sábado, 1 de mayo de 2021

¡AY, MAMASITA!

 ¡AY, MAMASITA!

He vivido un cuarto de siglo siendo solo “Mamá”. Ríete de los votos matrimoniales que pueden romperse con una firma. El contrato que ata el cordón umbilical es leonino.

Sea biología o servidumbre implantada durante milenios, las madres-Atlas cargamos con el grueso de la crianza.

El no tener hermanas u otra mujer en la que apoyarme dificultó mi maternidad. Hube de aparcar mi yo- persona-femenino por mi yo-hembra-criadora. Lo que no perdí, por paradoja filial, fue mi yo-creativa. Inventaba canciones para mis hijos, les ayudaba en los deberes ponderando las Letras, el Dibujo y la Historia. Cosía, sin saber, los disfraces más extravagantes; les enseñé a respetar a los animales, peleé por ellos y con ellos, educándolos en ser decentes.

Fui madre Luna Llena. 

Y, sin embargo, no encajaba con mis “colegas”. Íbamos al parque y me sentaba junto a las demás madres, coleccionistas de cumpleaños, chismes de patio e hinchas de las campeonas en amamantamiento. Yo di el pecho cuatro meses a cada hijo y deseando recuperar mi cuerpo. No reconocía esas ubres rebosantes que me manchaban la ropa y se ulceraban. Tampoco era capaz de hablarle a los niños impostando la voz y con diminutivos, me destemplan de siempre esos agudos que se lanza a los bebés.

Acabé llevando un libro escudero, protegiéndome tras él, incapaz de pertenecer a un club solo por haber parido. Entendía el compromiso maternal a mi manera.

Con todo afirmo que la infancia de mis hijos fue el tiempo más feliz de mi vida, aunque el más duro. 

El mejor regalo a una madre es ofrecerle ayuda en la crianza; el mejor favor que hacerse ellas mismas es aceptarla. Y si no llega, tener el valor de anteponerse a lo prescindible e inabarcable. Porque el nido quedará vacío y solo se recordará por un día que fuiste “Mamá”.

Y una tiene muchos más nombres.

D. W



 

 

 

 

 

 

 

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