jueves, 30 de abril de 2020

INDIGNANTE

INDIGNANTE 
Me indigno al oír que caza y tauromaquia se permitirán en la desescalada al considerarse “deporte” y “arte” respectivamente.
Duele pensar que existan semejantes que disfruten descerrajándole la cabeza a un animal; acudiendo al campo después del desayuno con carajillo, montados en pseudo tanques que manejan igual que la escopeta.
No contentos con matar envenenan la tierra con plomo.
Solo sus barrigas son más gordas que su ego, a veces hasta se matan entre sí, o se les escapa una bala a la cabeza de un niño.
Ensucian la palabra deportista comparándose con ellos, lo digo  porque vivo con uno que lo es de verdad y la única sangre que lo mancha es la de las lesiones propias de su actividad.
El albero seguirá profanándose con matanzas, eso sí, los taurinos tendrán espacio para moverse en los tendidos pues deben respetar, si es que saben el significado, la distancia de nueve metros cuadrados.
Su lobby tiene parné para sufragarlo aún así ya han pedido y se les van a conceder ayudas. Otra vergüenza nacional que perdura por muy de izquierda y progresista que diga ser el gobierno; quien subvenciona también empuña el estoque. 
Me indigna que ese dinero no vaya para la cultura verdadera, teatros, cine, conciertos... pero claro, no se pueden comparar estas chorradas con torturar a un toro.
Y mucho menos a que tales partidas se destinen a cosas fútiles como Sanidad, Educación o fines Sociales. 
Me asquea tanta indignidad; este paletismo encastrado me subleva como Animalista y Humana.
Me indigna que lo indigno sea su delicia.
D. W.     (J 30A 2020). 




martes, 28 de abril de 2020

BENDITAS LETRAS

  BENDITAS LETRAS 
Una tarde de hace medio siglo mi abuela me enseñó a leer. Veía apenada que siempre llegaba del colegio llorando; adaptarme al molde escolar quebraba mis huesos.
Después de comer y recoger la mesa nos pusimos con la cartilla, guiándome el dedo sobre las letras mientras las iba pronunciando. 
Luego me trajo cuentos que habían sido de mi madre y me leyó uno. 
Cuando terminó le pedí otro y me lo negó.
  —Aprende a leer pá no dependé de nadie y que no te engañen.
Recuerdo que seguimos hasta que tuvimos que encender el flexo. (Dónde iría a parar esa luz concentrada con cuello de jirafa dócil?)
No miento si digo que al tercer día fui capaz de leer y comprender lo leído, yendo al colegio más entusiasmada que Champollion con la piedra Rosetta. 
Cuando la señorita Encarnación me llamó a la palestra se quedó asombrada. Incluso me cambió la página que me tocaba pensando que la había memorizado. 
  —Vaya, W, hoy no estás tan lerda. Espero que sigas así, aprovechando mis lecciones.
  —Me ha enseñáo mi abuelita con loz cuentoz  donde aprendió mi mamá.
Estrelló por sorpresa sus nudillos en mi frente de cinco años, sacándome lágrimas, arrebatándome el triunfo.
  —W, corrige ese acento. Ya que sabes leer no hables como una pueblerina. Puedes sentarte dos filas más cerca de la pizarra, has salido del pelotón de los torpes.
Me fui, sorbiéndome los mocos, a mi nuevo sitio entre las risas de mis compañeras. Una niña rubia a la que peinaban con tirabuzones, anacrónicos ya en aquel entonces, me recibió soplando la lengua entre los dientes.
  —¡Zzzzzz!

Con los años suavicé el ceceo pero jamás perdí mi deje. Soy andaluza, reconocible en cualquier lugar por mi habla, los acentos de cada tierra son patrimonio de la misma y preciada  herencia.
Tanto la señorita añosa como las monjas eran creyentes acérrimas de que la letra con sangre entra. Mi abuela usó el señuelo de mostrarme el paraíso que se encuentra en ellas. Y su poder.
Bendita sea.
D. W. 
*Este relato fue publicado por la revista “El Observador” el viernes 24 de abril de 2020). 


LLUVIAS MIL

LLUVIAS MIL
Este año, aunque cabrón, cumplimenta los refranes. Para que hermosee mayo fue abril pródigo en aguas, transparente esencia de la vida que a los urbanitas nos fastidia un tanto.
El encierro ha librado a muchos de llegar al trabajo como el pescao del chiste que “bá calao” pero en las casas brotan humedades y goteras y no se puede llamar a un albañil que las restañe.
Tenía yo cierta vecina descuidada que un día me mostró los destrozos de una tormenta descargada semanas atrás.
_”¡Mira, hasta los cajones se me llenaron de agua!”, dijo tirando de uno que salió como la bandeja del “baño María”.  
En él flotaban los wonderbras adornados ya por algún moho. No vi coquinas en las bragas por ser especie desgraciadamente extinta.
_”No lo he vaciado para que lo vea el del seguro”, dijo. 
Yo pensé, “ni que fuese a venir Santo Tomás, hija” pero callé, cuando voy puesta de valeriana soy muy prudente.
Desde entonces me refiero a ella como “la Sirenita”.
A mi una vez se me cayó el falso techo de la cocina ablandado por las lluvias. A la lumbre tenía unas papas con habichuelas verdes enriquecidas con lascas de escayola. A falta de casco entré para apagar el gas con un cojín del sofá en la cabeza.
Los del seguro me creyeron aún llegando un mes después. La cocina, seca ya aunque con techo de estalactitas, me respaldó.
Ahora, en medio de una pandemia es misión imposible encontrar un manitas. Por eso buscó Dios a su hijo un padre putativo carpintero.
Benditos los bricoladores, de ellos será las llaves de Allen. 
D. W. 


domingo, 26 de abril de 2020

LAS EDADES DE LA LUZ

LAS EDADES DE LA LUZ
Iluminada por la lámpara de alabastro tanto aparento quince años como ciento veinte. Reflejadas en el espejo ligero de azogue mis ojeras pueden ser de desamor o de hastío. 
De noche, envuelta en la verde oscuridad, me muevo por la casa enmudecida como una india blanca por la selva. Ningún obstáculo le es ajeno a mis pies desnudos pues conocen cada pata de silla o juguete de perro que puedan hallar en el camino.
Extraigo mis ojos de su funda para descifrar los arcanos que esconden esos gruesos abanicos que llaman libros, tanto aplacan los ardores de juventud como avivan las ascuas de la vejez.
Escribo como médium mecánica sobre el pergamino robotizado hasta perder el sentido. Me despierto acurrucada en el sofá con algo de frío, el liviano pijama se pensó para la cama no para una soirée solitaria y sin champán.
Subo a la alcoba y me duermo acompasada por las respiraciones de los míos. 
Aún es noche cuando vuelvo a despertar, que esperan las frases arrugadas a ser planchadas. Me pongo a ello modulando la luz eléctrica tras la pantalla plisada. 
Cuando alzo la vista lo que me rodea vuelve a tener vida, penetran los haces septillizos fecundando los colores y nacen los verdes, azules y amarillos aunque bajo la tibieza que aún los hace delicados.
Es mi habitación un ascua bendita por el primer sol de la mañana. Miro alrededor felicitándome de estar viva y poder contarlo.
Muy triste sería morir al alba cuando todo lo demás florece. 
D. W.   (“Lo cotidiano”). 


sábado, 25 de abril de 2020

VÍSPERA

VÍSPERA 
Sé que la chiquillería no dormirá mucho esta noche, si acaso cerrarán muy fuerte los ojos y desearán que las horas vuelen.
Mañana las camas grandes serán asaltadas por piratas ansiosos por desembarcar en la isla avistada después de meses en alta mar. Presumo que los desayunos quedarán postergados. 
Volveré a oír la algarabía de los niños, siempre me han parecido como dice Antonio Gala “bandada de pajarillos”. Vivo cerca de un colegio y su falta fue lo que noté primero.
Perdieron lo que hasta entonces hasta el crio más humilde tenía, la calle, el patio del recreo, el jardincinto de juegos... 
Los imagino mansos aunque nerviosos de la mano de papá, mamá o el adulto que los cuide. Estrenando las calles, inaugurándolas, bendiciéndolas con sus risas.
Recordarán cuando sean mayores este duro trance, les servirá para apreciar que lo más modesto es también lo más importante.
Este domingo lo será de verdad, bien retinto de rojo en el calendario.
Ellos empiezan el futuro valorando lo que es la libertad responsable.
Buenos ciudadanos tomarán el relevo. 
D. W.   (S 25A 2020). 

TITA CONCHA

TITA CONCHA  (1960)
Nadie la vio jamás de trapillo, siempre correcta de la cabeza a los pies. Prueba de ello da una anécdota familiar que cuenta como al ponerse de parto una de sus sobrinas estando solas las dos, no arrancaron al hospital hasta que no calzó sus mitones y el sombrero, por más que la parturienta diera alaridos de fiera.
“Lo primero es lo primero” dicen que dijo, “no voy a salir a la calle echando faltas”.
A caballo entre dos provincias desde que enviudara siempre viajaba con dos baúles, tres maletas y dos bolsos. Lo indispensable para pasar un mes. 
Tenía un lustroso abrigo de astracán negro que la hacía más gruesa aún de lo que era. Escalofrío da pensar la de nonatos corderos que llevaba encima. En invierno usaba manguito aún en plenos años cincuenta. 
Está claro que la trajeron al mundo equivocándose de época.
Tuvo un solo hijo . Niño de sus ojos, educado exquisitamente en los mejores colegios.
Tirando a rojo le salió a pesar de las ínfulas aristocráticas de su madre. Pensaba libremente, pedía pan y libros para el pueblo.
Murió, según le dijeron, de tifus, encerrado en una cárcel miserable.
Dejó novia que le lloró como viuda y que al cabo se rehizo.
Convirtió su habitación en un oratorio lleno de santos, altares, flores de plexiglás y puntillas, justo lo que él combatió pero así aliviaba su alma. Culpable se sentía de haber criado al niño tan suelto.
Ya muy mayor, casi ciega por la diabetes e impedida se fue a vivir con un hermano y su familia. Amontonados quedaron los santos y los recuerdos en un húmedo cuartillo de la casa.
Murió poco después y los sobrinos se repartieron como buitres los despojos. 
La buena vajilla, las colchas adamascadas, alguna alhaja. 
Nadie quiso los papeles del muerto.
Años después una sobrina preparando boda encontró su diario. Lo leyeron encontrándolo tan subversivo que decidieron esconderlo, les daba cosa quemarlo.
El noviote cuando se enteró, sin ojearlo siquiera, montó en ira y los tachó de imprudentes. En un bidón que tenían por allí los albañiles le prendió fuego. 
Quizá destruyera  a otro Hernández o un Lorca. 
Eso nunca lo sabremos. 
D. W. 
Este relato fue publicado por la revista “El Observador” el viernes 17 de abril de 2020. 


jueves, 23 de abril de 2020

CARTÓN PIEDRA

CARTÓN PIEDRA
Siendo jovencita una compañera de estudios que se casaba me invitó a conocer su casa, no sé si recordareis que hasta hace poco los novios organizaban un tour por su nidito para, la más de las veces, fardar de ajuar. 
Ella exhibía ufana cajones y armarios para enseñar la cantidad ingente de camisones, manteles y sábanas que había acumulado durante el noviazgo, el ritual se completaba recibiendo con falsa modestia las alabanzas de los visitantes. Cuando pasamos al salón, harta ya de traperío, me fui derecha al mueble oscuro que ocupaba todo un testero, con sus baldas repletas de libros.
Juro que en casa ajena no cotilleo. No fisgoneo en el armarito del baño ni en la nevera pero el papel me pierde como a los ratones así que, sin pedir permiso, alargué la mano para observar de cerca un ejemplar de las obras completas de Julio Verne.
Justo acababa yo de adquirirlas pero en una edición mucho más modesta de lo que parecía aquella, un día que iba a comprarme una falda y las vi rebajadas. Me vine sin la prenda pero cargada de historias fascinantes.
A lo que iba. De la sorpresa me sacó la carcajada de “mi amiga” cuando vio como quedaba en mis manos la carcasa de tres tomos de pega. Sentí horror semejante al de acariciar la cabeza de un bebé y que se le desprendiera. La imbécil había comprado el mueble con su atrezzo.
Me sentí avergonzada, sobre todo al oírla decir:
_”¡Jajaja, sabía que tú picarías!”.
Se me subieron los colores.
_”Los libros son nido de polvo y mi novio tiene alergia”, apostilló al ver mi cara de póker.
Esta mañana encuentro el anuncio del trampatojo de un mueble biblioteca para usar como fondo de vídeo conferencias y me recuerda la anécdota.
De necios siempre iremos bien servidos. 
D. W. 
*Deseo para todos un amable día del libro,  (X 23A 2020).


MAMÁ DELA

    MAMÁ DELA Mis brazos habían olvidado el contorno de un recién nacido, pero fue rodear a mi nieto y la memoria recuperó la medida exact...