viernes, 17 de septiembre de 2021

¡CRAC!

 ¡CRAC!

Al principio tenían tanto que contarse que las palabras rezumaban por los dedos.

Después, superado el planteamiento de la relación, entraron en el nudo creyéndose afianzados como pareja a pesar de que los diálogos y los besos empezaban a desteñir.

 

La primera vez que se oyeron los estallidos fue tras una discusión. El Hablador vio como el Callado anudaba los dedos de sus manos sarmentosas haciéndolos crujir. Después, tomaba uno a uno cada apéndice y tiraba de él hasta que, por el ruido, parecía desencajarlo. Terminaba poniéndose de pie, elevando los brazos sobre la cabeza, estirándolos como si quisiera tocar el techo y exhalando un suspiro.

Con esos gestos indicaba conclusa cualquier conversación. 

Hablador aprendió pronto a llenar los silencios que crecían como una mancha de vino sobre un mantel blanco. Las palabras eran huecas disertaciones sobre la subida del pan o el programa basura con el que, por aburrimiento, comulgaban cada noche. 

Callado, cuando se cansaba de tanto vocablo, iniciaba el ritual de chascarse los huesos.

Ya no solo ocurría en la intimidad del pequeño apartamento, compartido por dos hombres que se habían unido en libertad, aunque ahora pareciesen señor y lacayo. En cualquier sitio tronaba la osamenta de Callado, adaptando la costumbre a la naturaleza del lugar. En público se tiraba de los dedos cuando algo le hastiaba. Hablador lo observaba de reojo. Empezaba como queriéndose poner y quitar un anillo imaginario de cada extremidad. Veintiocho articulaciones, tres por dedo y dos de cada pulgar, crepitando como ramas secas en el fuego.

Callado inquirió a su hombre el por qué de esa costumbre un día que este se encontraba de buen humor. Se le agrisó la cara. “Para no olvidar que dentro de mí guardo un esqueleto”. Entonces supo que su historia entraba en el desenlace.

Las noches se volvieron temibles, llenas de sombras que ninguna lámpara con bombilla de luz cálida era capaz de barrer.

Una madrugada, Hablador buscó a Callado y se amaron. Invadido por la ternura derramó un “te quiero” en su oído.

   —Demuéstramelo -retó su amante.

   — ¿No lo hago cuidándote cada día?

   —Quiero oír tus huesos, comprobar que tienes armazón bajo ese cuerpo que cada vez está más flácido.

Hablador tardó en comprender la frase. El llanto le vino a los ojos por la inesperada ofensa. Aún tuvo el valor de restañarlo y vestirse. “Estás loco, desgraciado”.

Tomó la maleta vintage que le servía de mesita de noche y la llenó con sus lágrimas.

Callado lo miraba y en un momento en el que se cruzaron los ojos, dirigió sus palmas enlazadas hacia él, restallándolas.

Hablador no lo percibió, abatido por el crujido interno del desengaño.

D. W

*”El Observador” 17 de septiembre 2021



 

 

 

 

 

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