sábado, 30 de enero de 2021

ENERO DEL 21

 ENERO DEL 21

Nieve así en la tierra como en los aleros, los virus ganándole el pulso a Goliat, el país de la Libertad asustando a la Gran Dama Verde con soplarle la antorcha. 

Empezaste bien, Enero, riéndote de todos los que brindaron con la sortija en la copa de champán, invocando tu benevolencia.

Has prosperado, sin duda. De ser un mes anodino, con blue monday propio, mantita y brasero te has convertido en el más odiado del calendario.

Claro que no tienes culpa, eres solo el nombre que damos a un brazajo de días fríos. Te vas y el año próximo será otro enero el que te sustituya; nada vuelve excepto los recuerdos, y los que dejas merecen olvido.

Pero mira, no, mejor escribirlos que la memoria humana es frágil y nos gusta mirarnos el ombligo, distorsionarnos el rostro en la pantalla, parecer hermosos y divertidos.

Quede registrado en los libros de Historia: “enero de 2021 nos volvió adultos, situándonos frente al espejo”

D. W

*Publicado por “El Observador” el 29 de enero de 2021


Óleo de
Remedios 
Varo 




miércoles, 27 de enero de 2021

EL COLLAR INFINITO

 EL COLLAR INFINITO   (1922)

Si hasta hace dos años estaba de moda tener pechera ahora lo que se estila es un busto plano.

La vida se ha vuelto ligera, los bailes movidos y se viaja en tranvía. Sobre la planicie del vestido los modistos exigen sólo una insinuación de los senos, brotes incipientes de eterna púber aunque su clientela tenga ya quien le llame mamá.

Así lucen más los collares y abalorios que llegan hasta el ombligo, muy útiles para juguetear con ellos coquetamente. 

No son pocas las que se vendan los pechos para ir como se gasta, resulta una ordinariez la exuberancia. Eso se queda para las amas de cria y las pueblerinas.

Eugenia, como mujer nacida con el siglo XX, rabia por un collar largo. Los hay económicos pero ella lo quiere de un material noble, para distinguirse, a pesar de que las amigas le aconsejan que es más práctico tener varios baratos pues se enganchan con todo, quebrándose con facilidad.

La reina lo tiene de chatones. Dicen que don Alfonso le obsequia uno por cada amante y lo va añadiendo, siendo la largura pregonera de la infelicidad del regio matrimonio.

Por su onomástica su novio, entusiasta de la nueva silueta femenina, le regala uno de baquelita que alterna cuentas alargadas y redondas, encargado exclusivamente para ella.

Es largo como día de duelo y ninguna conocida tiene nada semejante. Se lo pondrá en dos vueltas, una como gargantilla y el resto colgando hasta más abajo de la cintura.

En la boda de su cuñada quiere estrenarlo, su prometido es de la opinión que para tal ocasión lo apropiado son perlas. Ella asiente y desobedece.

El vestido de gasa amarilla es el fondo perfecto que resalta la negrura del adorno. Con la misma tela ha mandado forrar los zapatos y una banda para el pelo. Se mira y se encuentra elegantemente modernísima.

A mediación del convite va al aseo a retocarse el carmín. La doncella que proporciona las toallas aprisiona entre el profundo canalillo un collar gemelo que hace parecer al suyo pauta de libreta. Se miran y las dos se reconocen “primas”.

El segundo plato consistía en ragout de ternera, pero el del bígamo se presenta rebosante de cuentas negras.

A Eugenia le quedó clarísimo que infinito y exclusivo puede ser cualquier cosa menos el amor. 

D. W

*Publicado en “El Observador” el 22 de enero de 2021

Óleo: James Durden (1878/1964)




 

 

 

 

 

domingo, 24 de enero de 2021

THE BEST

 THE BEST 

Era la mejor de las maestras, era la peor de las maestras. Plena de sabiduría y un punto de locura. Pero yo no supe eso hasta más tarde, mucho más tarde.

A los cinco años comprobé que la letra con sangre no entra sino que la hace repelente; aquella señorita añosa se encargó de convencerme, a base de estamparme los nudillos en la coronilla, de que yo era torpe.

Cada mañana lloraba, agarrándome a las farolas como una borracha precoz después de una noche de farra, calle a calle y desde que salía de mi casa. Gritaba que tenía sed, fingía tos y juraba por Jesusito que mil demonios bailaban en mis tripas pero mi madre, inflexible, me abandonaba en el colegio. Sin embargo, de aquel edificio señorial y decadente, adoraba el patio con una fuente por ombligo donde nadaban peces naranja, a los que regalaba la mitad del bimbollo. 

Monjas y compañeras representaban el infierno para mí. En el sesenta y nueve, España olía a rancio y las aulas también; desconcertaba la presencia de una cría melancólica. Para colmo no había dios, ni representante de él en la tierra, que metiera entre mis trenzas las grafías de las letras.

Mi tía-abuela, conmovida viéndome sufrir, decidió una tarde de octubre enseñarme a leer en viejos cuentos de Calleja. Ella había aprendido, además de casi las cuatro reglas, a coser, bordar y zurcir en una Miga del pueblo; ahí le nació la vocación pedagógica, impropia de la hija de un labrador, una fantasiosa que gastaba su jornalillo en folletines novelescos y romances de ciego.

No se casó; al morir su padre despejó el zaguán, se procuró una mesa camilla e invitó a las vecinas a que sus niñas acudieran, cada una con su silla, a iniciarse en labores de costura tan necesarias para la economía de aquellos tiempos. De paso, les enseñaba la cartilla y a contar, trocando el saber por huevos, harina o algunas monedas. En Andalucía estás fueron las “Escuela de Amigas”, nuestro particular deje o el hambre secular las dejó en “Miga”. Sus titulares no tenían título, excusen la redundancia, ni cobraban del ayuntamiento. Aun siendo inexistentes en los censos, cumplieron el cometido de alfabetizar mínimamente a la mujer en una época en la que se consideraba absurdo escolarizar a las niñas.

Mientras cosían, mi tía-abuela recitaba versos. Jamás levantó la mano a ninguna, respeto y paciencia eran la llave que abría entendederas. Quizá no conociera a Horacio pero aplicaba su método de “enseñar deleitando”.

Conmigo hizo lo mismo, aún la oigo: “Aprende, hija, que sabiendo leer, no te engañan”. Creo que ni tres días pasaron sin que supiera hacerlo.

Ya he dicho que fue la mejor de las maestras, aunque eso lo supe mucho más tarde.

Dela Uvedoble 

#MiMejorMaestro



 

viernes, 22 de enero de 2021

PERDIDA Y HALLADA

 PERDIDA Y HALLADA

No percibí su falta hasta que, necesitándola, la busqué encontrando desierto el lugar tácitamente establecido. Me desconcerté y llegué a pensar que nunca había existido, que suplía su falta con argucias.

Empecé a contar la barbaridad de veces que recurro a ella a lo largo del día, mientras me reprochaba dolorosamente su extravío.

Compungida llamé a mi hija, ella es el faro que alumbra mi ignorancia digital. 

—Nena, que no la encuentro.

—¡Ay mamá, que cambié el teclado ayer, cuando tuve que escribir en inglés aquel informe!

Respiré, no estaba yo confundida ni pre-chocha, aunque verde cual lechuga en cuestiones informáticas.

Seguí las instrucciones de mi vástaga y posé el dedo, invocando a Alan Turing.

Apareció en el teclado táctil, luciendo su virgulilla, mi Ñ añorada.

D. W

*Publicado en “El Observador” el 22 de enero de 2021




miércoles, 20 de enero de 2021

CACAO EN BUCLE

 CACAO EN BUCLE 

Esta mañana me preparé una taza de chocolate. Rarísimo pues solo lo tomo en ocasiones contadas, debo ser la única mujer en el mundo a la que el cacao no le prive. Espero que me endulce la bilis. 

Unos se chupan el dedo y otros el bote, los más nos tenemos que contentar con migas y yo ya no estoy para tragar mentiras, tralalá.

Ni don Simón, ni políticos, ni la bruja de las velas negras saben como coño saldremos de esta. La administración renquea, la vacuna va remolona y se ignoran el alcance de su efectividad y la virulencia de las nuevas cepas. 

De momento vuelven a encerrarnos encubiertamente. Cincuenta y dos días estuvo menda sin pisar la calle, ¿y de qué sirvió si otros muchos se dedicaron a romper burbujas?. Vivimos en bucle, tétrico dejavú del 2020.

Me indigna que nos impidan el DERECHO a acceder a hospitales con familiares que necesitan ser operados, ni llevando PCR + test de antígeno en mano. Sin embargo existen patentes de corso; cazadores y amantes del esquí pueden campar a sus anchas. La nieve deja pingües beneficios y si la “actividad cinegética” se suspendiera acabaríamos comidos por los conejos, como cualquier idiota sabe.

Pocos escaparemos del virus, lo veo imparable, riéndose de nos. A mi alrededor ya tengo amistades infectadas. “Despedíos de toda esperanza los que aquí entréis”, descifro en los dinteles de hospitales; se cierran las puertas y no sabes si volverás a ver, con vida o sin ella, a quien queda dentro. 

Sálvese el que pueda, quien sea alcalde o “mujer o marido de”. Curiosamente cuando se les ha llamado para inocularles “las dosis sobrantes” han llegado volando al requerimiento, no se encontraban REUNIDOS, estado vital de todo edil cuando se demanda su presencia.

Y una, en la distancia, con las manos atadas mientras abren en canal la propia carne, mendigando que alguien tenga la piedad de teleinformar, llena la oreja de prohibiciones “por el bien común”, ¡venga ya!. 

La manga es ancha solo para los que cortan el bacalao.

Y apestan a podrido de aquí a Dinamarca.

D. W



 

 

 

 

sábado, 16 de enero de 2021

LOS MANDAOS

 LOS MANDAOS 

Os voy a hablar de un tiempo en el que las calles del barrio no estaban “enlosás”, como se decía a las peatonales, y el suelo era de guijarros oscuros, amalgamados como quiso Dios que cayeran, con los cantos afilados dispuestos a hincarse en las rodillas de los que fuimos niños en esa época. Entonces todas las piernas infantiles lucían coloreadas de rojo por la mercromina, “agua colorá” para entendernos. Para los escogorciazos con resulta de chichón, una moneda de cinco duros sobre este era mano de santo. Y si el escachifolle era en otra parte del cuerpo que no fuese la cabeza, linimento Sloam, dígase “la untura er tío erbigote”, bautizado así porque lucía en el frasco a su inventor, un señor mostachudo que llegó a publicitarlo como “el matadolores bueno para el hombre y la bestia”.

A lo que iba. Las mujeres salían a “por los mandaos” todos los días porque no había nevera, en mi casa si pero daba igual. Era la única expansión exenta de darle a los maríos norte y parte de la ubicación cada vez que ponían el pie en la calle.

Charlando con las comadres siempre se olvidaba algo, “pos que se alargue la niña”.

Había tiendas a las que me pirraba ir como la verdulería de Paquita, que tenía siete gatos y todos dormitaban sobre el género. A mi no me importaba porque jugaba con ellos y dejaba pasar delante a las demás parroquianas para prolongar mi éxtasis, por esto más de una vez me quedé sin lo encargado. Siempre pensé que donde hay gatos no hay ratones y jamás percibí ese tufillo amoniacal que las vecindonas decían que exhalaba el puesto. 

La Paqui regalaba exuberantes ramos de hierbabuena y perejil, igualito que ahora que los cobran y vienen en plástico. Yo volvía del “puesto berzas” -como le decía mi abuela- llena de pelillos, cargando el oloroso pomito verde.

Años después vi en escaparates de Amsterdam gatos durmiendo sobre descomunales quesos, inmejorables guardianes de tal mercancía, y nadie les hacía ascos.

Bascas me producía un portalucho que odiaba. Allí tiraban las zanahorias, con las hojas terrosas, sobre los donuts, que venían en cajas abiertas; los despachaban pellizcándolos con los dedos después de haber estado hurgando entre las papas. El día que vi una colilla flotando en la orza de las aceitunas aliñás me negué a volver al espesito tugurio.

A la farmacia nunca fui sola que eso era cosa seria, allí no solo se proveía una de medicinas sino que el boticario, conocedor de la salud de todos los vecinos, aconsejaba sabiamente. Era un ser superior que entendía la letra del médico. Me gustaban el olor a potingue y el mostrador de madera pajiza, tallado con medallones que encerraban rostros barbudos y serpientes enroscadas en copas; lejos de atemorizarme seguía sus contornos con los dedos mientras los mayores hablaban de males y remedios. 

La madre del farmacéutico, que estaba impedida, miraba la vida detrás de la ventana escaparate; siempre con una discreta manta sobre las rodillas, una rebeca, gruesa en invierno y ligera en verano, enriquecida con un broche de oro y muy bien peinada, estufado el pelo blanco como si la cercara un nimbo. Tenía a su lado una cajita de listas celestes y blancas, colores futboleros del Málaga, donde vegetaba un pequinés, aún más viejo que ella, amoldado ya a las caricias de los niños.

Lo mejor de hacer mandaos eran las vueltas que si eran pocas podían acabar en la hucha. La mía era muy pesada y tenía llave. Tardó en llenarse pero llegó el día. “Cuando vuelvas del colegio verás en lo que se ha convertido tu ahorro”, me dijo mamá.

Corría que me las pelaba para llegar a mi casa pensando en un vestido para mi Nancy o un libro de cuentos, pero el paquete esperado ya me dio mala espina, era de la mercería de enfrente.

“Algodón 100%., hecho en Manresa” decía la etiqueta.

Era un pijama estampado, con el fondo verde manzana. “Lo he compráo crecedero, pa que te dure” apuntilló mi madre toa contenta.

De ahí pa lante...me gasté las vueltas en pipas de “Casa Blas”.

D. W

*Publicado en “El Observador” el viernes 15 de enero de 2020




 

miércoles, 13 de enero de 2021

EN EL HIPEL

EN EL HIPEL 

Confieso que he picado. Compro en los chinos como toda hija de vecino de barrio; no tengo datos de los residentes en zonas más lujosas pero intuyo que también. 

Ayer atarragaba en la cola de caja con una grandísima colchoneta y dos mordedores de hilo para mis perros. También con bandejitas cuadradas y largas para aperitivos. No estaban previstas pero cayeron. 

Delante de mí un hombre muy alto manoseaba las tentaciones inútiles que suelen rodear la caja de todo super que se precie, mayormente cosillas que engatusan a los críos y las madres compramos para no oírlos. Me dio la impresión que disimulaba.

Me asomé para ver si llevaba muchas cosas y sopesar si cambiarme de fila pero solo portaba un artículo.

El dependiente lo alzo para buscar y quitar la alarma, quedando expuesto a la vista de todos.

Se trataba de un buzo, el pijama enterizo que usan los bebés, pero en versión adulta, oriental y erótica. Una fina malla diseñada por alguna araña ebria de baijiu y cosida en quien sabe qué sótano. Nudos de hebras con agujeros estratégicos programada para durar un solo asalto.

Cutre a más no poder.

El tipo acomodó bajo el sobaco su botín camuflado en una vulgar bolsa blanca. Como regalo entre amantes es divertido aunque poniendo en contacto esos tejidos y tintes en tan íntima zona no sé yo si al final terminarán ambos rascándose.

Tal vez su compañera o compañero sea ocasional y no le merezca mayor inversión. Tinder y aparte.

De todas formas se estiró poco. No digo yo que se metiera a comprar en “La Perla”, donde las dependientas van con guantes blancos para no dañar las prendas y unas bragas cuestan la mitad de un alquiler, pero un presente amoroso se merece cierto ritual. 

No vi su cara pero advertí mientras se alejaba que tenia las piernas muy largas.

Así que el “buzo” le sentará divinamente.


D. W



MAMÁ DELA

    MAMÁ DELA Mis brazos habían olvidado el contorno de un recién nacido, pero fue rodear a mi nieto y la memoria recuperó la medida exact...