domingo, 10 de octubre de 2021

EMPEZAMOS BIEN

 EMPEZAMOS BIEN

La tarta tenía un aspecto delicioso, su cobertura de chocolate brillaba como el charol prometiendo recordar al paladar la dulzura de la infancia. 

Fue al cortarla cuando aconteció la tragedia, la pala catapultó una de las estrellas de azúcar que la adornaban al ojo de una de las salivantes dejándola temporalmente tuerta.

En urgencias la sentaron en una sala de espera atestada de manazas atravesadas por tajos al haber intentado lonchear jamón.

   —¿Y lo de usted como ha sido? -le preguntaban los demás accidentados al ver el ojo y media cabeza envueltos en un fular, a modo de pirata urbano.

   —Una esquirla de caramelo.

   —¡Ah ya, la diabetis!

   —No, mi nuera partiendo una tarta... sin mala intención, desde luego -por el tono era obvio que la mujer deseaba que le tiraran de la lengua, pero los chismosos, satisfecha la curiosidad, carraspeaban y volvían a meter el hocico en el móvil

El asunto se saldó con una pomada oftálmica y tres días como la princesa de Éboli. 

 

A la siguiente celebración se sirvieron raciones individuales, por si las aristas.

Después de comer quedóse traspuesta la ex tuerta en un cómodo orejero enfrente del aparador, roncando a gusto. Un guantazo de frío líquido arrojado al rostro la sacó del ensueño. Gritó, enfurecida, maldiciones a la nuera, acusándola de semejante segundo ultraje.

La mal mentada argumentó en su defensa que no había salido de la cocina desde que terminaran la sobremesa

    —¡Embustera! -embestía la suegra.

El hijo de sus entrañas y marido de la otra viéndose en un brete se aplicó a secarla con la toalla más mullida.

   —Madre, hueles a champán.

   —¿Encima me pones de borracha? bebí solo un sorbo. ¡Mira!, ahí está la botella, tal como la dejaste. 

Sobre el aparador yacía tumbada y abierta, flotando en el charco de su propio contenido. El corcho debió saltar por efecto del gas e impericia del sellado, regando a la marchita doña Pupas.

Aclarada la cosa pidieron los deudos que ambas mujeres se besaran. La nuera no quería y arrugaba la nariz manteniendo que ella era la insultada. La matriarca reventaba de rabia por no poder culparla, negándose a rebajarse. Al final la Pupas accedió por temor a salir perdiendo. Acercaron sus mejillas menos de lo justo, mirando al infinito y torciendo los labios para no rozarse.  Así el pobre hombre se libró de lo que casi le pasa al niño bíblico si no hubiera mediado Salomón.

Ese día se instauró en la familia una nueva tradición: celebrar los saraos en un ventorrillo.

D. W

* “El Observador” 8 de octubre 2021



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