DÍAS DE GLORIA
Conchita no pegaba ojo de la emoción. Haber sido escogida como fallera de corte para la comisión del barrio donde vivía desde hacía sólo un año era un honor inesperado. Ella, una malagueñita de diecisiete años, había sido enviada a Dénia por sus padres para servir de compañía a una tía carnal, viuda reciente. Corría el año 1949, aún grisáceo el ambiente por la postguerra, pero en ese pueblo marinero, de los pocos alicantinos donde las fallas son una de las fiestas más populares, habían decidido retomarlas organizando una Plantá de la Penya del Tío Pep en la Glorieta. Conchita, fascinada por el colorido de los trajes y la alegría como de pajarillos de las falleras, soñaba con ser una de aquellas muchachas, aunque creía que era un deseo imposible.
Nunca hay que dar nada por hecho ni por perdido. El difunto marido de su tía fue un conocido representante de telas, apreciado por todo el comercio de la ciudad. Sin nacer en la Terreta, arraigó allí. En atención a esto, Conchita fue invitada a formar parte de la corte. Ese reconocimiento era tan grande que su tía aplazó el luto y dio su consentimiento más que orgullosa. Ella misma le hizo el corpiño de raso negro y mangas largas con un retal de los muchos que conservaba por el oficio de su marido. La falda también salió de allí, un vistoso estampado florido sobre un cancán bien almidonado. La mantilla, manteleta y aderezos fueron alquilados o prestados. Eran tiempos de apañarse con pocos recursos y mucha idea. En la foto oficial aparece preciosa, con la banda de su falla y un anillo de plata formado por dos naranjas, regalo de su tía. Ese mes de marzo Conchita fue dichosa, sin importarle dormir con la cabeza entre almohadones para conservar el peinado de tres moños. Junto a las demás chiquetas de la Comisión, volaban de una falla a otra recibiendo piropos, regalos y convites de buñuelos y aceitunas. Acostumbradas a las restricciones esas golosinas sabían a gloria.
Conchita volvió a Málaga e hizo su vida tal como correspondía a una muchacha de entonces. Siempre recordaría los tres años vividos en Dénia soñando con volver, cosa que no hizo. Y casi mejor así, pues lo añorado era esa pequeña libertad, las amigas, aquel pretendiente diez años mayor, rechazado por ser demasiado obsequioso (a las jovencitas les gustan los malotes, se casan con ellos y lo pagan caro). Creo que Conchita fantaseó hasta el día de su muerte con ese amor. Por eso en su último sueño tenía esa sonrisa dulce en los labios, como si acabara de tomarse un buñuelo mojado en chocolate, con sumo cuidado para no mancharse la manteleta.
Dela W
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