CUANDO LOS LIBROS VESTÍAN DE ALTA COSTURA
Cada vez que llega el día del libro pienso en mi abuelo Antonio, pues era encuadernador. Lo recuerdo manejando una gigantesca guillotina de cuchilla feroz cuyo mango alzado llegaba hasta el techo cuando se disponía a dividir las resmas. Yo lo miraba con el asombro propio de los siete años y me parecía un dios omnipotente. El olor a papel recién cortado es tan inolvidable como el del pan recién horneado. Fabricar libros entonces era pura artesanía. Mi abuelo cosía las páginas a fuertes nervios, haciendo que el libro pudiera desplegar sus alas con suavidad de paloma y se entregarse al lector con mansedumbre, evitándole mantener una lucha de pulgares para que no frunciera hacia el centro como los encolados. Eran libros de “tapa dura” entelada en color beige, crudo o azul empolvado, preciosísimos, aunque fueran manuales agropecuarios, tan bien vestidos que ningún librero tendría valor para convertirlos en pulpa, tal como se hace ahora con más de la mitad de los libros publicados que nadie compra.
El libro es un objeto delicado, fácil presa de la humedad, los insectos, el moho, el fuego, la falta de espacio y la censura, dudo que dentro de un siglo los ejemplares físicos sigan existiendo. Con suerte sus contenidos sortearán el paso del tiempo grabados en diferentes soportes, muchos inexistentes aún. Los pocos ejemplares sobrevivientes en papel serán custodiados en museos (en el mejor de los casos), eso si la censura no ha acabado con la mayoría y solo queden los sinsustancia, visto los locos que rigen hogaño este mundo cada vez más estulto y se haga valer la distópica consigna orwelliana “la ignorancia es la fuerza”.
He de confesar que desde hace unos años experimento agobio al entrar en una librería. Me enervan tantas novedades, tanta portada chillona concebida por IA. Antes también adoraba las fresas y ahora las detesto. Ni la mayoría de los libros ni ninguna de las variedades de esa fruta son ya sabrosas ni aromáticas. Hoy todos escribimos (lo cual está bien porque este menester es curativo, pero no hay baldas suficientes en las librerías que aguanten ese aluvión de publicaciones más de un mes) por eso las plataformas virtuales los ofrecen en sus escaparates de éter, con el sempiterno cinco por ciento de descuento como cebo y una sinopsis seductora llena de lugares comunes para asegurarse de que el lector medio la entienda.
Es de suponer que la abundancia bibliográfica azuce el sentido crítico, pero me temo que pocos leen sin dejarse llevar por el autor de moda o las obras generosamente galardonadas, dejando su criterio en manos ajenas: los best sellers se anuncian antes de serlo (y para llegar a serlo) en los telediarios, los premios literarios más suculentos los ganan presentadores y tertulianos, los tochos de autoayuda se venden como pastillas para la tos y cualquier folletín, eso si, con la debida carga de morbo y demagogia, amén de empatizar con el partido político gobernante de turno, tiene su serie televisiva o insufrible corto proyectado en cine pijo durante un par de días en la infaltable semana cultural de cualquier ciudad moderna que se precie. Hasta los reyes caídos en desgracia hacen caja por contar (transcritas por negros, por supuesto) sus hazañas sexuales con putas.
Yo cada vez más me refugio en los clásicos, “mi mente es un templo” y ya no tolero grasas insaturadas de mala tinta y peor sintaxis. Hay mucho bueno por leer y cada vez menos vida y seso aún potable por delante. Ahora solo me llevo a los ojos aquellos textos que considero dignos de tener una encuadernación de alta costura, como las que hacía mi abuelo.
Dela Uvedoble



