miércoles, 30 de septiembre de 2020

LA VISITA

 LA VISITA 

Después de subir las escaleras las piernas quedaban con ese dolor fantasma del que hablan los amputados. Solo eran cuatro pisos más dos tramos de buhardilla pero con peldaños tan empinados que se antojaba más cómodo escalar el Monte Coronáo con viento en contra.

Una vez recuperado el resuello se daba una voz, “¡Mamá Petra!” porque golpear aunque fuese con los nudillos los mal ensamblados tablones de la puerta la hubiese desarmado.

Había que esperar unos minutos mientras se oía un arrastrar de pies y un “¡ya voy!” alegre. Le encantaba recibir visitas ya que no eran muy frecuentes. Al abrir aparecía un rostro de luna tersa cuya juventud aparente desmentían el pelo blanco y la figura de alcayata. 

—¡Ay, que alegría, hijas, y que altísima está la niña!, -decía invariablemente.

Hablaba un castellano puro, con eses cristalinas. Alguna expresión andaluza coloreaba su conversación pero los cincuenta años vividos en Málaga no trastocaron su acento abulense.

—Teresita, ¿sabes que yo llevé a tu madre a cristianar?

La nena sí lo sabía, siempre se lo preguntaba pero recordaba lo contenta que se ponía contándolo y respondió que no.

—¡Uy, pues era más chiquita...! mi marido, que en gloria esté, fue el padrino y cuando salimos de los Mártires nos estaba esperando toda la chiquillería del barrio cantando: “¡Padrino lagarto, eche usted los cuartos!”, ja ja ja... él había cambiado un sin fin de perrillas chicas y alguna gorda y las tiraba al aire... los niños acudían como gorriones al pan... ¿te acuerdas?, ¡ay que tonta!, si no habías nacido como te vas a acordar...

—Por la vece que me lo ha contáo, madrina.

—Es que soy una vieja pesada, hija.

Mientras hablaban una caterva de gatos salía de debajo de sus faldas. Uno chiquito, rabicortúo, trepó hasta su regazo buscando una de sus manos y chupándola, amasando como si mamara. 

—Para estos también soy la madrina, -dijo-

La extraña escena, vista al contraluz de la única ventana, parecía irreal, creíble únicamente por el olor a orines y puchero rancio  que impregnaba el pobre cuarto.

—Nena, toma de la cómoda lo que más te guste, 

—Mamá Petra, no, que son su recuerdoh ...

—Esos los llevó aquí, -y se señalaba la sien-, y aquí, - indicaba el corazón.

Teresita se subió a un taburete para escoger entre los mil cachivaches cubiertos de polvo. Eligió un joyero cuya tapa era un busto de mujer, tallado en cristal; al abrirlo vieron en su interior multitud de cuentas blancas.

—¿Son de un collar roto? - preguntaron.

Mamá Petra reía mostrando una encía despoblada y blancuzca.

—No, hijas, son mis dientes. Según se caían los iba guardando por si alguna vez alguien pudiera volver a pegármelos.

El gato mamón dio un último chupetazo, levantó la cabeza mostrando los ojos adormilados y saltó al suelo arañando al desperezarse la pata del taburete, Niña Teresa dio un repullo y los dientes cayeron al suelo, desperdigándose. Los mininos jugaron con ellos, desplazándonoslos de aquí para allá.

—A estos sinvergüencillas les convengo desdentada, así yo me bebo el caldo y ellos se comen la carne. 

Esa fue la última vez que la vieron viva, poco después la encontraron sentadita en su butaca con el gatillo esmirriado comiéndole los dedos. Los demás se habían ido por los tejados.

Cuando se enteró Teresa corrió a mirar el joyero.

Dentro, la sonrisa de Petra esperaba inútilmente al dentista.

D. W 



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