lanzar la toalla al suelo, pedía que comprobaras el resultado pasando el dedo índice por el contorno de su cara “ya no me parezco a tita Antolina” y añadíais los dos al unísono entre carcajadas “pero no se lo digas ni a ella ni a mamá”.

Recogíais los bártulos, tirando al sumidero el agua. La espuma se estancaba en el arabesco de hierro como el vestigio de una nevada, encaminándoos felices a la umbrosa vivienda mientras otro vecino reconquistaba el espejo.

 

Tu madre siempre dejaba caer la misma queja: “la estas criando como a un marimacho”. Tu padre, sin desairarla, afirmaba: “mi niña será médico o practicanta, lo menos”. Ella os miraba con desaprobación “eso, tú métele pájaros en la cabeza”. Ahora sabes que se lamentaba de que hubieras nacido hembra, culpándose de ser incapaz de darle hijos varones para que en ellos viera cumplidos su sueño de ser Alguien. Creía que por falta de otras perspectivas te trataba con esa impropia camaradería entre sexos, educándote como un chicazo. Y tenía tanto miedo de que salieras hombruna como de su futura desilusión al ver que te fueras inclinando por las funciones propias de tu género.

Sí te dabas cuenta de que no era como los demás hombres, que se iban a la partida de dominó en vez de ayudar en las labores de la casa. Tu madre penaba, porque esta faceta suscitaba chismes de poca virilidad sobre todo por no tener más hijos, aunque ella procuraba hacer hincapié en que “el defecto” era suyo, para salvaguardar la reputación de su esposo.

 

Tu padre, después de afeitarse, se acercaba a tu madre haciendo carantoñas. “Hoy estoy suavito, nena” y ella sonreía. “¡Qué chaladuras hacen los mayores!” te decías. Los observabas besarse usando el truco de arrinconar las pupilas en el rabillo del ojo, aunque pronto te ensimismabas en el libro de Naturaleza que te compró papá en un puestecillo de lance y seguías leyendo sobre el comportamiento del pingüino emperador,único animal macho que incuba en solitario el huevo para que su pingüina descanse del esfuerzo de la puesta.

D. W




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