miércoles, 25 de marzo de 2020

SAÑA

SAÑA
Acaba de caer un chaparrón inmisericorde. De esos que vuelven pulpa los techos de cartón y empapan los chaquetones hasta hacerlos grávidos.
Para muchos la lluvia no es romántica. 
Me revuelvo en la cama las noches de tormenta, voy descalza y alocada del patio a la terraza, hipnotizada viendo el agua salir del canalón con espasmos de arteria seccionada.
Rememoro un cuento de “Las mil y una noches”.
“Un zapatero casó a la mayor de sus hijas con un labrador y dio la mano de la pequeña a un alfarero.
Pasado un tiempo fue a visitarlas.
_”¿Como te va, hija?”, preguntó a la labradora.
_”Muy bien padre, me diste buen esposo. Solo te pido que reces para que llueva y nuestro campo dé frutos”.
_”Así lo haré, quedad con Dios”
Cuando visitó a la otra inquirió lo mismo, la respuesta de la muchacha fue esta:
_”Estoy contenta padre, elegiste excelente marido. Solo te suplico una cosa, que pidas en tus plegarias que no llueva para que las vasijas se sequen al sol”.
El hombre calló, dio las bendiciones y marchó a su casa entristecido, sin saber por cuál rogar porque la suerte de una era la desgracia de otra, optando por dejarlo en manos de Dios.
Y ayudar a la que saliera malparada”.
Siempre recuerdo este relato cuando llueve. 
Ya se inventó el horno para no temer al tiempo pero deben estar monopolizados.
Bajo el agua se deshacen los SinNada como vasijas sin cocer. 
Sigue lloviendo con saña.
D. W. 


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