domingo, 26 de abril de 2020

LAS EDADES DE LA LUZ

LAS EDADES DE LA LUZ
Iluminada por la lámpara de alabastro tanto aparento quince años como ciento veinte. Reflejadas en el espejo ligero de azogue mis ojeras pueden ser de desamor o de hastío. 
De noche, envuelta en la verde oscuridad, me muevo por la casa enmudecida como una india blanca por la selva. Ningún obstáculo le es ajeno a mis pies desnudos pues conocen cada pata de silla o juguete de perro que puedan hallar en el camino.
Extraigo mis ojos de su funda para descifrar los arcanos que esconden esos gruesos abanicos que llaman libros, tanto aplacan los ardores de juventud como avivan las ascuas de la vejez.
Escribo como médium mecánica sobre el pergamino robotizado hasta perder el sentido. Me despierto acurrucada en el sofá con algo de frío, el liviano pijama se pensó para la cama no para una soirée solitaria y sin champán.
Subo a la alcoba y me duermo acompasada por las respiraciones de los míos. 
Aún es noche cuando vuelvo a despertar, que esperan las frases arrugadas a ser planchadas. Me pongo a ello modulando la luz eléctrica tras la pantalla plisada. 
Cuando alzo la vista lo que me rodea vuelve a tener vida, penetran los haces septillizos fecundando los colores y nacen los verdes, azules y amarillos aunque bajo la tibieza que aún los hace delicados.
Es mi habitación un ascua bendita por el primer sol de la mañana. Miro alrededor felicitándome de estar viva y poder contarlo.
Muy triste sería morir al alba cuando todo lo demás florece. 
D. W.   (“Lo cotidiano”). 


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