jueves, 4 de enero de 2024

REGALO DE REYES

  REGALO DE REYES 

 

Suelo comprar libros de segunda mano porque es la única forma de conseguir maravillas descatalogadas, porque es bueno para el medio ambiente, porque me encanta el revolver entre montones de libros, sean tirados sobre una manta u ordenados en estanterías carcomidas, para salvarlos de volverse pulpa y reencarnarse en pretenciosos bestseller o en no menos altivos autoeditados. La última razón es mi anémica economía personal, mala pareja del hambre por los libros, pero que me ha hecho ser selectiva en cuanto a su elección (lo que no quita que adquiera novedades interesantes de mis autores vivos preferidos y algunos libros por compromiso social o solidario). Ya dijo nuestro Lorca: “dadme medio pan y un libro”.

A veces estos volúmenes parias me traen sorpresas. Muchos vienen con dedicatorias cariñosas del autor al comprador primigenio. Y me pregunto el porqué se habrá desecho este del libro que con tanta ilusión compró. Otra vez encontré la foto de una muchacha vestida de fiesta. Lleva un vestido largo, collar de perlas y un peinado que proclama la moda de los años cuarenta del siglo pasado. También he hallado notas manuscritas, comentarios sobre algún párrafo, estampas de santos, cromos, recordatorios de comunión, decimos de lotería y quinielas no premiados… pero el más mundano de los hallazgos fue hace un par de años en el rastro. En uno de los libros comprados en un lote encontré un billete de cinco euros en curso legal. Como fue un tiempo después de comprarlo no recordaba al ropavejero, así que me fue imposible devolverlo. Me parecía indecente quedármelo. Lo doné a quien lo necesitaba más.

Cada año pido menos cosas por navidad. Este en concreto nada. Prefiero que los míos guarden su sueldo para sobrevivir, que no es poco. Aún así soy afortunada y me han regalado un precioso pañuelo-chal estampado… ¡con gatos! Mi gente me conoce.

Ayer recibí un libro por correo. Como cada vez salgo menos, la venta por plataformas de libreros de viejo me es muy grata. Tecleo el nombre, sale la librería que lo tiene y lo recibo en casa en menos de una semana. Este pedido se adelantó llegando la víspera de reyes. Al hojearlo cayó de sus entrañas un almanaque de bolsillo. Lo recogí pensando sería antiguo cuando para mi sorpresa descubrí que es de hogaño. Una flamante cartulina con un dibujo de la veterana librería en su anverso y los doce recuadros de 2024 en el reverso. Una preciosidad. El día antes comentaba con mi marido que ya ningún negocio los imprimía, habiéndose interrumpido mi colección de cuatro décadas en 2013 por falta de material. Me dio una alegría inmensa. Supongo la sonrisa en el rostro de quienes lean mi perorata, pero yo me emociono con las cosas más absurdas y lo pequeño es mi perdición. 

Tendré a mano en mi escritorio el almanaque hasta que el año expire. En unos meses cumpliré una cifra redonda de las que terminan en cero como si eso indicara que se comienza la vida de nuevo. Son chaladuras. Pero son mis chaladuras. 

Esta librería, con sus precios populares y ese gesto cortés y extinto de regalar el tiempo impreso en cartulina (con un plus pues es bisiesto), para poder tocar el futuro, ignora lo feliz que me ha hecho. Es un regalo de Reyes inesperado que me ha hecho volver a creer que las casualidades son en realidad pura magia.

D. W




 

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