domingo, 26 de septiembre de 2021

PERRA VIDA

 PERRA VIDA

Quienes tenemos la suerte de compartir la vida con perros solemos encontrarnos durante sus paseos con otros humanos que sacan a los suyos. No he visto aún a ningún animal dejar de jugar con otro por no ser de raza. Ellos no son racistas ni clasistas.

En cambio, sus amos sí. Ayer, mientras yo jugaba con una perrita blanca y los míos correteaban alrededor, llegó un señor con su hermoso ejemplar de raza purísima, pedigrí exquisito, sin castrar pues espera que cumpla los dos años para casarlo con una perra de iguales prendas y que siga la estirpe.

*La hembra será inmovilizada para que el macho la insemine, todo esto rodeado de sus propietarios que hacen chistes como “anda tonta que te va a gustar”. Después la elevarán las patas traseras para que “la leche” no se le salga. Por cada cachorro sacará un mínimo de 800 € y la desgraciada perra se pasará preñada y pariendo hasta el último de sus días. 

Decía él, muy enfadado que los ANIMA-LISTOS están empeñados en acabar con las razas, queriendo imponer la castración obligatoria de mascotas (se ve que ha oído campanas pero no se ha leído La Nueva Ley de Bienestar Animal) que nadie lo iba a obligar a esterilizar al suyo, que buenos dineros le había costado. La mariconada de “adopta no compres” le pone de los nervios. “¡Que se castren los chuchos!”

La rabia me pudo: “Yo soy Animalista y afiliada de Pacma”. Mi declaración arreció su discurso fascista, pues sí lo es con los perros seguro que también con las personas. 

Con sus: “perdona, pero” y “no, mire usted” no me dejaba hablar; debía aprovechar sus pausas de respiración para refutarlo.

   —¿Quien me asegura que mi perro, que me costó 2.500 €, no se va a morir al castrarlo?” -vociferó.

   —Pues no tenéis ese miedo cuando los sometéis a cirugías estéticas innecesarias -contesté.

   —Los criadores son gente seria, Yo quiero perros de raza, no mierdas -explotó mirando con desprecio a mis medios podencos- y en ninguna protectora hay los perros que a mí me gustan.

    —Claro, porque esos valen pasta y la cría es un negocio.Y sí que entran, los que salen defectuosos y el comprador no los quiere” -le replico.

A estas alturas tiene la cara roja, espuma en la comisura de la boca y se acerca demasiado, salpicándome de saliva. 

Yo aprovecho que mis perros acaban de cagar, recojo sus regalitos y me despido casi a la francesa. Allí se queda dándole la turra a otra que es más diplomática que yo y con tiempo que perder.

En el camino nos topamos con un cazador y su lebrel. Le gusta pegar la hebra con nosotros, pero intentamos esquivarlo. Me da asco pensar que descerraja animales con su escopeta. Además, en verano va desnudo de cintura para arriba y eso me repele en un hombre por muy bien formado que esté que no es el caso. Cuando me habla le contesto mirando a su perra, no a sus ojos.

Llegamos a casa y les pongo la cena a mis “chuchos bastardos”. Me lamen las manos y luego se echan a mis pies.

No hay ser más leal que un perro, cualquier perro.

Ni más gilipollas que un humano, casi cualquier humano.

D. W



 

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