lunes, 9 de agosto de 2021

QUIEBROS

 QUIEBROS

La primera vez que fui a tu casa yo tenía catorce años y tú trece. Siempre nos habíamos visto con uniforme escolar así que escogí, entre los cuatro trapos de que disponía, los menos ajados. Para disimular mi pobreza tomé del joyero de mi madre un broche. No era valioso, pero sí delicado: un pajaro de cristal blanco con pico, patas y ojos de colores. Con él creí difuminar las pelotillas del jersey.

Me pediste que te lo regalara. “Imposible, no es mío”. Insististe en que solo por ese día, “¿me vas a negar ese gusto?”. Asentí.

Cuando llegó la hora de volver a casa te solicité el broche. Con mala gana lo desprendiste del pecho dejándolo caer al suelo, mutilándolo. Yo sentí que eso no estaba bien, pero en nada quería contrariarte. 

Dije a mamá que el broche se me había resbalado de las manos. 

Durante años aguanté tus desplantes esperando el momento en que te conmoviera mi entrega. Al fin nos fuimos alejando, aunque jamás te olvidé. 

 

Lo que separa la vida lo vuelven a unir las redes sociales. “¡Cuánto me he acordado de ti! -me dijiste- ¿podríamos vernos? tengo muchas ganas de que me firmes tu libro”.

 

Con alegría te abro mi casa. Sé que el haberme convertido en una escritora de cierto éxito tiene que ver con tu repentino avive de memoria. Y no me importa.

Te encuentro avejentada. El delicioso mentón redondeado en el que terminaba tu rostro se hinca ahora en una papada incipiente. Tu ropa es de supermercado. Yo me visto con marcas.

   —Mírate, escritora, si es que el refrán de la mona no es verdad, la seda transforma a cualquiera. 

Tras lanzar el dardo añades: “¡es broma, tía, ya me conoces!”.

   —Estás genial, Antonina -te abrazo y me alejo un poco, mis manos aún sobre tus hombros.

  —Toni. Ahora soy Toni. Desde mi época en Inglaterra me llamo así. Los hijos de la Gran Bretaña, incluido mi exmarido, no sabían pronunciarlo. 

Me hace daño imaginarte casada, de eso eres muy consciente.

   —Anda, siéntate y pongámonos al día, ¿te apetece un refresco?

   —Mejor un whisky, deja, veo que tienes un mueble bar bien surtido, me sirvo yo misma un bourbon, ¿quieres tú?

   —Sigo tomando solo té helado.

   —Vaya, pues los escritores tenéis fama de borrachos.

   —Si acaso de dipsomaníacos.

Me miras desconcertada, mordiéndote los labios. Sigue dándote rabia que mi cultura sea superior a la tuya a pesar de que has pisado los mejores colegios. 

   —Bueno, eso será. ¿Me firmas tu libro?

Tomo el ejemplar que sacas del bolso, al abrirlo noto que ni lo has hojeado. “A Toni, con cariño”. Y rubrico bajo tu nuevo nombre.

   —Perfecto, gracias -nada objetas a la sequedad de la dedicatoria.

Los camaleones poseen un ángulo de visión de ciento ochenta grados sin mover la cabeza, igual que tú al mirar mi apartamento. Cuando te abalanzas sobre mi nuevo manuscrito vuelvo a oír trinos.

   —Deja que me lo lleve, quiero ser la primera en leerlo

Como prueba de fuego, accedo.

 

Te devuelvo la visita. Vives en un piso anodino de un barrio cualquiera. Doy gracias a que mi coche sea discreto.

Me recibes desaliñada, transpirando alcohol. 

Viendo la situación voy al grano: “¿te gustó mi novela?”

   —¿Qué, “eso”? Mira, chica, te digo la verdad. Es una linda POR-QUE-RÍ-A.

 

Trago saliva. Sé que mientes. Ya no tengo catorce años ni jerséis con bolas.

   —Toda opinión es respetable, devuélvemela.

   —Está en la basura, hecha pedacitos. Es por tu bien, créeme, te evito un fracaso bochornoso.

Estás tan cerca que me dan arcadas tu olor. 

La fascinación de años se quiebra para siempre, igual que aquel pájaro.

D. W

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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