miércoles, 30 de septiembre de 2020

VOLANDO

 VOLANDO 

Quien me conoce sabe de mi agnosticismo aunque me educaron en un colegio de monjas o precisamente por eso. Aún así la Biblia es una de mis lecturas recurrentes, en ella encuentro historias que reflejan todas las pasiones y vicios humanos. Hoy me viene a los dedos esta frase puesta en boca del mismo Jesús: “¿quien de vosotros, por muy malvado que sea, daría una piedra a su hijo si le pide pan?”.

Quien trae una vida al mundo se liga perennemente a ella, no cuenta si el vástago enraíza en otra parte, a la mínima que sepamos que una sola de sus hojas amarillea no hay nave espacial lo bastante rápida como para acudir a su lado. Daríamos nuestra sabia para fortalecerlo, lo que no tengamos para sanarlo.                      

El egoísta se asombra de que duele más el padecimiento del hijo que el propio pero así es, salvo para algunos desgraciados que son la excepción que confirman la regla.

Volando, volando vamos al encuentro del pichón herido porque nos salen alas; aunque no podamos abrazarlo solo el sabernos cerca nos da consuelo. No hay madre que no quiera volverlo otra vez niño chico y mecerlo en el regazo hasta dejarlo dormido, libre de fiebre.

Esa es la verdadera maldición de Eva y Adán, no el haber perdido el paraíso sino el sufrimiento por los descendientes. En un mundo irascible como este los antinatalistas probablemente lleven razón pero no saben lo que se pierden.

El exquisito sinvivir, el amor loco por alguien que te hace rezar por él aunque no creas.

D. W

*Pintura al óleo “El niño enfermo” 1660.




sábado, 26 de septiembre de 2020

GOURMETS

 GOURMETS

A la señora se le había antojado salmorejo aunque ya pasaba el mediodía y no daría tiempo a enfriarlo, pero quien paga manda y allá que se puso a aviarlo. Además quería almorzar a la una, como siempre.

Desrabó los tomates después de lavarlos y los corto a cuartos poniéndolos en un bol, luego desmenuzó dos bollos de pan, masa madre, ya duros. 

Fue a la despensa por una botella de aceite (los señores dicen AOVE), un Picual de Jaén de precio desorbitado. De un cofre de madera extrajo con mucho cuidado un elegante frasquito de vinagre de Módena, a mil euros el cuartillo. 

Añadió dos ajos de Pedroñeras, convenientemente descorazonados para quitarles bravura y sal rosa del Himalaya.

Mezcló bien con las manos (¡ay si la vieran!), para empapuzar el pan con los sabores y encontrando muy espesa la preparación le añadió un chorro de agua embotellada, muy fría.

La batidora americana modelo vintage renqueó hasta volver sabrosa mixtura los ingredientes pero tardando más de lo acostumbrado y sonando como un motocarro fundío. “Mientras más bulla tiene una... “ rezongaba la cocinera.

Al probarlo lo notó riquísimo pero rasposo al paladar, “que raro” se dijo, triturando otra vez para suavizarlo pero sin variar el resultado.

El reloj corría y bonita era la señora para contrariarla. Al guardar los carísimos ingredientes no encontró el tapón de la botella de agua así que la vertió en la jarra de murano donde viajaría hasta el mantel.

Volcó en una antigua fuente granaína el contundente mejunje  metiéndolo en la nevera y rezando para que el frío mejorara la textura.

A la una en punto estaban los señores sentados a la mesa, salpicando los cuencos de salmorejo con jamón “Joselito” y huevo de codorniz. Los vio revolver delicadamente con la cuchara, llevársela a la boca y tragar.

—Hoy te ha salido rotundo, como con más cuerpo...

—Gracias, señora,—contestó aliviada mientras servía un Verdejo de Cáceres a su justa temperatura.

Enjuagaba los platos para meterlos en el lavavajillas cuando notó algo raro entre las cuchillas de la batidora. Cuidadosamente hurgó con los dedos sacando, aterrada, medio tapón de plástico.

La otra mitad, con certeza, transitaba ya por los glamurosos intestinos de los señores Gourmets.

D. W 



jueves, 24 de septiembre de 2020

LA RIÁ (1907)

 LA RIÁ   (1907)

Ese lunes, víspera de La Merced, se presentó barruntando lluvia aunque pasó sin mojarse. Málaga se acostó dejando la ropa en los cordeles.

Hacia medianoche la Catedral tocando a rebato y las carreras de los serenos la sacó del sueño.

Los paisanos se asomaron, con la oscuridad por venda, a ventanas y balcones. Vacilantes quinqués descubrieron el desastre.

El Guadalmedina, henchido por una tormenta descargada en su parte alta, marchaba furioso desbordándose y derribando sus paredones, arrastrando vegetación, arrancando puentes.

 Antoñica despertó alertada por su madre.

—¡Niña, que hay riá!.

Los vecinos del patio habían subido aterrorizados, los fangos se habían tragado ya las escaleras.  

—¡Que noh ajogamo, rompamo er techo pa subí ar tejao!

Pusieron silla sobre mesa para salvar la altura y con navajas y uñas arrancaron las tablas hasta llegar a las tejas.

—¡Enga, darme lah mano!.

 

 Antoñica envolvió con un pañuelo a la Rubilla, guardándola en el bolsillo de su delantal, echado sobre el camisón. Cruzó las puntas por su espalda anudándolas por delante, asegurándose de que la gatilla no se saliera.

Su padre la apremiaba, el agua a media pierna.

—¡ Zube ya!.

—¿Y ostede?...¡ Zola no voy!.

La mocita temía que ninguno de los dos lograra izarse y desobedecía por el miedo a perderlos. Su padre había perdido un brazo allá en tierras Navarras, durante la última guerra carlista, a cambio de una medalla y paga escueta. Su madre padecía de epilepsia y rogaba a todo los santos para que el mal trago no le produjera un ataque.

Alguien la ciñó por detrás alzándola hasta el tejado, quedando sin alma hasta que vio a sus padres aparecer por la tronera, abrazándolos con la alegría de los náufragos al reencontrarse. 

Dentro de la oscuridad solo las voces daban norte de la tragedia, gritos espeluznantes salían de las casas más hondas. 

Antoñica se tapaba los oídos, tiritando de miedo. Entre los tejados se cruzaban angustias

—¡Fulanita , Zutanito!, ¿ahonde estaí?

—¡Aquí, aquí, gastá cuidáo!.

Sobre el cielo rabioso, tintado de claridad rojiza, se recortaban las siluetas humanas a horcajadas sobre los caballetes, asidos unos a otros, rezando y blasfemando.

Las primeras luces alumbraron el horror. La calle era un canal de agua fangosa preñado de enseres, ramas y animales hinchados, desorbitados los ojos ya sin azogue.  

Hasta el día de su muerte, ochenta años después, Antonia dejó cada noche su ropa dispuesta para vestirse a tientas. 

Atravesaba las tormentas invocando a Santa Bárbara, dibujando cruces de sal tras la puerta, desplegando la de Caravaca, perenne inquilina del gavetín de su cómoda.

Amaneció ese 24 de septiembre a merced de la desgracia. Para los vivos se abría el panorama de verse en la miseria...una vez más.. 

Días después brotaba cebada de las entrañas del barro. Volvía la vida, con impía voluntad, a abrirse paso.

D. W 


lunes, 21 de septiembre de 2020

DESAHOGO

  DESAHOGO 

Su madre la llamaba “Mimí Por qué” pues no paraba de hacer preguntas, que suerte tener una hija que a los dos años cuestionaba la vida.

Veraneaban en el cortijo de los abuelos donde al mediodía cantaban chicharras y por la noche grillos. Con su nana se dormía la preciosa Mimí Por qué.

Aunque tenía un defectillo, no había manera de que dejara su chupete ya en estado más que lamentable.

Los mayores temían que se deformara los dientes pero cada vez que se lo quitaban le daba una llantera que les encogía el corazón.

La guardesa pensaba que no era para tanto, tras parir trece hijos los dramas infantiles no le impresionaban. 

Jugaba doña Mimí Por qué con los críos de los encargados delatando ser muñequita de ciudad al sorprenderse con la presencia de gallinas y cabras. Mientras ella calzaba sandalias plateadas y vestidos de popelín los demás llevaban cangrejeras y prendas remendadas pero en eso no se fijan los chiquillos. 

O quizás sí.

Un día el llanto de Mimí soliviantó a la familia. Decía entre sollozos: “¡Encanni má quitao el pete!”, la aludida era también  acusada por sus propios hermanillos.

—Encanni, guapa, ¿donde has puesto el chupete?.

Callaba ante las promesas del trueque por caramelos, no habló ni tras los bofetones de su madre.

Voló el papá al pueblo a comprarle a Mimí Por qué un surtido chupetero pero los escupía. Quería únicamente el suyo.

Se organizaron batidas con acicate de recompensa ofrecida por abuelo chocho de nieta única pero no se encontró.

Mimí lloró tres días y dos noches y a la tercera se conformó.

A la Encanni su padre le calentó el culo con la alpargata, “no é normá que una niña grande le quite cosah a otra máh chica y menos siendo la señorita”. Los abuelos de Mimi Por qué eran generosos, les daban ropa que ya no les servía y una propinilla a los chaveas por traerles sarmientos para el brasero. “¡Que mala eres Encanni!”, concluyó su madre.

La pequeña verduga no derramó ni una lágrima. 

Pasado unos días se coló furtivamente en el corral, allí, debajo de los gallinazos y la paja sucia estaba el chupete.

Lo apretó con rabia. Corrió campo a través hasta llegar a los depósitos de agua, ayudándose con las uñas para subir la pendiente.

Estuvo largo rato sentada hasta recuperar el resuello. Luego se asomó a la inmensa cuba y lo arrojó dentro con todas sus fuerzas. 

Quedó flotando en el agua negra de sombras. 

D. W 

*Este relato fue publicado por la revista “El Observador” el viernes 18 de septiembre de 2020



domingo, 20 de septiembre de 2020

¡A GALOPE, A GALOPE!

 ¡A GALOPE, A GALOPE!

Iba para la feria agarradita de la mano de su padre; su hermano aupado en brazos pues era un cachorrón rubio que a los dos años aún no andaba ni apenas sabía hablar .

La primera palabra que dijo fue “puta”, causando gran risotada a sus mayores, “¿donde lo habrá aprendido?” decían, viviendo en un corralón.

El niño tomó por costumbre entonar cantinelas encadenando palabrotas “putacoño  putacooooñooo”... Causando embeleso a los compadres, “que grasia tiene el machote”, jaleaban.

A la niña la amenazaban con pimiento chile si las decía. “Es que tú eres grande, él es chico y no entiende”. 

La que no entendía era ella.

Ya en el Real le faltó tiempo al hombre para comprar algodón dulce y helados de máquina, de esos que la crema sale rizada. También se regalaron con bocadillos de pinchitos y media tableta de turrón.

La niña le recordó la advertencia materna de no comer chucherias porque el delfín andaba flojo de muelle pero no le echó cuentas.

— Mamá está shalá, lo que se come con gana no daña.

Ella probó sólo un poquito por sí acaso.

Llegaron al tiovivo y el mamoncillo brincaba, señalando la atracción con el dedo y chamullando “puuutaaacooñooo”, que era su manera de pedir montarse.

La chiquilla llevaba un rato oliendo a descompuesto y lo avisó.

—Papá, mira a vé si el niño se ha ensuciáo.

—Eso ya lo hará mamá cuando lleguemo a la casa, - él no pensaba hurgar tan hondo ni borracho, que eso es cosa de mujeres. 

Tomando al rorro por los sobacos lo sentó de golpe sobre el caballito. Al impacto explotó la plasta de mierda, rebosando sin mesura del pañal, escapando por los perniles del pantaloncillo y cubriendo la pulida grupa de madera con hediondo revuelto.

—¡Te lo dije, papá!, - lloriqueó la niña-.

El dueño del tiovivo se puso hecho una fiera, por más que le daba al chicate con un trapo más lo restregaba.

El caradura del padre aún tuvo la desfachatez de decir: 

—¿Que curpa tengo yo, maestro, si er caballo sa cagáo?.

D. W

*Este relato fue publicado por la revista “El Observador” el viernes 18 de septiembre de 2020



sábado, 19 de septiembre de 2020

MALA LECHE

 MALA LECHE

Había una vez un pueblo que odiaba a los gatos. Quizá esto sea exagerar, empiezo: Había una vez un pueblo cuyo Ayuntamiento odiaba a los gatos. Los calificaba de animales sucios, de transmitir enfermedades, de ser, en fin, engendros malignos surgidos del infierno para extinguir la raza humana. 

Ordenó al pregonero difundir: “los días tales se pasará por las calles “retirando” a todo felino sin dueño”. Se puede imaginar el destino de los presos, metidos en sacos serían golpeados hasta morir y después tirados al río, costumbre propia de la Edad Media.

Por vergüenza esto acaece hoy día en un pueblo de Cordoba la sultana, olvidando que cuando era mora los gatos se veneraban por ser animal predilecto del Profeta. 

El sitio se llama San Sebastián de los Ballesteros y parece querer remedar la crueldad de los que asaetearon al Santo.

Escudándose en que son un foco de infección y molestias han organizado para los días comprendidos entre el 21 y el 25 de septiembre una matanza gatuna, un exterminio, un holocausto, ¿como sí no se llama al asesinato en masa de un colectivo?. 

Su único crimen es no tener hogar ni empadronamiento, ser pobres de necesidad. Durante esos días de persecución la Muerte se paseará ufana por las calles del pueblo vestida de obrero diligente con logo municipal pegado en la espalda.

Les supongo durmiendo tranquilos pues los que carecen de conciencia no tienen problemas para conciliar el sueño. Son la gente de bien la que no pega ojo pensando en la masacre.

Al Ayuntamiento, me consta, han llegado miles de protestas y parece que está reculando aunque sea por “el que dirán en Europa”. Y la gente buena de allí, que la hay, la que ha mamado buena leche y bondad en su casa también se ha puesto en pie.

Veremos como acaba esto. Si persisten en su empeño habrán conseguido hacer este país mucho más inhóspito.

D. W

 


miércoles, 16 de septiembre de 2020

COSQUILLITAS

 COSQUILLITAS

Recibía voluptuosamente el beso del aire que entraba por la barandilla, jugueteaba entre sus muslos y refrescaba su vientre, agitando el tenue camisón de algodón que parecía seda después de tantos lavados.

Una jardinera alta impedía la visión al ocasional paseante nocturno por lo que su juego era inocente a pesar de ir sin bragas.

A ese placer añadía el del gato restregándose contra sus piernas; el cosquilleo subía por el empeine hasta la rodilla y bajaba por las corvas dejando en la piel una deliciosa  caricia como de masaje en cuero cabelludo. 

Somnolienta cerró los ojos. Parpadeó un instante y en la parda oscuridad entrevió a su único gato durmiendo profundamente a cinco metros de allí.

Sobre su empeine nacarado una cucaracha tan blanca como ella la calibraba taxativamente con sus largas antenas. 

D. W




 

 

MAMÁ DELA

    MAMÁ DELA Mis brazos habían olvidado el contorno de un recién nacido, pero fue rodear a mi nieto y la memoria recuperó la medida exact...