domingo, 13 de febrero de 2022

EL DÍA MÁS FELIZ

  EL DÍA MÁS FELIZ 

Solo ella sabe cuántas novenas y oraciones a San Antonio se ha tragado durante los últimos dieciocho años, pero al fin hicieron efecto.

Hoy Eudosia se casa.

Desde los veinte le habla al Alipio, que no se decidía a pesar de haber cumplido ya los cuarenta. Solo cuando calculó que su madre, con la que vivía tan ricamente, se iba pal Batatá consintió en fijar fecha de la boda. Y así, dos meses justos después del entierro, aprovechaba el traje del luto para casarse.

 

El ajuar de ella es prolijo. Docenas de sábanas y mantelerías se apilan en un tenderete montado en el futuro hogar marital, que no es sino las dos habitaciones alquiladas donde siempre vivió el Alipio, blanqueadas, si, pero con los muebles de la difunda. Ni la cama niquelá donde dejó el último aliento ha consentido cambiar.

Eu accede a todo. Siente cosilla, pero no le va a dar pie al Alipio pá plantarla después de haberla tenío entretenía tanto tiempo.

 

Se mira complacida en la luna de la coqueta. Su hermana procura sujetar el velo a las escasas greñas y este se escurre por exceso de brillantina. Para contrarrestar, espurréa a Eu con dos botes de laca y entre tanta neblina parece un querubín. Nunca se ha pintado, ¡uy por dios! don José, el párroco, opina que las mujeres decentes no deben hacerlo; la han convencido sus amigas, casadas todas ya, de que los fogonazos del retratista se comen el coló, aunque las afotos sean en blanco y negroNo quiere salir en el reportaje amarilla Fú Manchú así que le enseña a la peinadora una postal de Carmen Sevilla para que la arregle igual. Siempre fue mujer de fe.

El vestido se lo ha hecho la modista del barrio con una pieza de raso que compró en el cincuenta y nueve. Una década después ha habido que orearla para quitarle el olor a arcanfó, pero ha valido la pena porque cundió hasta para vestir a las dos niñas que llevará como rémoras pegás a la cola. El velo es alquilado y la corona emprestá. El ramo, de claveles reventones, regalo de su cuñada. 

Va de blanco porque puede. En tantos años solo ha hecho pequeñas concesiones como enseñarle al novio medio pecho monjil o dejarle que le magree las mollas y eso porque sin cebo no pican. Pero resistió a pesar de las carantoñas masculinas “anda cuchicuchi, si nos vamo a casá”, “¿cuándo?” el Alipio se enfriaba y decía circunspecto “cuando Dios quiera”. No era ignorante la Eudosia de que los hombres saben buscar una mujer cuando les hace falta. Es un hecho asumido por todas las solteras, absolutamente necesario para el desahogo natural del varón. El Alipio se quejaba de tener que pagar para oler un papacheco y la Eu lo hacía callar haciéndose cruces ¡Por Dios, charrán, que estamos en Cuaresma! Y corría a confesarse como si hubiera sido ella la pecadora.

 

Esta noche descubrirá las delicias del amor que solo conoce por las fotonovelas de Corín Tellado, porque no es propio de una mosita, aunque sea polletona, mostrar interés en esas cosas.

Mete los pies en los zapatos, planos porque emás alta que el Alipio. Las sobrinas le prenden un ramito de azahar contrahecho en la cintura, rubricada a machamartillo por la faja. Eu nunca fue de tipo fino. Para terminar el arreglo cubren su rostro con el velo. Se enhebra del brazo de su cuñáo y se persigna.

 

El coche alquilado que la lleva a la Iglesia chorrea esparragueras y floripondios hechos por sus compañeras de la Sección. Todo el barrio se concentra en la puerta para ver de salí a la novia. ¡Qué guapa vá, ihá!, gritan. A Eu, que pocas veces le han echado un piropo, estos le saben a gloria.

 

Avanza por el pasillo, alfombrado pues ha pagado un plus, hasta el Alipio que la recibe en el altar. Ella le susurra mientras se sienta y le recomponen el traje “¿estoy guapa?”, “como siempre” le contesta dándose tirones de las mangas que le quedan algo cortas. Ella se entristece, pero le dura poco. Es su día y ni el novio se lo va a amargar. Como no va a haber convite por estar de luto (y porque el novio pertenece a la cofradía del puño) la boda se celebra a las siete de la tarde y en domingo. Eso fastidia mucho al Alipio que se queda sin escuchar er furbo. Sus amigotes idean una treta. Uno de ellos llevará un transistor con sonotone a la iglesia y mediante señas le irá informandoPero llega tarde y se sienta en el banco de atrás. El novio se pasa toda la ceremonia retorciendo el pescuezo, como si le hubiese dáo un aire. “¿Que te pasa?” le pregunta ella. “Ná, que uno no está jecho a llevá corbata”.

El casorio resulta largo como condena porque Eu no quiere que acabe tan pronto su día de gloria y ha pedido que después de la misa nupcial se celebren “esponsales de velaciones”. Los padrinos envuelven con el vaporoso velo la espalda de él y don José les ata las manos con un lazo mientras suelta un sermón de aúpa. No en vano la Eu es la más dispuesta de sus beatas y seguirá vistiéndole a los santos aun después de casada. Esto no es óbice para cóbrale un plus (otro) por los extras.

Alipio, ajogáo con tanto trapo, no puede comunicarse con el paisano. Es su última oportunidad para escapar, “si saco los catorce, no me caso”. El susodicho, que se ha adormilado con la matraca, despierta ante los gritos de Matías Prats que canta un gol. “¡GOLLLLLL” chilla el paisano sin acordarse de donde se encuentra. “¡Gol… losa, golosa que va la novia, que suerte tiene er chavó!” Así intenta aviar la cosa. Las beatas montan en cólera y don José aprovecha para soltar otra flípica contra los impíos. 

Así os contrayentes pasan dos horas de rodillas. Cuando se levantan están enmorecíos.

 

El paisano se acerca y compungido le suelta al novio “Mira que lo siento”. A la Eu se le ajúma er pescáo, pero él argumenta “mué, si lo digo porque su habéi quedáo en onse”.

 

Después de hacerse las fotos de estudio van, en petit comité, a tomar algo a un bar cercanoEl Alipio se prepara para el asalto tapiñandose dos bocadillos de salchichón de Málaga empujáos con pajarete. La Eudosia no toma nada, pensando en el trago que le espera.

 

Llegan a su casa entre aplausos de los vecinos. Eu entra toda arrebolá y él se queda fumando en el corredor. Ella se despoja de las galas nupciales con cuidado y mucha pena. Ya no volverá a lucirlas, ni siquiera si enviuda. Querría poder atrasar el reloj y volver a revivir una y otra vez esa tarde. 

Llena la palangana con agua del balde para refrescarse y se mete en el historiado camisón que espera sobre la blanca colcha de novia. Desliza unas gotas de “Tabú” en los sobacos, el canalillo y en los rizos que tiene bajo la barriga y se mete en la cama. “Aliiiipio, ya”.

Quince minutos después su recién estrenado marido ronca vuelto de culo. “Tanto misterio pá esto” piensa la Eu. Levantándose, va a la sala y a la luz mortecina que traspasa los visillos de tergal, dobla con primor el velo que debe devolver mañana lunes sin falta, si no quiere tener que pagar otro plus por el retraso.

D. W

 



 

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