lunes, 6 de julio de 2020

CONDENADO

 CONDENADO 
Al patio se accedía traspasando dos portales en eterna semi penumbra, un fogonazo de luz cuajada en cal deslumbraba al pisarlo.
Cuentan que esa casa trinitaria fue posada a mediados del XIX, que por eso tiene dos puertas calle, una de ellas conformaba el paso para carros y bestias por quedar cerca del pozo y su abrevadero.
Tiempo ha que se hizo otra humilde vivienda con ese trozo de finca, cuando la fonda se convirtió en casa vecinos.
Siempre estuvo el patio adornado con geranios, blincarosas y hortensias, a estas últimas les hacían el sortilegio de azularlas enterrando un clavo junto al tallo. Se disponían los tiestos rodeando el alcorque del chilindro florecido menos las gitanillas zanquilargas que se colgaban en las paredes.
Para regarlas se concertó matrimonio entre caña y jarrillo lata que llegaban donde hiciera menester.
El agua se cosechaba en las entrañas del pozo alzándola en cubo atado a soga encarrujada en polea, hasta que el dueño- casa se apiadó e instaló una bomba escandalosa y rabona que agradecieron las espaldas.
Aunque el brocal era alto las madres contaban espeluznantes historias a su prole para alejarlos de allí: “no asercarse que se cayó un chavea, y no lo pudieron sacá , si vé que o asomái oh arrastra pa que jueguéi con él”.
Cuchicheaban las comadres mientras restregaban en la lavadera sus pobres ropas que una mujer, enloquecida por la muerte repentina del esposo, se había arrojado dentro, “la sacaron encuero, con el purpo de anzuelo clavaó en laj cuencah. Lo sojo se queáron en el fondo, brillando”. 
Las historias, amén de espantar a la chiquillería del peligro, daba brío morboso a las mujeres que las creían de tanto versarlas. Así les era más fácil olvidarse del picor de los sabañones cuando metían las manos en el agua helada de los lebrillos.
Por crueldad o aburrimiento algunos zangolotinos arrojaban gatos vivos a la oquedad. Lo metían en un saco para cegarlo del peligro y guardarse de sus uñas mientras apostaban sobre cuánto tiempo tardaría en ahogarse. Alertadas por los agónicos maullidos acudían las comadres a darles escobazos, “¡canallah, miserableh, que esa agua é pa bebé!”, lamentando más el empuerque que el crimen.
La finca inició su decadencia cuando aparecieron, flotando en el pozo como Ofelias dentonas, ratas muertas y lo cegaron condenándolo con escombros.
Sobre él sembraron plataneras. Algún vecino viejo jura oír al ahogadito llamar a otros niños para tener compaña, otros lo achacan al viento que hace crujir sus hojas laceradas.
Sigue habitando el agua bajo el patio, ya huérfano de macetas.
En lo profundo, el muertecito juega a las canicas con los ojos de la suicida enamorada.
D. W. 
 *Este relato fue publicado por la revista “El Observador” el viernes 3 de julio de 2020. 


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