miércoles, 6 de octubre de 2021

CUADERNILLO DE VIAJE

 CUADERNILLO DE VIAJE 

Lisboa septembrina 

 

El viajero siente que Lisboa es una ciudad detenida en el tiempo, que no en la modernidad. Conserva las casas alicatadas de azul, la generosidad de sus largos y es posible, sin que el bolsillo se resienta, tomar el mejor café del mundo que el portugués llama bica en La Brasileira, establecimiento donde Pessoa sigue saboreándolo.

 

El tranvía veintiocho cruza la urbe de este a oeste. Se ha convertido sin pretenderlo en una plataforma rodante para el turista que quiera echarle una primera ojeada desde la perspectiva de sus habitantes. Sube y baja por calles empinadas y estrechas acabando, como una parodia de la vida, en el Cementerio de Dos Prazeres.

Los placeres, nombre de la  Quinta que fue y que ahora ocupan los muertos. La gran epidemia de cólera en 1833 hizo necesario sitio presto a tanto enterramiento. No más pisarlo siento que la saudade empieza a entenderse aquí.

Descansan los difuntos en pequeños mausoleos familiares, algunos deteriorados, con las puertas rotas y los féretros al aire. Otros parecen muy cuidados, con puerta acristalada a la que atraviesa el sol tamizado por coquetos visillos, creando atmósfera de salita hogareña dónde solo falta el televisor. A lado y lado, los ataúdes descansan en nichos abiertos, como literas. Al fondo, un pequeño altar con vidriera pinta de colores el luto. 

Parece que el portugués, al menos el lisboeta, no soporta dejar a sus seres amados en solitaria oscuridad, incluso los coches funerarios son carrozas transparentes. El finado no se pierde nunca de vista, no se despide, simplemente ele é transferido para a casa dos prazeres hasta la hora ineludible de volver a encontrarse.

El tranvía vuelve al centro donde el bullicio me saca del misticismo. Toda la urbe está pavimentada de piedras blancas y negras, compactadas sobre el suelo sin argamasa para que las frecuentes lluvias drenen. Es un trabajo ímprobo cuyos artífices tienen estatuas que los representan cerca de la manuelina Estación Central, la que cobija el tren que lleva a Sintra, ciudad de hermosos palacios, en cuarenta y cinco minutos.

 

Lisboa, vista desde cualquiera de sus miradores, es un valle de luz rodeado de colinas. Duele imaginársela destruida cuando se habla del terremoto que en 1755 la arrasó cambiando su perfil costero. La templanza del marqués de Pombal, la hizo renacer trazando la ciudad moderna que hoy nos acoge. 

Librería Bertrand ya vendía libros más de veinte años antes de esa desgracia, en su tienda de calle Loreto en el Chiado. Tras esta se volvió a levantar en la calle Garret. Tiene a gala el ser la más antigua de Europa. Si compras un libro te estampan en el interior un sello confirmado su solera. 

No hay que dejar atrás la Confeitaria Nacional, que desde 1829 endulza la vida a foráneos y extranjeros con sus bolos y meias lúas.

 

Apuntaba Pessoa: los portugueses somos tiernos y poco intensos, al contrario que los españoles -nuestro absoluto reverso- que son apasionados y fríos. Tal vez por eso consiguieron su democracia sin brusquedades, en un levantamiento pacifico sin precedentes.

La dictadura más duradera del siglo XX en Europa terminó en abril de 1974, tras cuarenta y ocho años de oscuridad. Contaré solo el final del principio:

Celeste Caerio regresaba a su casa cargada con una brazada de claveles que no pudo acercar al restaurante donde trabajaba debido a la situación tensa del momento. Al pasar por el Rossio cercano al Largo do Carmo, un soldado que esperaba nervioso el resultado de las capitulaciones le pidió un cigarrillo. Como no llevaba le ofreció una de las flores. Él, de manera impulsiva, lo colocó en el cañón del fusil, gesto que sus compañeros imitaron, simbolizando que no querían dispararlos. El ejemplo siguió por toda la ciudad bautizando a la revolución como Dos claveles.

Imposible no sentir emoción cuando oyes esta historia de labios portugueses.

 

Anochece en Lisboa con aroma a café y a fado. Del Tajo llega la brisa que hace las veladas deliciosas sobre todo cuando el paladar se colorea del verdor del vino, del rosa de la ginjinha.

Se comprende que el lisboeta quiera tener una ventana para mirar su ciudad desde detrás de la muerte.

D. W


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