jueves, 6 de abril de 2023

PIEDAD

 PIEDAD

Va ilusionada Piedita organizando el Vía crucis de Viernes Santo. Anduvo las calles, junto a su vecina de reclinatorio, preguntando casa por casa si querían ser estación de penitencia colgando en la fachada una cruz de las que iban repartiendo. Necesitaban catorce para cumplir con los misterios del santo rosario. Alargando el recorrido las consiguieron. Todos son feligreses de pro o familias receptoras de vales de la parroquia, a gastar en su tienda de ultramarinos.

 

Esa mañana se levanta temprano. Prepara huevos cocidos para desayunar. Quedan perfectos si cuando empieza el agua a hervir recita justo hasta el quinto mandamiento: No matarás. Come con ganas, rebañando la cáscara, lamiéndose los dedos.

Cepilla el traje de terciopelo negro, de manga larga y sin escote. Lo tiene oreándose desde anoche en la terraza. Las telas delicadas, ya se sabe que no deben lavarse y el olor a transpiración, con los años, pasa a formar parte del tejido. Una rociada de perfume lo resuelve. Desecha llevar mantilla, demasiado solemne, aunque sí se prenderá al moño hecho ayer en la peluquería, un velillo que fuera de su abuela.

 

Antes de revestirse con tales galas se da una vuelta por la iglesia a ver si todo está en orden. El viernes Santo no se dice misa, aunque después del Vía crucis se hará, en torno a las tres de la tarde, la celebración de la Pasión del Señor. Luego recorre las calles y comprueba que todos hayan colgado el crucifijo. Al que no, llama al timbre instándolo, con el calco de voz de la protagonista de Misery, a que lo haga. Y de paso, que cubra la barandilla del balcón con su mejor colcha para que el acto sea más lucido. 

 

Piedita se unta de verde los párpados. Levanta con el índice de la mano izquierda las cejas para alzar los pliegues carnudos y con el de la derecha los enluce. Enjalbega el rostro con bb cream. Los labios color ciclamen, besando un Kleenex para rebajar tono. Y con la misma barra se da un toque en los carrillos. 

 

Va a ponerse los guantes, pero recuerda algo pendiente. Saca del armario de cocina una lata de atún y un paquete de veneno de debajo del fregadero y los mezcla. Sube la infamia a su terraza. Así no escarbareis más en mis jardineras, inmundas bestias -dice entre dientes para que no la oiga nadie, aunque vive sola. Sus plantas son seres puros e indefensos y no como los gatos, lascivas criaturas del demonio siempre en celo, siempre buscando sexo.

 

Sale Piedita para la iglesia. Parece novia de luto huérfana de padrino, henchida de felicidad, eso sí, pues portará el estandarte bordado para la ocasión. Será la coprotagonista junto a Don Zambudio, regio dentro del alba y la casulla rojo sangre, que ella ha costeado donándolas al ajuar de la parroquia, aunque con las medidas exactas del párroco y su largo justo sin necesidad de remangarlo con el cíngulo.

 

Para cerrar su puerta-calle, como no encaja bien, debe tirar con fuerza. El portazo hace que la cruz que sustenta se desprenda de su agarre superior y quede colgando del revés, pero Piedita no lo advierte. Lo que sí oye con enfado son los compases de Hotel California con los que algún impío adorador de Satanás, mancilla el Viernes Santo.

D. W




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