lunes, 29 de junio de 2020

EL AÑO EXTRAVIADO

EL AÑO EXTRAVIADO 
Con las uvas preparadas para atragantarse el país entero despedía los últimos doce meses esperando ingenuamente que la próxima docena le saliera más buena. 
Iba amaneciendo el uno de enero según la rotación que el globo terráqueo disponía cuando las calendas saltaron de 2019 a 2021. Ni rastro de 2020.
Los científicos del observatorio de Paris se volvieron locos trasteando los relojes atómicos, esos que dicen retrasarse un segundo cada treinta mil millones de años. Sus jactanciosos colegas americanos teniendo en Washington “el reloj que pone en hora al mundo” acabaron con la reserva de donuts por la ansiedad.
Hasta probaron a darle una patada como a las máquinas expendedoras cuando no sueltan el sándwich pero nada.
El MÁSTER CLOCK la había cagado.
Ya se sabe que en los relojes de gran esfera el tiempo va más lento en la mitad de arriba que en la de abajo por mor de la gravedad, pero eso de perderse todo un año no había pasado nunca desde que al humano le dio por datar los acontecimientos y celebrar cumpleaños sorpresa, jodiendo al interesado en no aventar tal aumento de cifra vital.
Los eruditos y entendidos, las mentes más preclaras de la ciencia y la tecnología y hasta los relojeros del Big Ben y de la Puerta del sol reconocieron, ya a finales de junio, que 2020 jamás nació.
Fue un varapalo porque hubo que retirar cantidades ingentes de calendarios con esos dígitos pero la vida siguió.
Indecente fue el espectáculo que dieron los dirigentes culpándose unos a otros aunque asegurando que el percance no tendría consecuencias. Los expertos reconocieron humildemente que el tiempo puede medirse pero no controlarse.
“Tempus fugit” libremente.
 D. W. 
*Este relato fue publicado por la revista “El Observador” el viernes 26 de junio de 2020. 

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