jueves, 1 de diciembre de 2022

ENCARANDO LAS AUSENCIAS (Felisa y Andrés 15)

 ENCARANDO LAS AUSENCIAS (Felisa y Andrés 15)

 

El frío ha esperado que termine noviembre para venir. A dos de diciembre estamos ya… y yo mano sobre mano -rumia Felisa.

Parece que a su marido, entregado a la briega con las plantas del patio, le llega por telepatía este pensamiento porque, sacando la cabeza de entre las hojas de la Dama de noche, florecida aún gracias (o desgracia) a las elevadas temperaturas atípicas le pregunta:

  —Niña, ¿cómo es que aún no me has arrastrado a hacer las compras de Navidad? 

Ella suspira, tuerce la boca y mira para el techo.

  —No me digas más. Es por tu Felix.

Félix es su sobrino, el segundo de los cinco hijos de su hermano. Llevan los dos el mismo nombre, y aunque es la madrina de todos, no puede ocultar que él y Andrea, la chica, son su debilidad. Félix es, además, arquitecto como Andrés y a su debido tiempo heredará su despacho. Es un buen profesional pero, sobre todo, es buen hombre.

  —Pues si, mira. Que estoy desganá. El que este año falte me deja como hueca. No me apetece celebrar si uno de los nuestros está fuera, comiendo a saber qué, pasando calor y frío por esas tierras dejadas de la mano de Dios.

  — Precisamente, Felisa, por estar olvidadas de tu dios hay que alabar el que gente como Félix las recuerde.

  —¡Si yo le aplaudo la bonhomía, pero ¡porras, ¿por qué no se vuelve para navidad?!

Se le escapan a la madrina dos lágrimas, gordas como el pirindolo de una tetera. Para que su marido no las vea se vuelve de espaldas y hace como que rebusca en el frutero alguna pieza que esté pocha. Las manos del hombre se apoyan en sus hombros y volviéndola hacia él la abraza, consolándola.

  —No puede venir porque las casas solidarias que proyectó, que tanto esfuerzo le ha costado que sean financiadas por el gobierno y algunos ricachos, aún no están terminadas. La gente de allá sigue viviendo bajo lonas y latas. Y él les prometió que no los abandonaría hasta que nadie quedara sin un hogar de verdad. Debemos estar orgullosos de él. -Andrés se ríe- ¡A pesar de tener un padre gili nos ha salido redondo, el chavea!

Felisa también ríe. Es verdad. Su hermano es un cenutrio. Menos mal que supo elegir una mujer de bandera. Su cuñada ha mejorado la estirpe, sin duda. De cinco, solo uno ha salido al padre, las leyes de Mendel han sido benévolas.

  —Llevas razón, marido. No debo entristecer más a su madre ni dejar a los otros ahijados sin celebración. Brindaremos por él y su coraje. Ahora mismo me voy a poner a hacer las listas del menú, los regalos, las bebidas. Y hay que encargar un árbol….

  —¡Para, para, chiquilla! Si lo sé te dejo mustiar como a la mala hierba… 

  —Procúrate unos zapatos cómodos que nos vamos de tiendas y no quiero ni oír hablar de tus juanetes. 

  —¡A la orden, jefa! 

  —Le vamos a mandar a Félix un cargamento de turrones y mazapanes para que se endulce toda la aldea!

Felisa, sin hacer ruido, se suena la nariz con un pañuelito muy fino ribeteado de encaje. Andrés siente ternura. Su mujer, para algunas cosas, sigue tan cursi como hace casi medio siglo. Y más guapa aún que entonces.

D. W

 



 

 

2 comentarios:

  1. Una maravilla, Dela. De nuevo has hecho con pocas palabras una obra magnífica.

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