jueves, 1 de abril de 2021

UNA DE ROMANOS (1973 d. C.)

 UNA DE ROMANOS   (1973 d. C.)

Llevaba todo el día rebiznando cómo salir para ver a los romanos. Su familia era de guardar los lutos a porfía. Ni la Semana Santa se libraba, “¡a ver si van a decir los vecinos que no se ha sentió a la muerta!”. La finada, de 103 años como la etiqueta del famoso coñac jerezano, había pasado los últimos cuarenta con un pie en la tumba, decidiendo morirse justito a tiempo para aguar la fiesta.

Y esa es otra, porque amaneció un Viernes Santo con sol de Corpus. Era mediados de abril, los pájaros revoloteaban cazoleteros, Pepito fardaba del pantalón largo que había estrenado por Ramos y él allí, como un papafrita, leyendo tebeos.

De nada le sirvió hacerse el zurramangón con la mamá, “quiero ir pa rogá por el alma de Tita Higinia”. Ella, que era mú larga, le contestaba, “Dío está en toas partes, hijo”, y seguía espumando los garbanzos de vigilia.

Sentado a lo moruno en el balcón, se entretenía dándoles migas de pan a las hormigas que salían del repintado escaloncillo de madera, teniendo cuidado de que no lo vieran porque sí no, aparecía la abuela con el cacharro del flí, jeringándolas.

Oía perfectamente la bulla y los tambores y vio al mamón del Pepito largarse. Seguro que, después de hacerse una bola con la cera mendigada a los nazarenos, compraría un limón cascarúo bien de sal, y subido al paredón del río vería pasar a los romanos en leotardos, que de noche refresca, con el casco adornado por un penacho rojo. Y lanza, escudo, estandarte.... calle Trinidad convertida en Roma, la plazoleta hecha franquicia de Cinecittá.

Se mordió los labios. No le quedaba otra, que la hebilla del cinturón pica cuando te dan con ella en el culo.

“Ramonsitooo”, -llamó su madre. Se levantó rápido, empujando con la manga las migas hasta el hormiguero y fue a la cocina, de donde provenía la voz.

 —Mira, que me voy a casa Encanna a echá un rosario, tente cuenta del arró con leche, le vas dando vueltas pá que no se pegue. Dentro de veinte minutos, -y señaló el reloj verde manzana- lo apagas. Yo tardaré eso mismo.

Ramón, que lo de Ramonsito le daba dentera, vio abiertas las puertas de la gloria.

No así se quedó solo, bajó el fuego, se puso los zapatos del colegio (aún no le habían comprado las sandalias tocineras para el verano) y salió que se las pelaba.

Llegó a tiempo de ver la novedad del año: Manolo, el pescaéro, subido en una cuadriga hecha con chapones y pintá de purpurina, tirada por un caballo manso, emprestáo por uno que alquila coches en el parque. Una maravilla que arrancó aplausos a la concurrencia. ¡Y como lucía el gachó la capa roja!, tal que hubiera nacido con ella puesta, aunque alguien dijera que parecía Caperucita.

Aún se quedó un momento para ver el trono del Traslado, que le impresionó mucho. El Señó estaba más lográo que los muertos que pintan en “el guerrero del antifá”. 

Llegó a su casa dos segundos antes de que traspusiera por la puerta la mamá. Ya el olor delataba que esa tarde no iban a merendar dulce.

  —¡Joío, que se tá pegao el arró, ¿pero no lo has movío, pamplina?

  — ¡Digo que si lo he movío... como que me he mareao y tó con tantas vueltas.

   —Eso es que tieneh el estómago susio, a vé la lengua...¡Válgame San Acá y San Allá, que son santos que van y vienen, si parece que te la han blanqueáo!

Y pinzándole la nariz para que abriera bien la boca, le metió hasta la campanilla una cucharada sopera de aceite de ricino.

Una hora después, Ramón, sentado el váter, pensaba que Roma bien valía una purga.

D. W

*Personajes y situación nacidas de la imaginación y de los recuerdos de la autora, esperando  que os endulce un poco este viernes santo con minúsculas.





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