viernes, 30 de abril de 2021

TOMÁNDOME LICENCIAS (Madrid, primavera 1890)

 TOMÁNDOME LICENCIAS  (MADRID, PRIMAVERA 1890)

Tiene el Palacio de Oriente, el más grande de Europa, unos jardines llamados “del Moro” donde pena un fantasma que llora un desengaño amoroso. Las damiselas que conmovidas se acercan a consolarlo, quedan preñadas por el celo puesto en el asunto. Leyendas de Madrid, pícaras y sabrosas.

Pablo, que de niño malvivió en una buhardilla heladora con su madre y su hermano, cree una indecencia que los palacios sean para el disfrute de una sola familia.

Al pasar por el cercano Teatro Real canturrea la jota de “Los ratas”. Le priva la zarzuela pero pocas veces puede permitirse gozarla en ese templo.

Se encamina a una cita que por discreción es secreta. Sale abril y los madrileños entran en la gloria. El viento de la sierra ya no sopla matando sino que trae aromas de campo. Emigran los sabañones y dura más el aceite del quinqué. 

Pablo viste la ropa que usa en los mítines, es decir, la de todos los días. En la imprenta se echa un blusón azul encima y usa manguitos. 

 

Un chambelán lo recibe en una de las entradas de servicio, guiándolo por las tripas del palacio; subiendo escaleras, recorriendo pasillos, traspasando puertas que no lo parecen y que dan a más pasillos. Tras un cortinón se desvela el gabinete entelado de verde, con una alfombra que apena pisar y muebles finos.

De inmediato entra la reina, pronunciado un “buenas tardes” con deje extranjero. Él corresponde de la misma forma; sin reverencias. Todos nacemos desnudos, la riqueza o pobreza del pañal que nos envuelva no es mérito propio. 

   —Por favor, tome asiento. -Ella escoge una silla, que subraya el envaramiento del corsé. Él se acomoda en el extremo de un sofá, temiendo que la dama se parta por la cintura en cualquier momento.

   —Usted dirá.

   —Le supongo extrañado, Pablo, pero he oído hablar tanto sobre usted que quería conocer al líder autodidacta que escribe apasionados artículos desde muy joven. Admiro su entrega a la causa que abandera.

Pablo la mira atónito, “perdón, señora, pero solo soy un humilde tipógrafo que ha sufrido en carne propia la miseria, cuyo anhelo es que los obreros vivan con la dignidad que solo proporciona un salario justo.

   — Y yo solo soy una reina a la que nunca ha faltado de nada... 

   —¿Y no es así? -Pablo, aunque viviendo en Madrid desde niño, conserva la costumbre gallega de contestar preguntando-

 —Ha de saber usted que me educaron en el ahorro y la economía; el despilfarro, tanto de dinero como de inteligencia, es gran pecado. No ignoro que el pueblo me llama “doña Virtudes” porque mando apagar las luces a las diez, madrugo y ordeno comidas frugales. Sé que sois parco también, excepto en palabras.

Pablo, que cuando se reúne con los del partido echa la tarde con un azucarillo disuelto en agua, que no fuma y ha dormido muchas veces en el suelo de la imprenta, tiene que dar la razón a doña Cristina de Habsburgo. 

   —Ya que usted ha sacado la conversación... pero, disculpe que insista, ¿por qué me ha hecho venir?

Crista alisa con las manos su falda de seda negra. Queda ensimismada un momento y responde.

   —Sabe usted que regento el trono hasta la mayoría de edad de mi hijo, a quien Dios guarde. Mi vida está consagrada a mantener la paz en España aun a costa de sacrificios. Su doctrina, tal como la practica, me parece una forma justa de tratar a los súbditos.

   —Mejor ser ciudadanos libres, señora.

  — Una discrepancia de términos nada más. Hasta donde entiendo, creo que en las manos de hombres como usted, debiérase dejar el futuro, don Pablo Iglesias Posse.

Se miraron. “No es tan fea como dicen, tiene un porte y un habla agradables”. “He aquí un hombre destinado a hacer historia calzando zapatos remendados”, pensaron para sí el uno de la otra.

La reina no olvida el consejo de su marido: “Cristinita, si muero, guarda el coño y ándate siempre de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas”. Sin duda temiendo que siguiera el ejemplo de su augusta madre, que tan pródiga fue con el suyo. 

   —Sé -continúa- y no solo por “El Imparcial”, que su partido y los anarquistas preparan una gran manifestación para primeros de mayo.

 —Reivindicamos la jornada de ocho horas y la prohibición de que trabajen los niños; niños de la edad de los suyos.

   —Justo es, y así lo he expresado a los ministros, escandalizándolos. El PSOE y su figura les parecen el mismísimo demonio. Su majestad, mi esposo, que en gloria esté, aspiraba al bienestar de sus súbditos, o ciudadanos como dice usted, pero no le dio tiempo a demostrar que era un buen rey.

   —El pueblo debe poder elegir a sus mandatarios.

 Los ojos azules de ella se agrisan; “quiero para España lo mejor, pero sin sangre”. 

   —La comprendo, ese es mi único afán.

 

Iglesias es puntual, exacto en el cumplimiento de los deberes a su cargo, atento con todos, como ella. Resultan dos seres que, pese a la distancia social, no son del todo dispares.  

Ella se levanta, tendiendo la mano. Él se incorpora estrechándosela.

   —Saldrá usted por el pasadizo que usaba mi esposo cuando quería -y ahueca la voz-  “tomar el pulso a mi pueblo”.

A Iglesias le pasa por las mientes la coplilla:

“¿Quién será ese buen mozo, 

quién será, con capa de seda?

No es el número uno ni el dos

Es el doce por la gracia de Dios”.

Sale Cristina del aposento, despidiéndose con real sonrisa. El mismo chambelán le indica al socialista el camino.

 

Ya de vuelta a su casa, nota un algo ajeno en el bolsillo. Arrimándose a una farola para ver que es, resultan ser tres entradas de teatro para “La Gran vía”.

Iglesias se ríe, recordando el tango de “Doña Virtudes”, personaje cómico de la obra y mujer de gran carácter.

D. W

*Los hechos narrados son ficción, el contexto histórico y los personajes: pura historia.

*Publicado en “El Observador” el 30 de abril de 2021

 



sábado, 24 de abril de 2021

JUGARRETA

 JUGARRETA 

“Déjenos las llaves y despreocúpese”

-decía la publicidad de la empresa de mudanzas- 

Trasladamos sus pertenencias garantizando la integridad”.

Y si, todos los enseres habían aterrizado en buen estado en el piso nuevo: la nevera, con media sandía dentro, envuelta en siete capas de film transparente y el cajón del gato, sin haberse derramado ni uno solo de sus granos antiolor. Los muebles bien ensamblados y en el sitio indicado.

Estaba todo menos los libros.

Ella se había cuidado de guardarlos bien protegidos, comprando cajas de cartón recio para que aguantaran el peso, rotuladas por autor como corresponde a una leyente bien nacida .

Las había dejado tras la puerta cubiertas por una sábana: veinte cajas en filas de a cinco superpuestas. Y allí se habían quedado. 

Los mozos se defendieron con el argumento de que no las habían visto, aún así se ofrecieron a volver por ellas, pero en una semana.

Además, habían devuelto las llaves al propietario del piso, siguiendo sus instrucciones.

Llamó a su antiguo casero y lo que oyó casi le provoca una embolia: “pensé que no los querías y llamé a una organización que los recoge, se los llevaron ayer”.

Su coche se tragaba, con la gula de un cocodrilo, la bicha gris de asfalto. Por teléfono no conseguía hacerse entender y temió lo peor.

De la oficina de la organización la mandaron al almacén. Era una nave inmensa repleta de todo lo imaginable y lo inimaginable que pueda albergar una casa. Un purgatorio donde las pertenencias de los muertos, o de los vivos que mejoran su sueldo, esperan volver a ser atractivas para alguien.

Entonces llegó el camión. Ansiosa preguntó si sus cajas estaban en él. El conductor, rascándose la barba, respondió con desgana de lunes: “Tó lo de papé se descarga en una tienda que lo compra al peso”. 

Corrió desesperada llegando al punto de ver algunos de sus libros yaciendo en un contenedor, revueltos en impudicia con revistas, telenovelas y enciclopedias. 

Buceando a pulmón solo pudo rescatar de aquel mar muerto treinta y cinco kilos de su memoria.

D. W

* Publicado en “El Observador” el 23 de abril de 2021, Día del Libro.










viernes, 23 de abril de 2021

CREDO DEL LIBRO

 CREDO DEL LIBRO 

Creo en ti, Libro todopoderoso, conocedor del Cielo y de la Tierra.

Creo en la Imaginación, tu única madre, Nuestra Señora que fue concebida por obra y gracia de las musas y la educación. 

Creo en las Santas Bibliotecas, en la comunión de las lenguas, el esplendor del pecado, la resurrección de las almas rebeldes, que se sientan a la derecha y a la izquierda para tener perspectiva.

Creo hasta cuando destilas hiel porque enseñas lo que no procede.

Sé que eres verdugo de la envidia y la ignorancia, que sanas la mesa que cojea, avivas el fuego que no prende, conservas la flor que fue deseo.

Creo en el Espíritu del Narrador Omnisciente, que no juzga ni a vivos ni a muertos

Creo que tu vida será eterna y tu reino no tendrá fin.

Así lo creo.

D. W


“El Doncel de Sigüenza”, S. XV

martes, 20 de abril de 2021

¡ENFERMERA!

 ¡ENFERMERA!

Con la mirada desguarnecida, sujeto el pelo con una venda ribeteada de rojo, ponía los termómetros una docena de veces en cada turno, agitándolos con furia de Hidra.

Llevaba las pastillas revueltas en los bolsillos, fuera de los blísters y se pegaban a sus dedos, sacudiéndolas en el embozo de los atónitos pacientes. La administración era ad lib y con el gesto hosco de la bruja del cuento.

Durante las guardias nocturnas chancleteaba los pasillos, preguntando a los internados, a las tres de la mañana, si querían tomar algo.  

 —Un vasito de leche - pedían desnortados.

 —No, que estriñe -regañaba.

 —Pues un zumo.

 —Tampoco, que da gases.

 —¿Una manzanilla?, -musitaban temerosos.

 —¡No quedaaa, -saltaba endemoniada- ¡que a todos os ha dado por pedir lo mismo! Y se volvía al Control dejándolos despabilados.

 

Fue por entonces cuando comenzó a guardar las biopsias en el microondas, causando buen susto a quien fuera detrás a calentarse un té.

Sus compañeros, conocedores de que pasaba por una depresión post divorcio, se aliaron para tapar sus exabruptos, esperando mejoría. Pero su razón giraba en bucle.

Estalló un día que acompañaba al médico a pasar consulta. Detalló en el informe que a la paciente debían amputarle ambas piernas cuando solo padecía de juanetes. Mientras la mujer lo aclaraba, la apuntó a los ojos con un bisturí gritándole: “¡A mí no me engañas, lagartona, sé que te ves con mi marido!”. 

El doctor hubo de recordar sus tiempos de judoka para reducirla con una llave mientras la encamada escapaba pasillo arriba, con toda la velocidad que le permitieron sus pies deformes.

 

Aquella tarde la trasladaron, como paciente, al pabellón de psiquiatría. 

 

Ella cree que sigue trabajando; cuenta que encadena los turnos para no echar tanto de menos a su esposo, conferenciante internacional, poseedor de “un cerebro extraordinario”.

Parece otra. Anda limpiando las babas de los demás loquitos con dulzura de hada.

Cuando su hermana va a su piso a recogerle ropa un zumbido le hace pensar que ha instalado una alarma. Buscándola recorre la antesala.

Y encuentra, sobre el aparador holandés y rodeada de moscardones, la cabeza de su cuñado componiendo un bodegón de vanitas.

D. W

Publicado en “El Observador” el 16 de abril de 2021


sábado, 17 de abril de 2021

A PESETA

 A PESETA

Como gracioso oficial del barrio su humor se basaba en ponderar los defectos del prójimo, aún más de la prójima porque reírse de putas y solteronas siempre tuvo mucho éxito.

Al morir Franco, y tras el silencio proverbial de los cobardes, empezó a comprar monedas de peseta. Las vecinas y los críos iban guardando las vueltas y cuando juntaban una cifra redonda se las llevaban para cambiarlas. Las guardaba en bolsas de plástico, de mil en mil, para llevar la contabilidad. 

Se jactaba de no pagar a Hacienda, de haber cotizado lo mínimo trabajando en negro, de apostar impune y suertudamente a la “Rápida”, juego ilegal que aprovechaba el sorteo de “los ciegos”, cuando estos aún no eran “once”

A las rubias las quería para, llegado el caso de que el fisco lo pescara, pagar la deuda con ellas. En su sucia imaginación se veía empujando una carretilla llena de pesetas, sueltas por supuesto, entrando en la Delegación y volcándolas en el suelo, mientras los “chupatintas” se arrodillaban para contarlas. “Que le den a la puta democracia, Franco tenía que haber sido eterno”, desbarraba.

Nunca lo trincaron y cobró una jubilación amasada con el sudor de los “paganos”, como llamaba a los contribuyentes.  

 

Cumplidos noventa años de la proclamación de la II República algunos opinan que fue fatídica, dando gracias que no prosperase. Yo me pregunto cuán distinta hubiera sido la vida de las mujeres de mi familia (y la mía propia) de haberlo hecho. No hubiera existido Elena Francis, los maestros habrían enseñado sin pescozones y rezar no hubiese sido asignatura.

Las nacidas mediados los sesenta no conocimos “el servicio social” pero tampoco la libertad plena de la post-transición. O al menos no sin LA CULPA, sentimiento que nos llegaba desde la placenta. Todas Evas y bautizadas de primer o segundo nombre “María”, como exorcismo para conservarnos puras de pensamiento, palabra, obra u omisión. 

No conocí, hasta bien talluda, la existencia de la bandera tricolor. Dicen que fue obra de un daltónico, o la confusión del término “púrpura” que en heráldica significa “encarnado” o por creer al morado el color de los comuneros castellanos. Pero se erigió en símbolo de los que querían cultura y prosperidad para todos.

La rojigualda nació, a instancias de Carlos III, por un motivo práctico: era vistosa y así los barcos de la Armada Española no se cañoneaban entre ellos. Con el tiempo se la apropiaron los que dicen amar a España, como el de las pesetas.

Líbrenos la vida de esos patriotas.

¡Salud!

D. W



 



miércoles, 14 de abril de 2021

ORZAS LLENAS

 ORZAS LLENAS

Si no hablas las palabras se pudren dentro. Primero dañan el estómago, después atacan la cabeza y al final, endurecen el corazón.

Hay que vomitarlas, pero “Seguro Hogar” no cubre atasco por vocablos en el inodoro.

Una afectada ideó regurgitarlas en las orzas que decoraban su terraza. Antes de ser jardineras guardaron vino, así que soportan bien el vinagre destilado por algún adjetivo.

Se fueron llenando. Hubo de taparlas para que los gatos no cayeran dentro y se ahogaran bajo el palabrerío. Tomaban el sol sobre ellas ajenos a tener debajo tanta tristeza.

Más de una vez los vio jugando con oes que habían rodado fuera. El peligro mayor estaba en las letras picudas. Podrían tragarlas y perforarse las tripas.

Hay locuciones que son letales.

 

Un domingo tomó un martillo, arrastró una hasta el dormitorio y la rompió. Todo el cuarto se llenó de letras astilladas, sílabas y diptongos. Las metió a puñados en bolsas de basura verdes, las de jardín que son recias y cunden más.

Pero se apenaba cada vez que encontraba términos amados, como los nombres de sus hijos; sonidos demasiado hermosos para destruir u olvidar.

Estos los iba pegando en el cabecero. Para las tildes y puntuaciones reciclaba las letras rotas, recortándolas con tijeras de manicura.

Resultó una letanía reconfortante y nutricia; lo que buscaba en suma: algo de fe.

Empapeló la casa con ellas, incluyendo las feas pues el contexto las embellecía.

Traspasó la voz a ojos y dedos.

 

Los cascotes hicieron un ruido estrepitoso al caer al contenedor. El portero le preguntó si estaba arreglando las macetas.

 —Si, ya ve, las tenía abandonadas.

 —Hace muy bien, su terraza era la más bonita.

 —Y volverá a serlo.

Sube las escaleras pensando en plantar las cinco orzas que ahora están vacías. Con buena tierra y sol, en primavera tendrá su casa florecida.

Qué mejor abono que amor propio. 

D. W

*Publicado en “El Observador” el 9 de abril de 2021

 


LA MALHADADA

   LA MALHADADA 

Hoy hubieras cumplido noventa años. Ni ocho abriles tenías cuando te ahogaron en la propia sangre de tus adalides. 

Dicen que fuiste niña mala, respondona; exigente en derechos que no debías disfrutar. Que lo mejor fue aniquilarte y volver a uncirnos al yugo, a tragarnos las flechas sin tener vocación de faquires.

Lo que no saben tus asesinos es que la sangre purpura duerme y se hace más fuerte, que se puede callar una voz pero no mil gargantas. 

Nombrarte, República, es llenase la boca de pueblo; ese que saluda deseándose salud, pan y libertad. El que no quiere más coronas que de flores, en las sienes de las muchachas o en las honras de sus muertos.

D. W

*Dibujo del gran artista Luiso García.

 

 


MAMÁ DELA

    MAMÁ DELA Mis brazos habían olvidado el contorno de un recién nacido, pero fue rodear a mi nieto y la memoria recuperó la medida exact...