miércoles, 18 de diciembre de 2019

AQUELLAS NAVIDADES 1972

AQUELLAS NAVIDADES  (1972) 
Yo sabía que llegaban las Pascuas cuando plantaban la tómbola. El feriante, a horcajadas en una escalera tijera infinita, se desplazaba sobre ella como un malabarista para alcanzar la pepona o el balón. 
Una vez me tocó un teléfono góndola azul, con timbre como los de verdad. Mi madre lo guardó para reyes. 
Nos vestían de pastoras “sui géneris”, cargando con el kilo de garbanzos para los pobres como quien lleva pan a las palomas.
Al son de la lotería se empezaban los dulces comprados en la tienda del barrio con “la cartilla”, abierta desde septiembre  y nutrida por las vueltas. En diciembre el dinerillo acumulado se trocaba en roscos de vino, mantecaos y polvorones, que no se enranciaban porque duraban justo las fiestas.
El turrón blando y duro sin más chalauras, si acaso el de   chocolate Suchard, objeto de deseo apilado tras el mostrador como lingotes de oro.
Los borrachuelos se encargaban en la panadería cercana donde siempre olía a crema fresca y piñitas dorándose en el horno.
Casa Blas proveía de frutos secos. Usábamos las puertas como cascanueces, saltándoles el barniz para disgusto de los mayores, aunque ellos hacían lo mismo con tiesas arencas envueltas en periódico. 
Las comidas sencillas y contundentes: sopa con picadillo de la sabrosa momia que solo venía en pascuas, ensaladilla rusa adornada como un Fabergé con morrones, aceitunas y ronchones de huevo duro. Langostinos llevameacasa.
Carne mechá a cuchillo o rape en salsa.
Refrescos y sidra mundialmente famosa para trasegar tan exótico banquete.
Los abuelos perpetuaban el ritual de apretar mantecaos y batatillas antes de desenvolverlos para compactarlos sin  desperdiciar mijita.
Y a bajar la bola con Maríbrizar.
Los comercios bullían pero al cierre el centro tornaba a limbo para descanso de sus moradores, a salvo aún de las luciérnagas. 
Cada cual se enroscaba en su casa, al amor de un libro, un juego o una afición. 
Eran naVIDAdes tan acogedoras como un seno materno.
Gastar y relumbrar no eran la norma. Bueno, un poquito si, pero solo lo preciso que requería nuestra condición humana. 
Dela Uvedoble 

*Relato publicado por la revista “EL OBSERVADOR” el 13 de diciembre de 2019. 

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