lunes, 24 de agosto de 2020

APAÑOS

 APAÑOS 

Hasta un dictador japonés medieval acostumbrado a ver como sus samurais se destripaban ante él tenía su corazoncito.

En el siglo XV de nuestra era occidental el Shögum Ashikaga Yoshimasa rompió fortuitamente su chawan, el hermoso tazón con el que cada día celebraba la ceremonia del té.

Profundamente desolado, porque era cruel pero sensible, ordenó repararlo pareciéndole el arreglo tan burdamente evidente que casi manda decapitar al artesano.

Le hablaron de otros con fama de exquisitos y a ellos confió la reconstrucción.

Imagino el terror al aceptar el encargo impuesto. La grieta en porcelana es imposible de disimular así que optaron, no se sabe si en un alarde de imaginación artística o por sentir ya la vida perdida, por unir los trozos con la resina de árbol urushi a la que añadieron polvo de oro.

Las fisuras eran patentes pero la pieza se enriqueció, así nació  el arte llamado KINTSUGI o “carpintería dorada” traducido del nipón. 

Esta moda llegó a tal grado que los fabricantes rompían adrede sus mejores piezas para recomponerlas mediante cordones de materiales nobles y así subir el precio. 

Ya no se trataba de un remiendo, el asunto trascendió a llevar la cicatriz con orgullo distintivo, como las escarificaciones en las  tribus antiquísimas que hablaban del temple de sus portadores.

En cambio, los rotos del alma suelen resolverse con engrudo, menos mal que no se ven si no perderíamos valor de mercado.

Casero Kintsugi emocional.

D. W

 

1 comentario:

  1. Yo llevo dos intentos de hacer kintsugi, bastante regulares tirando a mal, quizás porque me falta la resina del árbol urushi...
    Pero me parece una filosofía preciosa, la devolver la vida a lo roto y lucir las heridas.
    Una cicatriz que embellece.

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