domingo, 26 de septiembre de 2021

POR LOS PELOS (Felisa y Andrés 7)

 POR LOS PELOS      (Felisa y Andrés 7)

Borja, Borjita que así le llama Felisa aún cuando ya tiene treinta y cinco años, es velludo como Chewbacca solo que en moreno al contrario que sus demás sobrinos que son rubiancos y finos. Gracias a que es un creído se lo toma como signo de virilidad.

   —Vamos a ver, Borja, que tener más o menos pelo no es relevante para eso -le intenta bajar los humos su tita.

  —Donde hay pelo, hay potencia -presume.

Felisa calla y recuerda una conversación mantenida con su cuñada siete meses justos antes de que él naciera.

 

“¡Ay, Feli, que vuelvo a estar embarazada! ¡El Ogino falla más que un reloj de plástico y ya tenemos tres! Sé que al casarme me comprometí a traer al mundo los hijos que mandara Dios, pero entonces ni había parido antes ni sabía de su rapidez despachando envíos”

Felisa, que no había podido concebir y que era madrina de todos los otros, la escuchaba sin entenderla del todo.

“Mira, Feli, que no quiero parir más, que tu hermano y yo… pues, hija, que estamos en bache perpetuo y no es plan salir con otro bombo. Yo…yo…yo me lo voy a sacar”.

Felisa recuerda que la miró horrizada. “¿Que has hecho, loca?”

“A Londres no puedo ir sin tu hermano, ¡ya lo conoces, es un Otelo! Tampoco voy a ponerme en manos de un carnicero que he traído un trío al mundo y me debo a ellos. Con Don Faustino, nuestro ginecólogo, no puedo contar que es del Opus. Así que he sabido, por mí chacha, de una mujer que prepara bebedizos y me los estoy tomando. Según ella, cuando cambie la luna tendré un aborto “natural” sin más problemas”.

Felisa no salía de su asombro: “pero eso es pecado, nena”. 

“Cuando los curas paran, que opinen sobre si es pecado o no” -le contestó resuelta la cuñada. “Te lo cuento para desahogarme. Ya está hecho”.

 

Y sucedió que no sucedió nada. El embrión se agarró con ganas. Al nacer parecía un peluche, aunque la matrona le quitó importancia: “eso es el lanugo, se caerá en la cuarentena”. Algo despelechó, si, pero con nueve años ya tuvo que afeitarse el mostacho, que le salía duro y negro como alambre. Tanto su madre como ella creen que tomar tanto lingotazo de cenizas de Celtas Largos maceradas en coñac peleón durante tres noches sin luna provocaron ese efecto. 

Otro embarazo tuvo su cuñada tras Borjita y en ese se resignó. Llegó una niña blanca y lampiña con la que todos, por ser la única hembrita, estaban encantados.

Felisa, el día del bautizo, le entregó en un aparte a su cuñada unos polvos diciéndole: “se lo pones a mí hermano en el café todas las mañanas”.

Y no volvió a preñarse porque el Otelo se aflojó. Resultó que Felisa, tan modosita, sabía hacer trampas mejor que nadie.

D. W



 

 

 

 

 

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