sábado, 4 de diciembre de 2021

JERINGARSE

 JERINGARSE

Corría sin ver dónde ponía los pies, seguro de conocer cada guijarro de las calles, cuando el aire se endureció golpeándolo. En el suelo fue presa fácil del marido de la mujer a quien acababa de robar, de un tirón, el bolso. Arrebatándoselo de la misma forma le propinó, además una patada en la boca. Aún así se recompuso, huyendo mientras escupía sangre y dientes. 

Las vecinas no tardaron en salir, ofrecer agua a la víctima y apoyar al héroe: “drogaítos de mierda. Antes no pasaban estas cosas porque había mano duraTambién baldearon varias veces con lejía e impidieron que jugaran los niños allí durante una semana, seguros de que el choriso ese, tenía el sida.

 

El manguta volvió esa misma tarde, gesticulando con una navaja en la mano y la furia que da el mono, cagándose en los muertos de tóa la calle y proclamando que iba a meter fuego a las casas que tuvieran en la fachada aros para lucir macetas, que hacía años que habían sido robadas también, dejándolos como anillo de divorciado. Con uno de estos redondeles había topado nuestro yonky mientras corría con el botín, acabando esta historia con qué nadie tuvo güevos para replicarle y nada más volver la esquina, salieron los hombres y los arrancaron de raíz dejando los feos huecos. Despojados de su más característico adorno los humildes barrios malagueños iniciaron su perdición.

La década de los ochenta fue, más que prodigiosa, pródiga en muertes. Los niños del baby boom de los cincuenta y sesenta, ya veinteañeros, pagaron cara la libertad. Como si hubieran querido vivir la robada a sus padres y abuelos se la bebieron y fumaron toda. Si los bares de la época eran famosos por tener el suelo tapizado de servilletas de papel y colillas los parques lo estaban de jeringuillas, sucias de tierra y coágulos.

Tal vez nacimos tantos para que quedáramos algunos tras pasar la criba de las drogas, una pandemia tan virulenta y absurda como cuando les dio a los jóvenes del XIX por batirse en duelo.

 

El uno de diciembre se conmemora el Día Mundial del Sida. Parece un problema superado y los enfermos ya no se sientan en el corredor de la muerte porque toman retrovirales y lo han cronificado. La probabilidad de contagios y los casos siguen, pero no es moda hablar de eso, queda para los noticieros como “serpiente de verano antes de Navidad”.

 

Yo lo recuerdo cada año; desaparecieron demasiados como para olvidarlos. 

Hay que jeringarse.

D. W

 



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