jueves, 16 de abril de 2020

HILO

HILO
Bajó de la moto deseando quitarse el casco, siempre le aplastaba el pelo aunque estuviese recién lavado y domesticado. Tanto esfuerzo y tiempo para nada pero no trae cuenta bajar al centro en coche, cuesta más el aparcamiento que dos entradas de teatro.
“Además así llegamos en ná” había dicho su marido, incapaz de tener paciencia para esperar el autobús.
Mientras él anillaba las ruedas con el pitón ella se acercó a un Vespino cercano dispuesto de tal forma que el espejo se ofrecía a delatar mechones encrespados.
Un coche pasó a un centímetro, casi llevándosela. 
En ese instante percibió que hubiera podido morir y le entró risa. Su hombre al percatarse le regañó como si tuviera cinco años: “¡pero bueno, ¿estas loca?, ¿como no has mirado?”.
Ella seguía riendo, no solo no había sentido miedo sino que, a pesar de que podría estar muerta se dio cuenta de que le importaba un comino.
“Tengo el entierro pagado pero te iba a dar la tarde” soltó muy tranquila. El se enfureció, “a mi esas bromas no eh...”.
Extrañó la mujer no haberse soliviantado. La vida es más frágil que un adorno navideño de cristal pero las Parcas no meten la tijera hasta que del reloj de cada uno cae el último grano de arena. Acababa de comprobarlo.
Se vive de prestado pagando intereses y la deuda solo se salda entregando el producto hipotecado. 
Confortada por tenerlo asimilado esa noche durmió mejor que nunca.
D. W. 
*Relato publicado por la revista “El Observador” el viernes 3 de abril de 2020. 


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