sábado, 28 de noviembre de 2020

ROUGE

 ROUGE

Me he pintado los labios de rojo guinda a sabiendas que nadie los verá, ocultos tras la mascarilla; pero yo lo sé y basta.

Ayer me parecía desperdicio colorearlos pero hoy no.

Esta mañana me enfrenté al espejo de aumento y con el perfilador seguí las curvas de mi boca sin salirme. Luego hice rotar lentamente el cilindro disfrutando la salida del inofensivo, que no inocente, misil de color.

La pintura huele y sabe rica. La extiendo dentro de la marca del lápiz uniendo mis labios en un fugaz beso a mi misma.

Muerdo un kleenex como mordería el pie de un bebé y compruebo que el resultado es perfecto. Queda un redondel asombrado en medio de la blancura del tisú por si hiciera falta identificar mi ADN.

Soy la YO verdadera con rouge y rímel.

La otra, la que sólo usa bálsamo labial, es una impostora.

D. W

*Publicado por la revista “El Observador” 



jueves, 26 de noviembre de 2020

ABUELITO DIME TÚ

 ABUELITO DIME TÚ 

—¡Nene, tíralo ar suelo así le damo trabao a loh barrendero!, -así educaba el abuelo al nieto-, que hay muncho paráo.

La hija de uno y madre del otro no pudo callar su enfado.

—¡Papá, no le digas eso al niño! -con la mirada invitó al hijo a llevar el celofán del caramelo en la mano hasta encontrar papelera donde tirarlo. “Y si no hay ninguna, te lo guardas en el bolsillo para dejarla en la basura de la la casa”.

—Estás amariconando ar niño...

—Por favor, no desbarres.

—¡Po no vé como está er suelo de mierda... eso é curpa de ello que no limpian... pero si que cobran.

La mujerya harta, le cortó:

—Si está sucio es por gente como tú que empuerca.

Una señora que pasaba la aplaudió, “¡muy bien dicho hija!”.

El entrañable abuelito bramó: “otra chalá perdía, y tú vaya boquita llamando puerco a tu padre”.

—Vale ya, mejor nos vamos que no quiero discutir, ven hijo, despídete del abuelo.

El chavalillo trotó como un gamo, meneando graciosamente el culo abultado aún por el pañal. Paró en seco al ver una cáscara de plátano cuyo amarillo resaltaba impúdico sobre el gris de la acera, muy cerca de una papelera. Recogiéndola y poniéndose de puntillas, la arrojó dentro.

—¡Niño, no coja ná der suelo! - vociferó el patriarca-

El chavea, con cara de tener cuarenta años, respondió muy serio:

—Abuelito é para que tú no la pise y te caiga.

El orgullo que sintió la mujer le hizo abrazarlo, llenándolo de besos maternalmente caníbales, “Ay hijo, ¡que te quiero!”.

Y se fueron los dos hechos uno, el inocente en brazos diciéndole adiós a su abuelo moviendo una manita, aferrado al cuello de su madre con la otra.

El viejo buscó un banco, sacando de la riñonera los Ducados y el encendedor. Cuando terminó el pitillo tiró al suelo la colilla, el paquete vacío y después de un repulsivo sonido gutural, un gargajo verde.

Luego se puso a chamullar: “cría cuerva en colegio pago pá que te deje malamente delante er nieto. Este sale cáscara amarga”. 

Y volvió a escupir. 

D. W

*Publicado por “El Observador” el viernes 13 de noviembre de 2020.


sábado, 21 de noviembre de 2020

ASÍ ÉRAMOS

 ASÍ ÉRAMOS 

Me sacaba del duermevela la tenue caricia en la mejilla. “¡Ay, pero si tieneh calentura!, abre la boca... otra vé anginah”, decía mi abuela y remataba, “hoy no vá a la escuela”.

Palabras mágicas. Cambiaba gustosamente no poder tragar ni agua por pasar unos días enchoclá en la cama de mis padres, rodeada de tebeos y cuentos. Detrás de la luna del ropero guardaba mi madre un joyero en el que me dejaba cancanear para distraerme. Era como una matrioska con un sinfín de estuchitos dentro. Al abrirlos me deslumbraban las baratijas con las que yo soñaba adornarme cuando “fuera grande”.

A veces me hacía compañía una Virgen que vivía en una urna y visitaba las casas, acampando en aparadores o coquetas. Gracias a ella nunca temí a las serpientes, tenía una bajo las sandalias y como si nada.

Arrebujada en la bata enguatá, sentada en la descalzadora de terciopelo ralo miraba tras los cristales del balcón. Poca vista se abarcaba pero en los setenta el barrio de la Trinidad era un bulle bulle. 

Enfrente estaba la mercería mejor surtida del mundo, lo que no tuviera lo traían. Todas las familias vestíamos de allí y se pagaba según convenio particular con la dueña.

Hacia media mañana oía el grito de Diego el pescaero: “Niña, vivitoh loh traigo” y salían todas las mujeres con platos y fuentes.

Él desplegaba su romanilla y despachaba generosamente los jureles pa el emblanco, las sardinas pa moraga y las pescaillas, que se freían mordiéndose la cola cual extravagantes pulseras de Cartier. 

Las almejas y coquinas caían en los platos con ruido de redoble. Y los chanquetes en almáciga gelatinosa como alienígenas de inquietante transparencia.

Lo vi siempre escoltado por una corte de gatos a los que daba morralla y nombre, cuidando que ninguno se quedara sin comer, apartando a los más glotones que avasallaban a los tímidos.

Después de almorzar se presentaba el cabrero trayendo en una gran lechera su mercancía. Igual revuelo de comadres con jarras, y el soniquete pedigüeño “despáchame con chorreón”.

La leche había que hervirla sin quitarle ojo pues de buenas a primeras aquello parecía un volcán escupiendo lava. Al derroche de lo perdido se añadía el tener que volver a limpiar los quemadores de la hornilla, empresa harto jartible, valga la redundancia, que se hacía con asperón y limón y dejaba las manos esollás. La ventaja de estar enferma era que te ahorrabas el engorro y encima te llevaban a la cama la  costra de nata que cuajaba en la superficie, pura grasa que me sabía entonces, quizá por la deferencia y sin azúcar siquiera, a gloria.

Si había suerte aún podía venir el tío de “¡Al riiiicooo cokiiii!”, golosina singular de cucurucho coronado con crema Dios sabe de qué fucsia y blanca, calentona de sol. Venían dispuestos como las biznagas, en bandeja con agujeros. Unas dos pesetas costarían. Era oír el pregón y las madres hurgaban en los monederos buscando las monedillas para regalar el pico hasta del más zangón. Contra todo pronóstico jamás conocí a nadie que tuviera cagaletas después de jamárselos, imagino que estaban recién hechos y a las bacterias no les daba tiempo a atacar.

Estos paréntesis constituían mi reloj particular en los días de fiebre y deberes postergados, el ajetreo me daba noción de la vida real, la que vivían los adultos hace cincuenta años.

No olvidare nunca los haces de luz arrancando oro a la manta amarilla ni las visitas de mi vecina Conchita que se asomaba para preguntar “¿como está la niña?” blandiendo un ejemplar de “Liiy” o “El príncipe Valiente” que me prevelicaban.

Ya no existe esa casa como hogar, jamás volveré a asomarme a sus balcones, el tiempo desgrana suavonamente.

Únicamente el sol es el mismo en esta Málaga bendita que sobrevive alegre pese a todo.

D. W

*Publicado por “El Observador” el 20 de noviembre de 2020.

 

 

 



 

 

viernes, 20 de noviembre de 2020

COSAS DE MUJERES

 COSAS DE MUJERES 

Amadea mandaba comprar todos los jueves media docena de dulces: dos caracolas, dos merengues y dos locas porque ese día la visitaba Catalina, una prima hermana muy querida. 

Cercanas a los ochenta las dos seguían con su costumbre, Amadea vivía con su hija, yerno y dos nietos; Catalina más sola que la una.

Las dos mujeres tomaban su vaso de cebá con leche condensada en la cocina si era invierno o en la mesita del cierro si era verano pero siempre muy calentita, “fría no vale ná” se decían sorbiendo sonoramente para no quemarse. Al fin las dos eran casi sordas.

Comían un dulce cada una y según pacto tácito, Catalina se llevaba otros dos para su cena y desayuno del día siguiente. Las caracolas, más duras de hincar el diente, eran para los niños que jugaban alrededor de ellas.

Catalina suspiraba entre bocado y bocado, derramando alguna lágrima y lamentando el no haber tenido hijos, “con lo que el Mariano y yo hicimo pá no tenerlo... creyendo que tiempo habría y mira, con treinta y seí año se lo llevó un mal aire”.

La nieta, que despuntaba ya tetillas, al oír estas cosas aguzaba el oído. En el colegio le habían explicado, más o menos, como se hacían los críos pero no como no hacerlos.

—Yo tuve una y es mi vejé... pero no vinieron má porque nos casamos ya polletones, sabe tú que el Teodoro no quiso tomá estado hasta que su madre murió, que llega a tardá má mi suegra en espicharla y me muero mosita. Nosotro nunca hisimo trampa, a los treinta y ocho dejó de venirme “el primo” y sé serró la fábrica.

—Po yo hice de tó, desde estornúa despué y lavarme con vinagre hasta la goma, aunque a mi marío poca gracia le hasia... la lavaba y entalcaba hasta que se rompía y había que comprá otra... de mientra fiarme de que la sacara a tiempo.

—Niña, ¿pero a ti te gustaba tanto...el asunto?

—¡Digo, má que este durse!

—¡Ay, pos a mi no!, ¿tú sabe que nunca le di un beso en la boca al Teodoro?

—¿Y por qué?, -preguntó la otra dejando el pastel a medio roer-

—Con la de mecrobio que hay... ¡eso é ezquerozo!

—¡Ou, prima po entose, de meterse el pito en la boca meno, ¿no?

La niña hacía como que estaba entretenida haciendo pulseras con plásticos de colores pero no perdía puntá de la charla.

—¿Y tú sí?, ¡vargame Dio de lo que se entera una!

—Chocho, tú te lo perdiste, y ¿él a ti tampoco te comía...?

—¡Meno!, -cortó tajante- eso son visios, un hombre que quiera bien a su mujé no la obliga a eso.

—Que no me obligaba, que a mi me gustaba...

—Come y calla, anda, que hay ropa tendía, -advirtió Amadea a su prima al ver a la niña demasiado quieta.

Esa noche, mucho después de irse Catalina merendá y con sus dos dulcecitos, ya acostadas abuela y nieta que compartían cuarto le dio a la primera por preguntar a la segunda.

—Niña, ¿tu ha escucháo argo de lo que hemo hablao la prima y yo? 

—Sí, ágüela... que hacía sesenta y nueve con er marío, -le contestó muy formal.

Amadea se quedó pensativa echando cuentas; no le cuadraba que fuesen tantos de familia. 

D. W






martes, 17 de noviembre de 2020

PURA BELLEZA

  

PURA BELLEZA

¿Existen las casualidades o es el destino?. Una se cree un ser raro, porque vive para adentro y su undécimo es “no molestar”. Que su imaginación es demasiado alocada y debe ponerle riendas, anteponiendo deberes a expansiones del alma, ignorando que son tan necesarias...y un día navegando por las eclécticas aguas de las redes encuentra extraños peces transparentes que resultan sernos pares.

Y se crea un cardumen perfecto. Y una es feliz hallando, por fin, su hábitat.

Segundo domingo de noviembre, feria del libro parido por malagueños. Luce un sol perfecto cuando acudo a la Alameda buscando con la mirada a mi compañera en una Antología de cuentos seleccionados entre narradores de veintitrés países. Únicamente treinta autores y dos somos de Málaga. Si eso no es milagroso... Solo hemos compartido un zoom, hablado un poco y leído mutuamente mucho. “¡Hola, Puri, soy Dela!”.

Alegría en sus ojos y humedad de emoción en los míos. Las circunstancias nos prohiben los abrazos pero no el gozo. Charlamos mientras ella firma su novela “Actrices secundarias”, sonriendo con los ojos a sus lectores. Recibo mi ejemplar llevándome sus letras de cariño azul. Me llama “compañera de letras y viaje” y muero de timidez y orgullo. Con ganas de que nazca su nueva novela, ya coronando, “La raíz de la memoria” para disfrutarla.

Me he desayunado con “Actrices...”, suelo empezar el día escribiendo mas hoy lo he hecho engullendo golosamente las letras de Puri García Díaz. Me han llenado de fuerza en una jornada agria por las nuevas medidas de contención del virus. Por eso digo que no sé si es casualidad o destino encontrarnos con ciertos seres en el momento preciso, ángeles que te prestan sus gafas para ver lo que tú no ves.

Decir simplemente que el libro me ha gustado sería imperdonable. Su trabajo induce a pensar, traspasa y llega como un dardo perforando las más remotas emociones; es la grandeza de la cotidianidad de la mujer planteando, con dulce maestría, circunstancias difíciles de abordar, casi tabúes aún.

Me quedo con una frase del microrelato “Poética del agua”:

“...Y es que no llueve igual cuando una está sola. Eso dice mi amiga”.

*Para Puri García Díaz, con toda mi admiración.

D. W

*Publicado por “El Observador” el viernes 13 de noviembre de 2020.



sábado, 14 de noviembre de 2020

AUSENCIA ABIERTA

 AUSENCIA ABIERTA 

La rosa malhadada sigue siendo bella para el jardinero mas con dolor la corta, es preciso para que el rosal siga creciendo.

La deposita, junto a las demás flores yertas, en un lecho compactado y allí amalgaman el néctar que nutre a quienes las añoran. 

En la naturaleza todo es circular, nada se pierde. El amante encuentra a su amada en los idénticos pétalos de sus vástagos, en la tenue estela de su perfume inolvidable.

La condición mortal nos ciega, negamos todo lo impalpable pero sigue aquí encarnada en lluvia o viento.

Dejarla ir para tenerla cerca es la dura lección impuesta, la más difícil, la única necesaria.

Aunque el jardinero cada víspera ruja como animal herido, buscándola.

 D. W

*Para J. F. y su eternamente ELLA.



miércoles, 11 de noviembre de 2020

CASERONES Y ECTOPLASMAS

 

 CASERONES Y ECTOPLASMAS

Postergaba el momento de llevar la cena a mi padre todo lo que podía. El lugar donde trabajaba de guarda, aunque siniestro, no me daba miedo pero me aterraban los tironeros que infestaban el barrio.

Mientras hacía la primera ronda le preparaba la mesa, sentándome a esperarlo en el destartalado sofá que se había procurado, frente a una escalera de piedra sin barandilla.

Una noche vi bajar por ella un hombre corpulento y algo giboso, calvo en la coronilla pero con la cabellera, que percibí blanca, larga por detrás. Parecía llevar una camisa blanca abierta, como flotando. Todo él era alabastro.

En un segundo desapareció entre las sombras. 

Volvió mi padre y tomó su cena, de fondo oíamos la radio que nunca apagaba. De repente solté: 

—He visto un fantasma.

—¿El médico?, baja toas las noches -me dijo tranquilamente.

—¿Por qué le dices médico?.

—Porque lleva bata.

Aquel lugar fue Casa de Socorro.

No era mi primera experiencia con espectros, ya había convivido con uno encontrado un día que acompañé a mi madre al cementerio.

Estuvimos una temporada juntos pero lo emplacé a irse porque leía sobre mi hombro y eso no se lo tolero a nadie.

Años después me alojé en un parador del siglo XVI que había sido convento de clausura. Durante dos noches las monjas no pararon de despertarme para que las acompañara a rezos y maitines, “que soy atea hermanas”, - les decía pero ni puñetero caso, ni en el aseo respetaban mi intimidad.

Para ignorarlas me deslizaba descalza por las baldosas heladas hasta la ventana, enjuta y oscura, y me ensimismaba admirando la silueta de un nido de cigüeñas en dulce espera. Mientras, a mi  espalda, las sores seguían ora que ora a ídem (con h) intempestivas. 

No le temo a los fantasmas pero me dan tirria las ánimas purgantes cabezonas, sobre todo las vengativas que al marchar dejan un reguero pegajoso en el suelo. 

Por fastidiar.

Todos sabemos que los espectros flotan.

D. W 

*Publicado en “El Observador” el 6 de noviembre de 2020. 

 


MAMÁ DELA

    MAMÁ DELA Mis brazos habían olvidado el contorno de un recién nacido, pero fue rodear a mi nieto y la memoria recuperó la medida exact...