martes, 30 de junio de 2020

PLATOS

PLATOS 
Cuando naces con la maldición de ser ordenada un lavavajillas te parece el súmmum de la perfección. 
Arriba tiene un cajón estrecho y compartimentado milimetricamente para disponer la cubertería sin que se despeine al pasar por el agua.
En medio se ponen los cacillos, cuencos y fuentes y abajo los platos de mayor a menor: llano, sopero y postre. Tras ellos la olla grande o la sartén.
Mirándolo tan bien dispuesto se asemeja a un joyero; le doy al botón y su run run me acompasa la sobremesa sin alterarme.
La lumbre viene de un cristal mágico que se limpia con un paño y cold creme para hornillas, nada que ver con los quemadores ennegrecidos que me mandaban escamondar cuando niña con asperón y limón hasta volverlos oro.
Aún lavo a mano algunas piezas delicadas como la vajilla de mi abuela o las copas buenas, excepción merecen.
Recoger la cocina cuatro veces al día diluye el carácter aunque espero desde hace años que salga a la venta un robot igualito que “el hombre bicentenario” para endiñarle las labores del hogar mientras yo hilvano historias o me rasco.
Pérfida monotonía.
D. W.  (“Lo cotidiano”)


lunes, 29 de junio de 2020

EL AÑO EXTRAVIADO

EL AÑO EXTRAVIADO 
Con las uvas preparadas para atragantarse el país entero despedía los últimos doce meses esperando ingenuamente que la próxima docena le saliera más buena. 
Iba amaneciendo el uno de enero según la rotación que el globo terráqueo disponía cuando las calendas saltaron de 2019 a 2021. Ni rastro de 2020.
Los científicos del observatorio de Paris se volvieron locos trasteando los relojes atómicos, esos que dicen retrasarse un segundo cada treinta mil millones de años. Sus jactanciosos colegas americanos teniendo en Washington “el reloj que pone en hora al mundo” acabaron con la reserva de donuts por la ansiedad.
Hasta probaron a darle una patada como a las máquinas expendedoras cuando no sueltan el sándwich pero nada.
El MÁSTER CLOCK la había cagado.
Ya se sabe que en los relojes de gran esfera el tiempo va más lento en la mitad de arriba que en la de abajo por mor de la gravedad, pero eso de perderse todo un año no había pasado nunca desde que al humano le dio por datar los acontecimientos y celebrar cumpleaños sorpresa, jodiendo al interesado en no aventar tal aumento de cifra vital.
Los eruditos y entendidos, las mentes más preclaras de la ciencia y la tecnología y hasta los relojeros del Big Ben y de la Puerta del sol reconocieron, ya a finales de junio, que 2020 jamás nació.
Fue un varapalo porque hubo que retirar cantidades ingentes de calendarios con esos dígitos pero la vida siguió.
Indecente fue el espectáculo que dieron los dirigentes culpándose unos a otros aunque asegurando que el percance no tendría consecuencias. Los expertos reconocieron humildemente que el tiempo puede medirse pero no controlarse.
“Tempus fugit” libremente.
 D. W. 
*Este relato fue publicado por la revista “El Observador” el viernes 26 de junio de 2020. 

sábado, 27 de junio de 2020

SAN JUANITO

SAN JUANITO 
Lo único que dejó Encarna al abandonar este mundo fue una ingenua figura del Bautista niño, se lo confió a su vecina Amparo que veló por ella en sus últimos meses.
_”Pídele lo que necesites, ques mú milagroso”, fueron sus últimas palabras.
Amparo lo puso sobre la cómoda, desde allí dominaba el dormitorio pareciendo mirarla con sus ojos de cristal oscuro rodeados por pestañas de pelo natural. A la luz incierta de la mariposa parecía vivo y le acariciaba la cara, las manitas, los pies descalzos... hasta le cosió una túnica de paño porque se figuraba que tendría frío en invierno.
Ella le confesaba su anhelo: “¡ay San Juanillo si yo pudiera tener un rorro con tus ojos...”.  La mujer llevaba ocho años casada y no había quedado jamás encinta. “San Juanillo, con tóa mi alma te lo pío, ¡dame un niño a quien queré!”. Su marido la consolaba diciendo que si no estaba de Dios con tenerse el uno al otro bastaba pero lo deseaba tanto como ella.
Había hecho novenas e incluso ido a Carratraca a tomar aguas que despertaran su fecundidad; de nada sirvió el dispendio, su vientre siguió plano y aumentado el desconsuelo. 
Una noche sintió que una mano fría y diminuta le acariciaba el rostro, asustada abrió los ojos y vio a San Juanito sentado a su vera, en el filo de la cama y con las piernas cruzadas como los hombres en el casino.
—Amparito, me mandan a decirte que pronto tendrás quien te llame madre, no penes mas.
Dicho esto y después de besarla fugazmente en la frente volvió a la cómoda de un salto.
Despertó agitada, sin saber si fue sueño o aparición. Aún no clareaba y por la ventana entreabierta entraba un vientecillo burlón que vareaba los visillos.
Notó frío y fue a cerrarla, estremeciéndose al sentir todo su ser enervado.  Se metió en la cama buscando el cuerpo de su esposo para templarse y lo halló. Fue una entrega total y alegre por la convicción que del encuentro saldría una vida, jamas él había sentido la piel de su mujer tan dulce ni sus senos más bravos. Tras la unión, abrazados aún, se miraron a los ojos convencidos de que su querer valía más que el oro. 
Nueve meses después llegaba una vecinita nueva al mundo. En el corralón se celebraban con mucha alegría estos acontecimientos, sobre todo porque era la Amparo, a quien creían seca, la que brotaba.
Las comadres que lavaron a la niña se asombraban de sus pestañas dobles tal las que adornaban a San Juanito.
Amparo cantaba, rebosante de ventura y leche:
“A la nana nanita de niña chica
dedalito de plata y margaritas
A la nana nanita de la perdiz
Que mi niña Juanita se va a dormir”.
D. W 


martes, 23 de junio de 2020

DE HIGOS Y CONJUROS

 DE HIGOS Y CONJUROS 
Frutas de San Juan son los hijos de la higuera que a precio de oro se pagan la víspera del santo.
Cuando era chica un vecino generoso las traía en una canasta sobre las ásperas hojas que vistieron a Eva, mi abuela trinitaria al verlas arrancaba a cantar:
“Estando cohiendo breva 
una cayó en el ombrigo 
Si llega a caé má pa abajo 
Se ajunta breva con higo”
El veinticuatro al mediodía recorría los rincones de la casa ahumándolos con un manojo de romero seco prendido y mascullando el arcaico conjuro:
“Romero santo, santo romero
Que salga lo malo y que entre lo bueno”
Había que procurar no equivocarse y abrir la puerta a lo que no debía pasar. Yo la seguía ojiplatica y expectante agarrada a la punta de su delantal esperando ver salir el mal en forma de alacrán y entrar la dicha encarnada en polilla vistosa.
Aunque “lo bueno” era comerse los higos chupeteándolos.
Con diferencia.
D. W.
*En el año de la pandemia, 23 de junio de 2020


DESAYUNO EN VIVO

DESAYUNO EN VIVO 
No, nunca me ha gustado desayunar en la cama, me recuerda a cuando estoy enferma sin hablar de las migas que rascan después. 
De esta opinión no son los gatos que agasajan a sus amos con las presas que atrapan, “mira lo que he cazado para ti” dicen orgullosos dejando el botín sobre la almohada. 
Puede que te despierte con un sensual ronroneo y al abrir los ojos veas en su hociquito un pájaro o ratón aún vivos, entonces las carreras por toda la casa para tratar de salvar al “desayuno” son épicas saldándose a veces de manera cruenta, el felino rompe el cuello de su víctima antes de soltarla.
A veces se llega a tiempo y tu gato deja de hablarte una semana. O “se olvida” la cabeza de una salamanquesa en el plato ducha, lugar vulnerable pues una pisa descalza.
No es maldad sino instinto, y solo la costumbre nos impide tomar fritos al cigarrón o cucaracha que nos traigan para la colación.
Mi Bess, una gata negra de trece años más lista que el hambre dejó hace tiempo esa costumbre, harta del desprecio con que eran recibidas sus atenciones. 
A veces la veo bajar las escaleras como lo haría Josephine Baker,  se detiene, me mira y se relame.
Concluyan ustedes.  
 D. W.    (“Lo cotidiano”)

lunes, 22 de junio de 2020

CUANDO LAS COLCHAS ADORNABAN LOS BALCONES ( 1971)

CUANDO LAS COLCHAS ADORNABAN LOS BALCONES  (1971)
En el barrio de la Trinidad se recibía junio con alegría, no era para menos trayendo su fiesta; la llamaban “Corpus chiquito”  aquellos que solo tenían grande las ganas de salir palante con poco más que salero. En mayo se encalaban fachadas y patios poniendo cada uno sus perrillas pá la cal y se arreglaban las macetas.
La mañana del domingo onomástico amanecían las calles limpias, baldeadas la víspera. Eugenio, el quincallero, era el encargado de levantar un altar al principio de la calle, también orientaba a las vecinas en el adorno de los patios. Por ser sarasa tenía un gusto exquisito, amén de mucha maña para amortajar a los difuntos.
Me gustaba bajar con las niñas mayores a ver si las colchas que adornaban los balcones estaban bien colocadas: “échala má pa yá” o “remete que cuelga”.
Inolvidable olor a naftalina e incienso. Las prendas del ajuar eran para estos casos, la visita del médico y el puerperio de su dueña.
Llegaba el cura bajo palio sosteniendo la custodia con las sagradas formas y parando en los portales donde había impedidos que administrar comunión. Mientras el sacerdote cumplía los que sostenían el toldo se echaban un pitillo, solían ser vecinos destacados por su mejor posición económica o disposición capillita. El caso es que se consideraba honor por una vez hacerle sombra a la iglesia.
Nuestra impedida se llamaba María Josefa y no salía jamás de su sala, era una pasita que no daba ruido la pobre, su sobrina le llevaba la comida cada día. Casi ciega y sorda, sin tele, radio ni libros porque aunque hubiese tenido no sabía leer, pasaba sus días esperando a la muerte y rezando. La visita del cura la sacaba de su triste limbo una vez al año. 
El momento álgido era por la tarde cuando procesionaba la Virgen, antes se despejaba la calle para que cupiese el trono. El quincallero recogía sus preciosos jarrones de calamina y las ricas telas prestadas para el altar, no fueran a desgraciarse; las  colchas volverían ventiladas al baúl revestido de lata coloreada. 
Ese día se almorzaba un arroz, en casa naturalmente; pocos tenían para el bisté con papas en cualquier bar de calle Mármoles.
La chiquillería que ese año había hecho la comunión daba el toque de ingenuidad, engatusados con la posibilidad de volver a vestirnos de reinas o mariscales nos hacían desfilar varias horas, calladitos y con las manos en postura pía. Yo fui contenta aunque pronto me cansé, con siete años recién cumplidos me imaginaba seria algo más que verle el cogote velado a la que iba delante. Para colmo no me dejaron tomar una Mirinda por miedo a mancharme los organdiles.
Menos mal que me sacaron antes del recorrido y fuimos a Casa Luis, una heladería entrañable en la calle del Tiro.
La felicidad sabía a tutti frutti y costaba tres pesetas.
D. W. 
*Este relato fue publicado por la revista “El Observador” el viernes 19 de junio de 2020.


domingo, 21 de junio de 2020

VEINTIDÓS

VEINTIDÓS 
Se despertó sudando, había soñado estar negociando con la Muerte el día de su propio óbito.
Venia a buscarlo pero él, ducho en diplomacia gracias a su trabajo en Recursos (in) Humanos de una multinacional logró prórroga: “Cuando los niños crezcan y la hipoteca esté pagada, además mi mujer se llevaría un disgusto”. 
Curiosamente la Parca aceptó, “Vendré por ti durante el 2022, haz tus preparos”.
Después del desayuno y advertir que para ese año quedaban quince no le dio más vueltas al asunto.
Llegó 2020 con su pandemia y el trato volvió a rondar su cabeza.
Dábase la circunstancia que desde “la anunciación” hasta la  presente se había divorciado y hasta anulado el vínculo con quien decía no querer apenar, finiquitado la hipoteca y emancipado sus hijos.
Espera su hora con tranquilidad disfrutando los momentos con fruición. Es inmortal hasta las primeras horas del año pactado.
Se alegra de no tener que verse ajado y dependiente. No es que a su edad vaya a dejar ya un bonito cadáver pero no hará mal papel como difunto. 
Los deudos podrán decir: “que pronto se nos ha ido y que bien dejó dispuestas las cosas”.
Lástima no poder asistir al propio entierro.
El problema es que ha vuelto a enamorarse y le parece estar estafando a su pareja. Ella quiere bodorrio y por los atrasos del  confinamiento no hay hueco en la Iglesia en dos años vista.
Su futura está contratando el mejor hotel, la orquesta más solicitada, el fotógrafo de vanguardia...
Las galas nupciales se las harán en un atelier de París y como viaje de novios fantasea con trotar por el mundo ahora que dicen que es plano. 
No va a desilusionarla, que lo goce planeando un futuro que cree cierto, ella lo conoció generoso aunque ignorando que lo era por conocer su fecha de caducidad, no va a arruinar su reputación siendo un sieso.
Ahora que como se quede sin morirse tendrá que suicidarse; no podrá con tantas facturas. 
A la Huesúa no la marea nadie. 
D. W. 
*Este relato fue publicado por la revista “El Observador” el viernes 19 de junio de 2020. 


MAMÁ DELA

    MAMÁ DELA Mis brazos habían olvidado el contorno de un recién nacido, pero fue rodear a mi nieto y la memoria recuperó la medida exact...