martes, 16 de junio de 2020

EMPACHO

EMPACHO
“La precisa tiene un pincho” decían nuestros mayores refiriéndose a que no hay mejor acicate para hacer algo que la necesidad.
El sábado fui al súper después de tres meses, el viernes tocó veterinario, papelería y vivero, aún me quedan sitios a los que ir para abastecerme de lo que me privó el putovirus; encima agradecida por no llorar ningún muerto propio.
Henos aquí en la “nueva normalidad” que a mi me resulta “triste anormalidad”. Es por el bien común, OK, no critico las medidas y me pliego a ellas pero decido que solo saldré para lo imprescindible, la angustia de aterrizar en un mundo distópico no merece el esfuerzo que me supone pisar la calle.
Hay un estudio que demuestra que en tiempos de crisis es cuando más se venden barras de labios, ni ese consuelo nos queda, la mascarilla oculta la boca hasta apagarnos la voz. Hay que subir dos tonos para que te oigan.
Me crucé con dos amigas por los pasillos del súper y no las reconocí, ni oyendo mi nombre atinaba quienes eran, que fatiga. Y que tristeza que ni un abrazo pudimos darnos.
El cajero me llamó la atención porque traspasé la raya de “distanciamiento social” que yo llamaría “alejamiento físico”  veinticuatro centímetros exactos. Me recordó aquella vez en el museo Picasso cuando me incliné para apreciar la textura de un cuadro, en ningún otro me han regañado.
La forma correcta para recoger la compra es situarse al final de la cinta pero a veces se engancha algo y debo estirar los brazos restregando el torso y mis salientes con ella. Absurdo.
Para animarme mi hija me regala un vestido comprado on line pero me queda grande, como esta situación.
Empachada estoy de hidroalcohol y lejía.
D. W.


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