martes, 24 de agosto de 2021

¡DA UNAS GANAS DE COMERRR! (Felisa y Andrés 4)

 ¡DA UNAS GANAS DE COMERRR!        (Felisa y Andrés 4)

A ella le irrita la parsimonia que él despliega al aparcar. No quiere hacerle ni un rasguño al coche “nuevo” comprado hace quince años. Casi no lo usan así que lo tienen flamante. Andrés es un acérrimo defensor del transporte público y de la moto. Eso a Felisa le pone de los nervios sobre todo cuando van a algún compromiso. Aún recuerda aquella vez que se empeñó en bajar al centro en autobús arguyendo que por ser Semana Santa no habría aparcamiento. Lo malo es que ella iba con mantilla y peineta de teja para salir de promesa y casi se la arranca un chiquillo que se sentó detrás y al que se le enredó en el encaje el muñequito de lego.

   —Mujer, si vas de penitencia, que más te da empezarla antes -adujo Andrés que como corresponde a un ateo había quedado con un amigo de cuando fue insumiso para ver una maratón de Ingmar Bergman.

Puede parecer rencor, pero a Felisa no se le olvida ese día.

 

Por fin da por terminada la maniobra y se disponen a entrar en el restaurante del área de servicio. Tarde. Demasiado tarde. 

Un autobús del inserso aparca en la misma puerta y vomita treinta septuagenarios prostáticos y cuarenta señoras dispuestas a poner sus picas en la barra.

   —¡Si no fueras tan mijitas para aparcar!

   —¡Mujer, ni que se vaya a acabar la comida! -a estas alturas ya sabemos que Andrés es un utópico.

La cola para el servicio da la vuelta al porche y las damas se han atrincherado en el comedor tomando al asalto las mesas más cercanas al buffet. Cuando nuestra parejita se acerca a servirse solo queda ensalada de pasta y la paella vegana, que permanece intacta.

   —¡lo ves, lo ves! -Felisa está que trina.

  —Ahora repondrán, mujer, ¿verdad? -pregunta al camarero.

Este contesta apurado:

  —No señor, son ya las tres y esta familia -y señala a los maduritos- pues ya ve usted.

Si, sí que veía. Habían tomado las bandejas enteras con el achaque de que era a compartir y chupaban las cabezas de los langostinos como si les practicaran una lobotomía. Andrés, comunista de pro, no daba crédito a semejante incivismo en gente apenas una década mayor ¡que estos no habían pasado hambre, joé! Le subió tanta rabia a la boca que se la tapó con el móvil e hizo como que hablaba por él: “¡qué me dices! ¿un vertido fecal que ha contaminado toda el agua potable de varios restaurantes? ¿que este es el que está más afectado? ¡ahora mismo nos vamos!”.

El senior más cercano a él empujó más adentro de su oído el sonotone.

 —¿Enh?

 —Pues si, mire usted, quizá a los jóvenes no les pase nada, pero a ciertas edades las miasmas unidas al Sintrón y las estatinas son mortales.

El sordo cuchicheó al de al lado y pronto los setenta jubilados se pusieron en pie y enfilaron al autobús. Eso sí, llevándose todo el pan y las lascas de embutidos.

Quedó el restaurante casi vacío. Felisa, asombrada, no podía creer semejante azaña de su flemático medio tomate.

   —¿Pero como se te ha ocurrido hacer eso?

  —¡Porque me encienden los abusones, coñe!

 

Comieron tranquilos la paella viuda y probaron todos los postres olvidando el colesterol y las lorzas.

  —¿Como sabías que se iban a ir? 

  —¡Ay, gorriona!, porque nadie le teme mas a la muerte que un viejo glotón.

D. W



 

  

  

 

 

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