viernes, 20 de agosto de 2021

EL ROJO TRANSPARENTE (Felisa y Andrés 3)

    EL ROJO TRANSPARENTE          (Felisa y Andrés 3)

A Felisa le gusta preparar el equipaje con tiempo. Una semana antes de partir coloca las maletas abiertas sobre la cama de invitados y las va llenando. Antes ya ha elaborado varias listas con la ropa que llevará, incluidos croquis de zapatos y accesorios para cada estilismo. Chales por si refresca. Ropa interior, camisones. Potingues y maquillaje ocupan sendos estuches. Los frascos de gel y champú convenientemente envueltos en film plástico por si se abren que no manchen la ropa. Documentos y tarjetas médicas protegidos en carpetas.

Cada día introduce elementos nuevos en la valija y prende en el bolso de mano notas con lo que debe incorporar a última hora. Gracias a su previsión se ha evitado más de un disgusto al llegar al destino.

También prepara la de su marido, aunque él presume de que no necesita más de cinco minutos la víspera para apañarla. “Claro -piensa ella- como que ya he hecho yo lo principal”.

Andrés sostiene que para una semana le basta con lo puesto, dos politos, otro pantalón y una muda de calzoncillos y calcetines por día. Se niega a llevar pijama por considerarlo prenda burguesa. “Lo sano es dormir desnudo -afirma tajante.

Pero Felisa siempre se las arregla para incluirlo.

   —Hombre de Dios ¿y si pasa algo a medianoche? ¡que vergüenza salir en pelotas!

   —No mentes a Dios que sabes que soy ateo. Con ese pensar siempre dormiríamos vestidos. ¡Anda que si hay un incendio se van a fijar en cómo vamos!

 

Facturan dos maletas porque ella lo convence de que deben tener sitio para las compras que hagan. Él no reconocerá jamás que solo en medicamentos necesita un neceser de los grandes.

 

La primera noche transcurre sosegada hasta que Andrés, puntual como el Big Ben, se levanta de la cama para torcer cuadros. Como no conoce el cuarto hocica con las paredes como una polilla deslumbrada. Aun así, no despierta. Felisa permanece atenta, asomada al embozo. 

Cuando choca con la puerta queda inmóvil “ahora volverá a la cama” -adelanta ella- pero no, girando el pomo sale al pasillo en su absoluta desnudez.

Salta Felisa de la cama, toma la tarjeta- llave en una mano y en la otra su kimono de seda de La Perla y corre tras él.

Al ser bajita va dando saltos hasta conseguir echarle la prenda por los hombros. Intenta introducirle los brazos por las mangas, pero solo consigue mal atarlo así que queda como “el rey transparente”: en cueros vivos bajo su manto.

Dos chicas salen del ascensor. Felisa les hace señas de que va sonámbulo: “ji is eslipwalking” -lo disculpa rescatando el inglés del colegio. Las otras ponen un mohín compungido, pero se carcajean con los ojos.

Al fin consigue reconducir hasta el lecho al exhibicionista involuntario que, inocente del show, se da la vuelta y ronca.

 

Unas horas más tarde, en el comedor del hotel, desayunan preparándose para un día de turismo intenso.

   —Felisa, esas jovencitas no paran de mirarme, muerden la tostada con picardía y me sonríen.

    —Si tu lo dices…

   — Es que me conservo muy bien. Seguro que es por dormir desnudo, el cuerpo respira y se mantiene joven.

Felisa remueve el café con brío.

   —En eso te doy la razón, machote. Pero a partir de hoy, vas a dormir con el pijama, ¡por mis muertos!

Andrés calla. ¡Hay que ver como se ponen las mujeres cuando les dan los celos!

D. W


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