domingo, 16 de enero de 2022

MALA MANO

 MALA MANO 

 

Hace meses que no entra ni un solo cliente en mi nuevo despacho, interior y agobiante, el único que puedo pagar ahora. 

Del maldito teléfono solo salen voces de acreedores y la de mi madre que me restriega lo bien que le va a mi hermano y lo inútil que soy yo. Siempre le ha gustado que la adulen: regalos el primer domingo de mayo y otras fechas que olvido y que su otro hijo recuerda con interesada memoria.

La vida reparte cartas, no todo depende de la pericia del jugador. De una mala mano solo te salva un farol. O retirarse a tiempo.

Soy incapaz de perdonarme el error. Un muerto, uno en concreto con nombre y apellido que sale en los periódicos, pesa mucho. Sumerjo la conciencia en vasos de whisky, sin hielo para que su tintineo no delate mi temblor. La culpa, que es impertinente, llega disfrazada de cualquier cosa. Entonces, rompo a gritos y gesticulo para espantarla.

 

“Siempre has sido un engreído. Si tu clientela se evapora lo debes a tu nula diplomacia. Lo mismo te digo sobre mamá, mucho quejarte de qué si yo soy el favorito, de qué no te quiere y bla, bla, bla. Pero es que el cariño hay que ganárselo, además está el juego social del cumplimiento, eso que tú llamas hipocresía y es educación.

En vez de hacerte la víctima y lloriquear, levántate y actúa. En tu profesión la Muerte tiene nómina. Un solo fallo, aunque posea nombre y apellidos y salga en los periódicos, no es mal balance para una carrera de treinta años.

Eres muy libre de quedarte a hacerle sombra al teléfono, de emborracharte y no cambiar de camisa en días. Pero no incrimines a la vida por darte malas cartas, ni te atormentes si no has podido o sabido jugarlas.

Toma a la Culpa, súbele la falda y dale un azote”.

 

Sus sospechas eran ciertas. Esa ingravidez, el oído aguzado y la facultad de traspasar paredes le confirman que es un fantasma. Semejante estado no es desagradable; sentirse inmune a todo da mucha tranquilidad. 

Ronda a quien debió proteger su vida y ve apenado como lamenta no haber cumplido. Le gustaría consolarlo; ha intentado aparecérsele, explicarle que fue inevitable, pero confunde su presencia con “la Culpa”.

“Bien, haré la última intentona” -decide, agarrándose a un débil rayo de sol que entra por el ventanuco, coloreándolo de verde ectoplasma. Y esquivando los estériles manoteos del hombre, se le cuela por la nariz. 

D. W



viernes, 14 de enero de 2022

CAMBALACHE

  

 

CAMBALACHE 

Satisfecho, se retrepa en el sillón gustaviano aún sin restaurar. Por fin ha vendido la ofensiva reproducción modernista, esa bagatela insultante, tras años pudriéndose en el escaparate.

Con la debida ceremonia enciende un puro, recreándose en como el fuego lame el aromático cilindro, para felicitarse.

 

A ella le gusta caminar lento, acariciando el entorno con la vista. Hoy, sin embargo, corre, apretando contra el pecho un envoltorio como para evitar que se le escape, de puros nervios, el corazón.

Desprecia el ascensor y sube los escalones de tres en tres. Entra levantando el aire del piso compartido, dejando un saludo entrecortado prendido en la lámpara del techo, eclipsándose de inmediato en el universo de su cuarto. 

   —¿Te pasa algo? -inquieren las compañeras.

   —No, todo bien.

Las muchachas, acostumbradas a las rarezas de una estudiante de Arquitectura  aficionada a lo esotérico, dan por válida la respuesta. 

Cuando desenvuelve el paquete aparece una caja de terciopelo deslucido donde yace pachón un collar de granates engarzados a la moda de hace un siglo. Ella se desprende trabajosamente del jersey, la electricidad estática lo pega al cuerpo, arrojándolo de sí como piel ajena. Así, desnuda, alza los brazos y se lo abrocha tras la nuca. La epidermis lechosa resalta los colores del joyel y se estremece, no por su belleza sino de su frialdad, riendo a sorbos al recordar el rostro del ladino anticuario.

Con una horquilla, desprende de su base la piedra del pendentif central. Sobre la plata ennegrecida serpentean las grafías que convierten la bagatela de almoneda en tesoro.

Aunque no fuma prende un cigarrillo mentolado, de los que su madre se permitía saborear en las bodas, rescatado de un bolso que tuvo días mejores. Las volutas huelen a cuarto de tísico que quiere curarse.

“Va por ti, mamá. Ya puedo costear tu tratamiento”.

D. W

 


jueves, 30 de diciembre de 2021

NOCHEVIEJA-JA

 NOCHEVIEJA-JA

  —Si tuviera ganas de broma diría que se ha ido de cotillón. 

  —¡Pero, si jamas ha salido de casa! 

  —Desde luego por pulsión sexual no ha sido, Aivanjou lleva años castrado.

A Felisa y Andrés se les ha escapado su gato, un camastrón romano de ocho kilos que dormita dieciséis horas al día. Parece imposible, pero en la casa no está, la han recorrido docenas de veces haciendo crujir el envase de las galletas por las que se pirra y no aparece

  —Pues yo no voy a cenar a ninguna parte hasta que no regrese -dice Felisa-

  —Ni yo -coincide Andrés y se pone a buscar fotos de Aivanjou para hacer carteles y pegarlos en cada esquina de la urbanización. Añade que se ofrece recompensa, el dinero a veces es la única palanca que empuja a la solidaridad. 

 

Cae la noche sin novedad y los vecinos, cansados de llamar a gritos al mínimo como Marlon Brando a Estela, se retiran de la batida con la excusa de las uvas que funcionan hoy de coartada perfecta. Andrés y Felisa, en vez de meterse dentro del smoking y el vestido festivo, se acurrucan dentro de sendos chándales y calzan botas cómodas, aunque no de siete leguas. Se meten en el coche provistos de linterna, latitas, transportín, mantas y una cesta con agua y víveres. Pareciera que van de misión a Irak si no les faltase el frontal de infrarrojos, y reemprenden la búsqueda.

Van despacio, con las ventanillas abiertas por las que sale el nombre del gato como flecha que busque diana. Son las once de la noche, ambos tienen la nariz roja y la bufanda humedecida y no solo por el frio. Andrés se contiene, pero Felisa llora a moco suelto. Crió a Aivanjou a biberón cuando lo encontraron tirado cerca de un riachuelo, con el cordón umbilical aún arraigado. Para ella es su niño y no se perdona haber dejado sin echar el mosquitero de la terraza por la que debió haber salido.

  —Anda, cariño, -hoy el diminutivo rebosa ídem- vamos a comer algo que desde el desayuno no metemos nada en el cuerpo. 

Ella asiente porque se encuentra algo mareada y sin ganas saca dos envoltorios plateados. Crepita el papel de aluminio mientras alumbra los sándwiches de pavo loncheado fino. Un maullido lastimero se superpone al ruido. Es Aivanjou que sale de debajo del asiento trasero con cara de sueño y pelusas en el bigote.

  —¡Joío gato, has estado ahí todo el tiempo!

El animal salta al regazo de su ama y lame en alternancia cara y embutido. Suben las ventanillas con rapidez y entre los dos achuchan y besan al güevon como al hijo pródigo.

  —Ea, pues ya nos dio la noche.

  —Te mataría, Aivanjuecito -y volviéndose al marido le espeta: “¡no vuelvas a dejarte jamás la ventanilla del coche abierta!”

    —No, si tendré yo la culpa. -Se hace un silencio solo roto por el ronroneo del felino que se ha zampado el pavo de los dos bocatas- Ahora podríamos estar en un hotel de cinco estrellas despidiendo el año.

Felisa le da un beso y rememora: “¿te acuerdas de nuestra primera Nochevieja juntos? también la pasamos en un coche, el mío de soltera. No tenías dinero para invitarme a un hotel y no consentiste que lo pagara yo. Nos tomamos las uvas y después saltamos de un año a otro mientras hacíamos el amor y malabarismos en los sillones de atrás.

A él se le humedecen otra vez los ojos, se los seca de un mangotazo y conduce hasta una gasolinera. Allí saca de una máquina expendedora dos paquetitos de frutos secos y vuelve al coche. 

Siguen por el móvil la retransmisión de las campanadas en una cadena en la que no sale la muchacha sin bragas para que Felisa no se ponga celosa y se toman por cada golpe de reloj un kiko, una avellana o una pasa. Así, como los días venideros que no se sabe que regusto traerán. 

Después se van al asiento de atrás y se hacen carantoñas ante la mirada gris verdosa del gato, pero lo piensan bien y se vuelven a rematar la faena a casa, sobre el colchón multielástico especial artrosis con tiras anti- lumbalgia.

Mientras, Aivanjou se lame con fruición bajo el rabo.

D. W

 


  

 

 

sábado, 25 de diciembre de 2021

ANDE, ANDE, ANDE

 ANDE, ANDE, ANDE (Felisa y Andrés en Nochebuena)

   —Hay que ver las horas que son y aún no han traído los menús que encargué, ¿Andrés, por qué no llamas a ver qué pasa?

El invocado, ajeno a las celebraciones navideñas, se ocupa solo de lo que le manda su mujer: elegir los vinos, descorchar el champán y hacer los encargos.

   —Tendrán un follón grande con tanto reparto, pero voy a preguntar.

Cuando cuelga el teléfono está blanco como un mimo. Va hacia su mujer, que está sacando brillo a las copas, insatisfecha de como las ha dejado Sonia, su muchacha. No le sale la voz; carraspea. Al fin, vomita la frase como un extintor la espuma: “semeolvidóhacerelpedido”. Ella se gira riéndose, “anda, marido, que no son Los Santos Inocentes”.

  —Cariño -usa el apelativo escudo- no bromeo.

El trapo de hilo blanco le cede los chirridos a ella: “¡que somos trece personas, ¡trece!, ¿que les damos de comer? Ya sabía yo que el numerito traería mal fario” -lloriqueando suelta: “¿como me has hecho esto, Andrés? no te lo perdonaré en la vida!”

Él piensa que la existencia es muy larga y la memoria frágil e intenta convencerla de que ya se apañarán. Aún quedan seis horas para la cena.

   —¡Los vamos a sacar de sus casas para que cenen un picnic! 

  —La Navidad no va de trasegar cosas caras sino de reunirse y disfrutarnos.

  —¡Díselo a mi hermano y concuñados! y encima Sonia libra hoy!  

  —¡Faltaría más, Felisa!

  —No, si yo no digo nada…

Andrés va al frigorífico y lo encuentra lleno de yogures anticolesterol, paquetes de ensalada que se aburren y un sinnúmero de botellas enfriándose. Recuenta las conservas y descubre en la despensa una talega llena de pan duro. Felisa exclama: 

  —¡Vaya, no eres tú el único despistado! -mira con intención (mala) al marido- Sonia se lo lleva para sus gallinas.

  —Su distracción será nuestro primero. Prepararé lo que comíamos en mi casa en estas fechas.

La mujer cree que le va a dar una apoplejía, desplomándose en el taburete de picar papas. “Me voy a llegar a la tienda de Manolo” y dejándola en shock, Andrés se mete en el abrigo y en el coche. Vivir en una bucólica urbanización a cincuenta kilómetros del pueblecito más cercano es lo que tiene.

 

Mientras, Felisa se toma siete valerianas y llama a su cuñada, contándole la desgracia y que no espere ninguna floritura para conmemorar el nacimiento del Señor. 

 

Los invitados se encuentran con un aperitivo clásico a base de aceitunas, queso con membrillo, almendras fritas, embutidos y conchitas de ensaladilla rusa con regañás. Felisa se muere de la vergüenza, pero nadie se queja y pican relamiéndose.

Los maimones, esas sopas de ajo tan malagueñas, son un descubrimiento. Todos felicitan al cocinero que ha expiado su falta pasando la tarde en la cocina. Le aplauden como a un estrello Michelin por las papas fritas con huevos rotos, más sabrosos que los de Lucio, el célebre mesonero por cuyos ídem suspira hasta el rey. Jamás hasta ahora esos platos de La Cartuja, que costaron tres sueldos, habían sido acariciados con el rebañeo.

De postre ha dispuesto unas rodajas de piña espolvoreadas con azúcar y moscatel y unas rosquillas hechas por la mujer del tendero.

Los sobrinos disfrutan descubriendo los sabores de la exótica cena. Es la primera Nochebuena que no apechugan con canapés desbaratados, langosta chiclosa u otras viandas globalizadas que llegan en bandejas de aluminio.

 

Cuando los convidados se despiden dejan al matrimonio poniendo lavavajillas. Hay sartenes y ollas de las que Felisa no conocía la existencia. 

  —Ves, mujer, como todo tiene arreglo, además podríamos donar el dinero ahorrado en los menús al “Comedor Solidario”.

  —¡Ande, ande, ande usted, Charrán! me parece muy bien, pero que te conste que nunca olvidaré este bendito olvido -y le alborota el pelo rojizo- perdóneme el Niño Jesús la redundancia. 

D. W



 

 

 

 

 

 

 

 

  

sábado, 18 de diciembre de 2021

DESGRANANDO

 DESGRANANDO 

Hinco la uña en el costado de la vaina, rajándola, y se desangra en verde. Los chícharos hacen un ruido blando al caer a la fuente, naranja y brillante, que los despersonaliza, convirtiendo su individualidad en hueste. 

Hago estos menudeos de cocina frente al televisor. Pongo la cadena al azar. Es solo para no olvidar de la forma en que florecen las palabras en las bocas.

Mis ventanas son teles en pausa, a veces las cruza un perro o un hombre, pero raudos, no igual que una mosca que se para en la pantalla, se idiotiza con sus colores o su calor y acaba defecando sobre ella. Parece mentira que tenga todavía capacidad de horrorizarme, imposible digerir la leche agria, la mala leche que se ha vuelto una constante. 

Acaramelo cebollas y le añado la legumbre, emborrachándolas con Oporto. 

Entramos en ebullición la menestra y yo, con la diferencia de que ella no puede (los chícharos no pueden) evitar que los escalden, pero yo tengo el mando y escojo cuando retirarme del fuego.

Aparto ya el guiso. Que nadie me diga que debí alargar el tiempo de cocción.

D. W

 *Escoger cuando parar es un derecho.



viernes, 17 de diciembre de 2021

ÉXODO

 ÉXODO

  -DÍA INTERNACIONAL DEL MIGRANTE, 18 DE DICIEMBRE-

 

La llave de hierro, rotunda e histriónica, resultaba incongruente como adorno del moderno recibidor, decorado por el mejor de los interioristas: mi padre.     

Cada tres años se renovaban las pinturas y los muebles de la casa, pero la llave permanecía en el mismo lugar, venerada como un amuleto protector. 

El día de mi decimosegundo cumpleaños papá vino a mi cuarto mientras mamá ordenaba el desbarajuste de vasos sucios y velas frías. Desde que era pequeña, cuando me leía cuentos, no se sentaba en el filo de mi cama.

   —Ya eres mayor -dijo mirando tan al fondo de mis ojos que me sentí transparente- es hora de que conozcas la historia - y tomándome de las manos, comenzó a contarme:

                         

                     “Hace muchos siglos nuestros antepasados vivían en una tierra pródiga. Se dedicaban honradamente al comercio y Dios premiaba su buena disposición concediéndoles riqueza. Poseían hermosas viviendas con zaguán y patio donde ni pozo faltaba y no dejaban de cantar en verano grillos y chicharras. Pero vinieron tiempos oscuros y hubieron de abandonarlas. El viaje hacia lares lejanos hizo imposible llevarse más que lo indispensable. Lloraban las mujeres por dejar sus arriates floridos, la vajilla de loza, el arca donde dormían los ricos paños que lucían en las fiestas. 

Tristes, cargando con unos pocos hatillos, aún tuvieron el coraje de cerrar la puerta de entrada con llave. La mujer más anciana de cada grupo la guardó como la posesión más preciosa, a sabiendas de que nada más volvieran la esquina entrarían los usurpadores a disfrutar de lo que con tanta laboriosidad habían amasado.

Tragándose la hiel, emprendieron el éxodo cantando y diciéndoles a los niños que pronto regresarían, debiendo procurar no perder la llave. Les consolaba depositar en un sólido trozo de hierro moldeado en yunque, la esperanza de tener un lugar al que llamar suyo.

 

Pasaron lunas, soles y lluvias que disolvieron la amargura. Las nuevas generaciones se asentaron en otros países formando allí sus hogares.

Cuando volvieron a soplar los vientos de guerra no podían creerlo. Las familias, que se habían divergido en árboles con muchas ramas, sufrieron una injusta tala siendo quemadas y convertidas en cenizas, que se posaban aún palpitantes sobre los hombros de sus verdugos. 

Aquella infamia también pasó.

Tu abuela, que había ocultado la llave en el jardín de la escuela donde fue maestra, volvió por ella en cuanto pudo, desenterrándola con el mismo respeto que si fueran los restos de los mártires. A través de sus manos me llegó. Hoy me corresponde entregártela. El día en que mamá y yo partamos quiero que la pongas en tu hogar, bien visible, para que no olvides que siempre has de tener esperanza. Sin ella el futuro se hace imposible y el presente, insoportable”.

 

Aun transcurridos cuarenta años, no he olvidado esas palabras. 

 

Voy doblando y guardando en cajas los recuerdos. Deshago con facilidad la casa porque mis padres sabían que el hogar está en cualquier sitio donde una familia pueda vivir en paz, por eso no acumularon objetos. “En estos tiempos hasta el más frugal tiene dos pares de zapatos” solían decir riendo.

Los de la mudanza transportarán a mi apartamento lo que quiero conservar, del resto, incluida la venta del inmueble, me corresponde un pequeño porcentaje. El grueso irá a una ONG de Ayuda a Refugiados.

 Así lo quisieron mis padres y yo también.

 

Descuelgo la llave. A ella me la llevaré en brazos, cerca del corazón.

D. W




domingo, 12 de diciembre de 2021

ANTIPOEMA DECEMBRINO

  ANTIPOEMA DECEMBRINO

 

Al último mes lo mastico como pan seco,  

me conmueven los ojos-pétalos de una Santa

que no el buche del homónimo.

 

Noche de paz solo en algunos cuartos, 

menguante es la vida como la luna.

Las mesas se llenan de ausencias 

suavizadas por las tronas y el seno que alimenta 

la existencia renovada.

 

Otro diciembre, otra luz, otro año

saldrá del sueño la guirnalda y será Bella Despertada.

La mula y el buey, estériles por error o sabiduría de Natura,

calentarán al niño

que nace en un pesebre por mor de un viaje intempestivo 

y una madre sabedora de parir a un Agnus Dei.

 

Tres semanas de indigestión y luces que desbarran,

ya veremos cómo se paga

el recibo eléctrico en enero

y se cabe en el surtido de ropa 

encargada con la talla del Black Friday.

 

D. W



MALA MANO

  MALA MANO    Hace meses que no entra ni un solo cliente en mi nuevo despacho, interior y agobiante, el único que puedo pagar ahora.  Del m...