martes, 26 de octubre de 2021

RIÑONES AL GUSTO

 RIÑONES AL GUSTO     (Felisa y Andrés)

  

La programación televisiva es soporífera, por eso Felisa y Andrés, antes de acostarse, se exponen un rato ante ella. Ya sabemos que él suele tener noches movidas por mor de su sonambulismo.

Andrés está mirando el móvil cuando un codazo de su Costilla en sus ídem le hace dar un respingo.

   —¡Mira, mira!

Se fija en la pantalla a tiempo de atisbar un quirófano en el que parecen estar operando a un cerdo. Hasta tiene, el pobre animal, una sabaneta verde cubriéndole el tajo. La voz del locutor relata: “estamos más cerca de los trasplantes de órganos entre humanos y animales. Una mujer con muerte cerebral sobrevivió con el riñón de un cerdo cincuenta y dos horas, tiempo que duró el experimento, que tenía el consentimiento de los familiares de la paciente”. 

   —¡Coño! -acierta  a decir, vocablo que en español es comodín de todas las acepciones que se quieran, en este caso pongamos que asombro.

   —¿Y no irá contra natura tener dentro un trozo de animal para que te haga un avío?

   —¿Y que otra cosa es, si no, el comérselos? -aventura él que es vegetariano desde que se enteró de que Tolstói lo era.

   —¡Hombre, no irás a comparar!

  —Si, si, comparo. Lo mismo que hay granjas para hacer jamones, habrá otras que produzcan órganos, que por otra parte deberán ser humanizados para que nuestro cuerpo no los rechace.

  —¿Y los humanizan antes o después de sacrificar al donante?

  —No lo sé, pero acabas de plantear una duda filosófica, moral y ética la mar de gorda.

  —¡Ay, señor!

  —¿Sabes que el canibalismo produce una enfermedad parecida a la de las vacas locas? existe un virus que se aloja en el cerebro de las personas y a quien, como Hannibal Lecter, le dé por esas delicias gourmets, se infecta.

  —¿Pero quien come semejantes, Andresito?

  —Casualidad que leí hace poco un artículo sobre una tribu africana que presentaba esa enfermedad y no se sabía el origen. Un virólogo se fijó en que a partir de los años cincuenta que cesaron esas prácticas, los casos disminuyeron. 

  —¡Que barbaridad, ¿comían misioneros?

  —¡No mujer! se tapiñaban a los parientes muertos; según sus tradiciones, mejor al buche de la parentela que al de los gusanos. 

  —¡Que asco, por Dios!

  —Son costumbres. Tú te tomas la sangre y el cuerpo de Cristo.

  —¡Esa es la transubstanciación, joío, no me quieras hacer un pan con unas hostias!

  —Según se mire. A mi, cuando nos conocimos, me pareció que estabas pá comerte. -diciendo esto le dio un pellizco en el moflete inferior izquierdo y puso cara de hambre.

  —¡No me mires así, Lobo, que no soy ni Abuelita  ni Caperucita!

 Andrés se ríe con ganas.

 

Felisa va al frigorífico, saca un plato de purpúreos y algo verdosos higadillos y los entierra en la jardinera donde cultivan los tomates.

  —¿Que haces?

  —Darles sepultura. A partir de hoy seré vegetariana como tú. Tienes razón, si sus cuerpos van a ser parte de los nuestros, comerlos es canibalismo.

  —¿Yo he dicho eso?

  —Así lo entendí.

   —Pues me alegro, mañana nos tomamos al ajillo esas espinacas que están diciendo “comedme”.

   —Andrés, no sigas, ¡a ver si las plantas van a sentir!

  —Ya te digo yo que no.

Y apagando la tele dejan de filosofar, yéndose para la cama a tomarse el postre.

D. W




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