miércoles, 19 de agosto de 2020

¡AY, LA CHOCHONA!

 ¡AY, LA CHOCHONA!

Se regodeaba paseando por la feria abrazadita a su novio. ¡Que se tragaran la lengua las que sentenciaban que se quedaría soltera por ser grandota y fea!

Siempre soñó con atrapar un tipo con carrera pero el destino le guardaba el premio gordo: un agricultor dueño de buenas tierras, con solo una hermana manejable para dividir una pingüe herencia y que se moría por su mórbida figura.

El muchacho se plegaba a cualquiera de sus deseos  Le tenían fascinados los voluptuosos rollos de carne que salían por debajo de las axilas y los enormes pechos donde calentarse las orejas, fantasía erótica desde que viera “Amarcord”. 

La adoraba como a una diosa troglodita de cintura inabarcable, los muslos soldados a la ondulante barriga ocultando castamente el monte de Venus, apetecible como un mollete con aceite y azúcar.

En la tómbola se había dejado los cuartos para conseguirle el antojo no de una sino de cuatro muñecas Chochonas mientras ella tragaba graciosamente churros rellenos de chocolate. “No quiero que pierdas ni un gramo, vida mia” le decía siempre durante el combate amoroso. “¡Que buena estás!”.

Naturalmente ella lo restregaba a las “amigas” que no tomaban postre para gustar al novio, “la suerte de la fea...”.

De madrugada ya, al dejarla en su casa después del magreo de rigor, ella bajó del coche y abatiendo el asiento para llegar a los de atrás sacó las muñecas.

—Gordi, deja una para mi hermana.

Ciento cincuenta kilos de carne mansa se transformaron en furia que bramaba con los agujeros de la nariz dilatados y la papada temblorosa:

—¡NECESITO las cuatro para adornar nuestro nidito!

—Pero...

—Me estas dando la noche, ¡yo no me caso con un hombre que me antepone a cualquier cosa! 

—Oye que “cualquier cosa” es mi hermana...

—¡Que menosprecio!, no esperaba de ti... - lloriqueó enterrando el hociquito entre los mofletes, gesto que lo desarmaba. 

—Llevas razón, Gordi, ¡perdóname!

Ella, muy digna, asintió abrazando a las chochonas, enjugando las lágrimas de cocodrila con los pelillos de lana. 

Volviéndose se alejó lentamente, ofreciéndole el excitante espectáculo de su gelatinoso pandero.

—¡Nena, desayuna algo!, -suplicó enervado antes de arrancar-

—Veré si puedo, con este disgusto...

Corrió el calzonazos  reventando motor hasta la feria. Ya estaba la tómbola desmantelándose, perdida toda su magia.

—¿Me vende una Chochona?

—Sacabó por hoy, nos vamos pá Almería. -el tipo no estaba para chalauras-

—¡Cinco mil pesetas!

Al feriante se le quitó el cansancio de golpe pero vaciló.

—¡Diez mil! y es lo que llevo encima.

Con un chuzo alcanzó la muñeca. Estaba algo deslucida por ser la muestra, “Esta o ninguna que las demás están empacás”.

Nuestra Venus se asombró cuando la vio sobre la cama de su cuñada, “si ya tenía una para qué quería otra, ¡que caprichosa!”.

El amante obnubilado hundió la mano en el carnudo hombro, “llevas razón, gorda mía” y la llevó a un bufet de pollos asados. 

Le ponía burro verla comer con los deos. 

D. W. 

 


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