domingo, 13 de marzo de 2022

LA MENGUAsIÓN

 LA MENGUAsIÓN

Vistas a través de la ventana parecen dos amigas hablando de sus cosas a pesar de que el entorno es de hotel lujoso pasado por asepsia; el cuarto dispone de una cama hospitalaria (en la acepción clínica del término), una estilosa chaise longue, plantas y algún cuadro en clave pastel.

Hasta para un daltónico es evidente la bata blanca de la una y el quirúrgico camisón celeste de la otra. 

  —¿Edad?

  —Treinta y nueve.

  —En su informe médico de hace tres años reza la misma.

  — Ah, pues debe ser un error. Yo sé muy bien cuando nací.

La de la bata, inmutable, sigue con la entrevista. ¿Fuma, bebe, toma drogas?

  —¡Por supuesto que no!

Esta vez la inquisidora no aparta los ojos de la del camisón hasta que esta baja los suyos y reconoce “un pitillo, alguna copa, somníferos… pues como todo el mundo”.

  —Haga el favor de firmar aquí.

Agarrando con la mano derecha el camisón para no dejar el trasero expuesto garabatea con la izquierda, pues es zurda, donde la uña pulidísima de la enfermera le indica, enrojeciendo al percatarse de que deja el bolígrafo húmedo de sudor inquieto.

A la enfermera le parece que no es grasa lo que le sobra a ese cuerpo magro sino un marido deseoso de un eterno tacto adolescente y un público que la cree inmune a la celulitis. La lipoescultura irá desde la cintura hasta los tobillos, tensando la piel vaciada hasta dejarla como un pandero. Los pellejos sobrantes se recortarán, yendo a la incineradora. Los crematorios de las clínicas estéticas huelen a Chanel. 

 

Permítame decirle que estuvo espléndida en “Cuerpo del delito”. 

—Claro -dice ella sin modestia- esa película la rodé justo después de mi primer retoque.

El anestesista sabe que debe inyectarle doble ración de sedantes porque es puro nervio. La última vez casi se vio obligado a cantarle una nana para dormirla. Cuente hacia atrás empezando por diez.

La actriz zurda pronunciará “nueve, ocho…” antes de hacer mutis y quedarse en el foro.

 

Han pasado dos semanas y vuelve a que le quiten los puntos. Es un trabajo minucioso pues son casi imperceptibles. El cirujano aprendió a zurcir de su abuela, una costurera ducha en hacer dobladillos con puntada invisible, secreto que ignoran sus colegas y que él nunca revelará.

La enfermera sigue con su impoluta bata blanca, se le suponen, igual que al soldado el valor, la posesión de varias mudas. La paciente luce un vestido boho, ideal para estas coyunturas, que se levanta hasta los sobacos yermos por el láser.

  —Y dígame, ¿sabe usted sí la señora X ha pasado por aquí?

  —No puedo contestarle a eso por la ley de protección de datos.

  —Mujer, yo creía que entre nosotras había confianza. Es que, mire qué estupenda luce en bikini ¡siendo MUCHO MAYOR que yo!

La de blanco mira el móvil que le tiende y sentencia “eso es photoshop”.

Enverdece la cara de la actriz y da un respingo al sentir un pellizco de las pinzas. Su marido, que la acompaña en el trance, pide ver las fotos exclamando con golosinería infantil: 

“¡Vaya curvas para estrellarse!”

El exabrupto de su esposo le dan ganas de abofetearlo. El que la soba mostrándole de broma las mollas que la deforman aquí y aquí. El yonqui que pesa sesenta kilos porque se alimenta de pirulas y whisky, pero que a ella le raciona la comida desde que se hiciera su agente, se ha descubierto en traición. 

Ella jura encaramarse al taburete del primer bar que vea en cuanto salga y pedir una pirámide de croquetas. Hace años que no las come, quitando alguna que roba de los buffets y traga sin masticar para que él no la pille en falta. Hay noches que las sueña dispuestas en fila. Tienen piernas y brazos con los que se enlazan como chicas de revista desfilando por una pasarela que termina siendo un trampolín. Desde allí se van tirando con la gracia de Esther Williams en “Escuela de sirenas” a una piscina llena de aceite dorado y chisporreante. Emergen lacadas en oro, seductoras. Las imagina crujiendo entre sus dientes, derritiéndose en su boca. A esas alturas suele despertarse con las mejillas y la almohada empapadas.

Tras el festín buscará al abogado más fiero para que inicie los trámites de divorcio. No debe olvidar tampoco dar la contraorden a la sastra para que no achique los trajes.

¡Pobre mujer, siendo zurda le ha tocado un maromo sin mano izquierda! chamulla para sí la enfermera, pero las miradas femeninas se entrecruzan y sabe, por cómo chispean los ojos que acaban de abrirse, que no pisará más la clínica.

D. W



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