sábado, 25 de septiembre de 2021

VACACIONES

  

VACACIONES 

Ayer pedí a Paco que bajara la sombrilla del altillo, en el pantano casi no hay árboles. Esta mañana me deslicé de la cama muy temprano, con cautela para no despertarlo. 

Dispongo la comida en la tartera heredada de mi madre. Es de aluminio, con cinco platos que encajan en la tapadera, cada uno de un color.

Acomodo la tortilla de sol con cebolla y preparo los bocadillos de fiambre. Los unjo con aceite para que estén jugosos, así evito disgustar a Paco y que me dé la tarde. Incluyo la sandía, pequeña y prieta, como hecha por encargo para dos.

No recordaba la carretera tan dócil. Deben haberla arreglado para acceder a la Presa que ahora inunda las ruinas del pueblo viejo bombardeado en la Guerra, lugar prohibido para los niños, aunque nos escapábamos para jugar y después, ya crecidos, para amarnos bajo los cobertizos apuntalados. La mitad del pueblo nuevo fue concebida aquí.

Hace calor, el contraste con el interior acondicionado del coche nos abofetea. Cantan las chicharras enloquecidas; la verdad es que el ruido lo hacen frotando las patas, como cirujanos escrupulosos antes de una intervención.

Lo primero es enterrar la sandía, a Paco le gusta hacer las cosas a la antigua. Voy yo mientras él afianza la sombrilla. 

Cuento los pasos avanzando en línea recta. “¿Aquí? -pregunto- ¡Nooo, más allá!”. “Aquí?”, “No... mira vale, ahí mismo, que tenía que haberlo hecho yo”.

Escarbo y la tapo con tierra. El agua me cubre los tobillos. Son ciento veinte pasos desde nuestro asentamiento.

Estamos solos. Es la ventaja de no salir fuera de vacaciones; los demás van a la costa “¡con lo a gusto que se está aquí y sin gastar!” opina Paco. Yo asiento y me hago la ilusión de que, a contraluz, la inútil espadaña emergida es un velero.

   —Nena, prepara el piscolabis que voy a darme un chapuzón.

Le veo alejarse de espaldas, está engordando y poco se parece al joven que me enamoró. Recuerdo que sus prontos me parecían muy masculinos. Ya apuntaba a marido déspota, pero tengo suerte: no tiene vicios, no me engaña, no me pega. A su manera me quiere. Si es brusco conmigo es porque le enervan mis torpezas.

Viene goteando y lo recibo con la toalla. “A ver que suavizante compras que rasca”. Sobre la mesa están dispuestas la tortilla en triángulos y la ensalada reventando color. Las cervezas esperan entre hielos, peces esquimales a punto de ser pescados.

   —¿y la sandía?

  — Aún no estará fresca.

  — Sabes que detesto esperar el postre.

  — Voy.

  — Deja, que tú eres muy lenta.

Cuenta los ciento veinte pasos, Voy a decirle que mis zancadas son más cortas, que para él serán menos cuando un estallido me deja sorda, lapidándome igual que a la adúltera bíblica.

Intuyo que la bomba dormitaba allí desde la Guerra, pequeña y prieta, como una sandía hecha a medida para uno.

D. W

*”El Observador” 24 de septiembre de 2021



 

 

 

 

 

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