jueves, 27 de enero de 2022

EL LUNES QUE ESTUVO EN UN TRIS

 EL LUNES QUE ESTUVO EN UN TRIS

Le gustan los almanaques de taco que solo muestran un día, con el número bien grande y debajo todito el santoral. Y si en el reverso llevan efemérides y las fases de la lunamás. Son el mejor recordatorio de que solo dispone del presente. Carpen diem. El futuro es señor para los optimistas, a ella que es realista casi siempre le sale truhan. El pasado acaba hecho bola en el cubo de reciclaje o si ha estado bueno entre las hojas de un libro. Ella aún lee en papel. 

Al arrancar el dígito del tercer domingo de enero le aparece un lunes mohoso. “¡Que sinvergüenzas, me han vendido un almanaque estropeado!”. Lo descuelga y lo lleva a la mesa de la cocina, improvisando sobre ella un dispensario de primeros auxilios.

Dispone bajo el enfermo varios pliegos de papel absorbente para no dañar a los días venideros. Luego, lo frota con un calcetín suspendido de empleo y sueldo por haberle brotado un tomate. Le sale casi toda la herrumbre, aunque aún parece que el pico del uno sea una mucosidad equilibrista. El resto del moho se irá, piensa, oreándolo y lo cuelga en la alcayata que sostuvo jaulas y ahora alberga un comedero para abejas, pájaros y demás almas libres.

 

“Pocas cosas hay que no remedie el sol” canturrea al descolgarlo y ver que el tratamiento ha sido exitoso. Lo devuelve a su sitio, entre dos retratos descoloridos y bajo el reloj de cuerda nonagenario.

“A mí nadie me dice cuando debo estar triste” y desclava de la cesta de labor las agujas robustas, las mete bajo los sobacos y retoma el trenzando del gigantesco ovillo de perlé, tan voluminoso como un balón playero. 

D. W



 

 

 

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