sábado, 29 de agosto de 2020

EL BAÑO

 EL BAÑO

Ama preparaba la bañera a su gusto, con aceite de almendras dulces y jabón de rosas. Su proyecto de gato la miraba curioso, era un entretenimiento para una tediosa tarde de verano verla hacer idioteces.

Revoloteando apareció una palomilla blanca, de esas que dicen pronosticar buenas nuevas.

La mujer lo percibió como excelente augurio. El minino sin embargo pensó que el dios de los gatos le mandaba un juguete.

Andaba la humana ciega momentáneamente por mor del champú cuando sintió a sus espaldas una zambullida, un tropel y mil alfileres pinchándole la retaguardia.

De un salto se puso en pie a riesgo de resbalarse sorprendiendo al travieso minino pugnando por salir de entre la espuma a suelo firme.

Ama lo agarró del morrillo y ahí quedó como nutria rubia, ungido, humillado y castigado en su maldad.

La palomilla, intacta, salió por donde entró haciéndole un corte de alas a la fiera.

Ama se miró en el espejo con la postura de Venus Calipigia viéndose el trasero tal que si se hubiera sentado sobre un muestrario de cortadores de pizzas. Mientras se retorcía para rociarse con clorhexidina pensaba en trocar por unos días el tanga playero por un decoroso bañador.

Tenía el culo como de venir de orgía sadomasoca con látigo de a euro.

D. W

 


viernes, 28 de agosto de 2020

DE TERMÓMETROS, GATOS Y ESCOBAS

  DE TERMÓMETROS, GATOS Y ESCOBAS 

El mercurio sube tan alto como un suicida convencido. En días de Terrá, cuando parecen abrirse las puertas del averno, da la impresión que reventarán los termómetros salpicando de gotas argénteas a quien pille. 

Para mí nada indica con mayor precisión los grados que los gatos. Los que en invierno semejan manguitos de piel en verano se convierten en boas peludas de más de 80cm de longitud (rabo incluido).

A mayor alargamiento felino, más calor. Matemático.

Lastima no ser gata ni caber debajo del aparador. Tampoco puedo tenderme sobre el cristal de la mesa, parecería que van a amortajarme. 

La táctica felina del estiramiento y ralentización es perfecta para sobrevivir a los días infernales. Basta con no coscarse, comer poco, beber algo y dormir mucho.

Antes del aire acondicionado luchábamos contra el Terrá atrincherándonos en casa con el papay, la siesta quien pudiera, el beso al botijo y la estrategia gastronómica de ajo blanco y gazpacho. Nadie hay más valiente que quien enciende los fogones bajo temperaturas de sauna.

La mar se vuelve helada mientras arde el aire y no hay cuerpo que aguante en la playa el cocimiento al soplete.

Voy a poner una escoba de pie tras la puerta. Superstición casera infalible para despachar visitas inoportunas. A ver si el Terrá se percata y se va a donde picó el pollo.

D. W 



miércoles, 26 de agosto de 2020

VERANO 1919 (Málaga)

 VERANO 1919.  (Málaga)

Con la llegada del buen tiempo arraigaba, en la playa de la Malagueta, un complejo de madera que permitía el prodigio de bañarse sin meterse en el mar al módico precio de 1’50 ptas. Esteras que pesaban un quintal guardaban de miradas libidinosas, que no era cuestión de anteponer la salud del cuerpo a la del alma.

Las mamás, haciendo malabarismos con la economía familiar, llevaban a sus retoñas al balneario “Baños de Apolo” tres días correlativos y siempre entre las dos vírgenes veraniegas que si no las aguas no estaban benditas y por tanto sin garantizar el efecto salutífero.

Las progenitoras aguardaban la terapia de las niñas  dándole a la sinhueso y abanicándose para mitigar los bochornos propios del estío.

Tras ponerse un recatado “camisón de baño” y cubrirse las largas cabelleras con un pañuelo las mozuelas se sumergían en grandes tinas llenas de agua de mar, dando repullos dado la poca costumbre de sentirse abrazadas por el líquido elemento.

Lo natural era lavarse en barreño y por comarcas así que esto constituía un acto heroico, en aras de la salud, para no acatarrarse mucho a la vuelta del invierno, que ya se sabe que una pulmonía se agarra denseguía ar pecho y se lleva palante a la más pintá.

Unas mujeronas controlaban religiosamente el tiempo de inmersión; pasado este envolvían a las bañistas en níveos toallones que absorbían una barbaridad, frotándolas como para sacarles brillo hasta dejarlas colorás.

Luego levantaban las toallas todo lo alto que permitían sus brazos para que las jóvenes se quitaran los camisones que quedaban a sus pies como piel mudada.

Cumpliendo con el decoro el telón no bajaba hasta que las interfectas cubrían sus blancas carnes, un tesoro de belleza que había que defender del sol a sombrillazo limpio.

 En el sainete no faltaba el mirón que intentaba burlar la vigilancia del decentísimo establecimiento con la esperanza de ver siquiera una turgente pantorrilla.

Si el ratero visual era sorprendido los gritos mujeriles se oían en el Palo, pero pocas veces pescaron a alguno ¡como que nadaban mejor que un boquerón!.

Después del trajín las muchachas quedaban algo lacias así que las mamás previsoras les daban un dedal de Moscatel como reconstituyente.

Acabada la libación casi sacramental volvían a sus casas y desayunaban porque hay que decir que para que las aguas fuesen efectivas debían tomarse en ayunas y bien temprano.

Efectuado el paréntesis acuático a las nueve ya estaba cada una con su tarea. 

No existía en esos tiempos el concepto de vacaciones, solo las clases pudientes disfrutaban de ellas, los demás se aviaban con botijo, abanico y alargarse con el pañillo algún domingo al campo, donde sabían mejor las papas en adobillo y la ensaladilla de pimientos asaos con su poquito de hormigas. 

D. W.




lunes, 24 de agosto de 2020

APAÑOS

 APAÑOS 

Hasta un dictador japonés medieval acostumbrado a ver como sus samurais se destripaban ante él tenía su corazoncito.

En el siglo XV de nuestra era occidental el Shögum Ashikaga Yoshimasa rompió fortuitamente su chawan, el hermoso tazón con el que cada día celebraba la ceremonia del té.

Profundamente desolado, porque era cruel pero sensible, ordenó repararlo pareciéndole el arreglo tan burdamente evidente que casi manda decapitar al artesano.

Le hablaron de otros con fama de exquisitos y a ellos confió la reconstrucción.

Imagino el terror al aceptar el encargo impuesto. La grieta en porcelana es imposible de disimular así que optaron, no se sabe si en un alarde de imaginación artística o por sentir ya la vida perdida, por unir los trozos con la resina de árbol urushi a la que añadieron polvo de oro.

Las fisuras eran patentes pero la pieza se enriqueció, así nació  el arte llamado KINTSUGI o “carpintería dorada” traducido del nipón. 

Esta moda llegó a tal grado que los fabricantes rompían adrede sus mejores piezas para recomponerlas mediante cordones de materiales nobles y así subir el precio. 

Ya no se trataba de un remiendo, el asunto trascendió a llevar la cicatriz con orgullo distintivo, como las escarificaciones en las  tribus antiquísimas que hablaban del temple de sus portadores.

En cambio, los rotos del alma suelen resolverse con engrudo, menos mal que no se ven si no perderíamos valor de mercado.

Casero Kintsugi emocional.

D. W

 

sábado, 22 de agosto de 2020

“VERANEO 1974”

 “VERANEO”  (1974) 

 De junio a septiembre, con el sol aún zascandileando en los tejados, no había tarde en la que Isabé dejara de baldear la calle. 

Aquella mujer menuda, vestida siempre con batita de briega, sostenía el cubo con una mano mientras con la otra, haciendo cuenco, cristianaba el reseco empedrado desde su puerta a la de enfrente. La bicha de goma no le gustaba.

Luego deshacía los charcos a escobazos hasta dejar el trozo de calle niquelá, dispuesta para la tertulia nocturna. 

Para la chiquillería el secado era señal tácita de salir a jugar. En un tiempo en que veranear era palabra hueca la calle se convertía en campamento de verano.

Se bajaba escamondáo, ya fuera en ducha, barreño o pagando la alcachofa de la barbería cercana, empapuzáo en colonia y con sandalias de suela de tocino. 

Tras la pausa de la cena bajaban también los adultos. 

Cada uno sacaba su silla de anea. Los sitios, como los buenos teatros, eran fijos. El culo de una vecina volvió cóncavo un escalón tras cincuenta años de roce mutuo. 

Barrio-terapia para burlar la caló y encarar el sueño.

Mientras… los críos se acomodaban en los bordillos admirando el vuelo de los murciélagos y las volutas de los Goyas largos… atiesando las orejas cuando los mayores bajaban la voz.

Vacaciones, para el niñerío obrero, eran excursiones a La Ibense, zampullás por Misericordia, tebeos de Carrasquilla, unigénitas tardes de feria y Tivoli. 

Isabé siguió baldeando hasta que su memoria se evaporó,  como esa época que ya no existe más que en el magín de quien la recuerda. 

D. W 

 


jueves, 20 de agosto de 2020

SUNSET BOULEVARD

SUNSET BOULEVARD  

“Siempre quise tener una piscina, bueno, al final la conseguí... aunque tuve que pagar un precio muy alto”.

Nací pobre, como todos mis hermanos, pero jamas me resigné a la miseria. Si ellos se contentaban con las frutas podridas del vertedero yo soñaba con las doradas uvas que comían los ricos y la embriaguez del champán.

Nunca volé bajo, picaba alto, ¿acaso cualquier mariposa chillona iba a ser mejor solo por tener genes multicolores?. Yo resultaba atractivo por mi sólido físico y la negra pelambrera irisada en verdores azules. Nunca fui vago para desplegar las alas buscando prosperar ni delicado en cuanto a cómo conseguirlo.

Desgraciadamente no pude esquivar un traicionero golpe y caí fulminado cuando apenas había empezado a conocer la gloria.

Ahora floto en las aguas turquesas de una lujosa pileta californiana hasta que la depuradora succione mi cuerpo. 

Cinematográfica muerte para un moscardón.

D. W

*Humilde homenaje al 70ª aniversario de la película, que aquí titularon “El crepúsculo de los dioses” y a su director Billy Wilder. 



miércoles, 19 de agosto de 2020

¡AY, LA CHOCHONA!

 ¡AY, LA CHOCHONA!

Se regodeaba paseando por la feria abrazadita a su novio. ¡Que se tragaran la lengua las que sentenciaban que se quedaría soltera por ser grandota y fea!

Siempre soñó con atrapar un tipo con carrera pero el destino le guardaba el premio gordo: un agricultor dueño de buenas tierras, con solo una hermana manejable para dividir una pingüe herencia y que se moría por su mórbida figura.

El muchacho se plegaba a cualquiera de sus deseos  Le tenían fascinados los voluptuosos rollos de carne que salían por debajo de las axilas y los enormes pechos donde calentarse las orejas, fantasía erótica desde que viera “Amarcord”. 

La adoraba como a una diosa troglodita de cintura inabarcable, los muslos soldados a la ondulante barriga ocultando castamente el monte de Venus, apetecible como un mollete con aceite y azúcar.

En la tómbola se había dejado los cuartos para conseguirle el antojo no de una sino de cuatro muñecas Chochonas mientras ella tragaba graciosamente churros rellenos de chocolate. “No quiero que pierdas ni un gramo, vida mia” le decía siempre durante el combate amoroso. “¡Que buena estás!”.

Naturalmente ella lo restregaba a las “amigas” que no tomaban postre para gustar al novio, “la suerte de la fea...”.

De madrugada ya, al dejarla en su casa después del magreo de rigor, ella bajó del coche y abatiendo el asiento para llegar a los de atrás sacó las muñecas.

—Gordi, deja una para mi hermana.

Ciento cincuenta kilos de carne mansa se transformaron en furia que bramaba con los agujeros de la nariz dilatados y la papada temblorosa:

—¡NECESITO las cuatro para adornar nuestro nidito!

—Pero...

—Me estas dando la noche, ¡yo no me caso con un hombre que me antepone a cualquier cosa! 

—Oye que “cualquier cosa” es mi hermana...

—¡Que menosprecio!, no esperaba de ti... - lloriqueó enterrando el hociquito entre los mofletes, gesto que lo desarmaba. 

—Llevas razón, Gordi, ¡perdóname!

Ella, muy digna, asintió abrazando a las chochonas, enjugando las lágrimas de cocodrila con los pelillos de lana. 

Volviéndose se alejó lentamente, ofreciéndole el excitante espectáculo de su gelatinoso pandero.

—¡Nena, desayuna algo!, -suplicó enervado antes de arrancar-

—Veré si puedo, con este disgusto...

Corrió el calzonazos  reventando motor hasta la feria. Ya estaba la tómbola desmantelándose, perdida toda su magia.

—¿Me vende una Chochona?

—Sacabó por hoy, nos vamos pá Almería. -el tipo no estaba para chalauras-

—¡Cinco mil pesetas!

Al feriante se le quitó el cansancio de golpe pero vaciló.

—¡Diez mil! y es lo que llevo encima.

Con un chuzo alcanzó la muñeca. Estaba algo deslucida por ser la muestra, “Esta o ninguna que las demás están empacás”.

Nuestra Venus se asombró cuando la vio sobre la cama de su cuñada, “si ya tenía una para qué quería otra, ¡que caprichosa!”.

El amante obnubilado hundió la mano en el carnudo hombro, “llevas razón, gorda mía” y la llevó a un bufet de pollos asados. 

Le ponía burro verla comer con los deos. 

D. W. 

 


MAMÁ DELA

    MAMÁ DELA Mis brazos habían olvidado el contorno de un recién nacido, pero fue rodear a mi nieto y la memoria recuperó la medida exact...