viernes, 4 de noviembre de 2022

GRACIETA

 GRACIETA 

El autobús los deja en la misma puerta del cementerio, aunque luego deben andar un buen trecho hasta donde reposan los abuelos.

La bolsa de nailon marrón con rayitas verdes es multiusos. Lo mismo carga con la compra diaria que con los bártulos de limpieza para adecentar una lápida.

 

Mientras la mujer le da al estropajo con mistol los niños corretean sin miedo por el Camposanto, alentados por la buena tarde otoñal, aún calurosa.

 

La chica encuentra un nicho que le parece muy triste, cegado con ladrillos y una capa rala de yeso, sin nombre ni fecha, solo una cifra en rojo trazada a prisa.

Le pide a su madre una flor para honrarlo, dejando además por esa alma un rezo. Se persigna y sigue jugando a leer los epitafios de las tumbas, mirando ensimismada las fotos descoloridas. De repente, ve salir tras de un montón de tierra removida, una figura vociferante envuelta en mortaja oscura. Profiere un grito tan espantoso que deben oírlo hasta los que duermen el sueño eterno.

Acude la madre espantada. El guarda lleva del brazo al “resucitado” que se retuerce. 

   —¡Este elemento merece una buena soba!

    —Quite usted que es un niño.

   —¡Pos casi se carga a esta criatura, está blanca como la pared!

Al niño, zagalón ya, se le ha antojado gastarle una broma a su hermana, disfrazándose con una bolsa de basura.

La madre quita hierro al asunto “no es pá tanto, hija”.

La muchacha solloza con el corazón encogido. Se ha orinado encima y está roja de vergüenza mientras su hermano no para de reír.

A la vuelta va de pie en el autobús para no mojar el asiento.

 

Al contarlo en casa el padre se atraganta con las carcajadas.

   —¡Ese es mi machote!, y tú, so tonta, ¡mira que mearte!

Nadie alaba la misericordia de la niña con aquella tumba abandonada. 

 

Aquella noche, una sombra se acerca a su cama y le susurra grandes secretos, como que la sangre a veces es agua. 

Jamás volverá a temerle a los muertos 

D. W 

 



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